La huida que pudo ser y que ahora es

Martes, 8 de enero de 2013.

Este es un escrito abierto porque aunque las palabras que leéis provengan de unas manos concretas, tan solo concentran, destilan, un grito generacional que se escucha a lo largo y ancho de todo el planeta.

Tengo veinticuatro años, soy diplomada y estoy a una asignatura de ser también licenciada. ¿Es esto importante? No, no lo es, para nada. Todas hemos caído presas de una ilusión, hemos crecido entre los algodones de una sociedad que nos decía: El futuro es vuestro, el trabajo está asegurado, así que solo tendréis que preocuparos realmente por lo que prefiráis leer, escuchar o visionar. Deleitaos en los pequeños placeres de la vida, viajad sin equipaje facturado, aventuraos a estudiar en otros países, tenéis lo necesario para desarrollaros, para descubrir. Sin lujos, sin carencias.

Qué gran mentira, qué amarga realidad se ha interpuesto en nuestra senda. Heredamos un mundo que no hemos labrado, pero del que recogemos boquiabiertos, como espantados, los frutos podridos. Esta es ya una tierra yerma, nada crece en ella, y no hay abono que vaya a cambiar esto al menos en un corto espacio de tiempo.

Ante esto, ¿qué hemos de hacer? La reacción llega de las más diversas maneras, pero la primera fase es universal: la rabia. No merecíamos esto; nuestros madres, nuestros padres, nuestras abuelas, nuestros abuelos, tampoco merecían vernos así. Personas asustadas, desorientadas, aplastadas.

Pero mis raíces se hunden allá donde están mis amigas, mis amigos, mi familia al fin y al cabo, y esto me hace pensar que no me dolerá dejar esta tierra, no. Lo que me dolerá será dejar determinadas risas, o maneras de cantar o tararear, abandonar a esas personas y los pequeños y preciosos detalles que las hacen importantes para mi. Mi casa está donde pueda tener lo necesario para sobrevivir y un puñado de personas con las que compartirlo.

No es nuestra culpa. Esta tierra nos ha coloreado la piel, nos ha enseñado a hilvanar las palabras de determinada forma, pero ahí fuera hay miles de colores y lenguas. Pase lo que pase, esta tierra para mi se reduce a mi gente y a un montante de tradiciones transportables que no dependen del territorio, ni de leyes de ningún tipo.

Volveré a esta tierra, siempre. Pero si no vuelvo, no podré haber gritado más alto mi asco, mi rabia y mi impotencia, que viviendo una vida entera fuera, lejos de aquí.

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Escribí esto hace 5 años. En aquella ocasión no me fui, porque encontré aquí un trabajo.

Esta vez sí que me voy. Dejo Granada, dejo mi tierra y a los míos para aventurarme en otros lares e intentar rescatar lo que me puedan dar. El cansancio y la decepción siguen tan presentes como aquel día. Y aún así, soy consciente de que soy privilegiada; yo me puedo ir.

Es importante escuchar también a la tristeza y a la rabia cuando tienen algo que decirnos. A mi hoy me hablan para recordarme mis miedos, aunque se que mañana lucharé con ellos al lado, y probablemente ganaré.

 

Gracias papá, mamá y hermana por hacerme ser quien soy, y por apoyarme en mis decisiones. Sí, en esta que os aleja irremediablemente de mi, también.

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