Lo que yo quiero es un feminismo de pueblo, de barrio, pequeñito

Estaba dándole vueltas a eso del feminismo antes de dormir. A veces me satura esto de ser feminista. A veces disocio tanto mi pensamiento de mis acciones que me entran retortijones. Cuando la barriga me habla, se que lo que mi cuerpo me quiere comentar es importante.

Y es que en esto del feminismo a veces nos pierden las cosas profundas y nos olvidamos de las superficies, que son igual de importantes. Proyectos como el de Feminismo Andaluz (Como vaya yo y lo encuentre) ponen orden a mi sentir con muchos de sus textos y reflexiones.

A veces me da la sensación de que nos perdemos en la teoría y nos olvidamos del día a día, de la cotidianidad. De nuestras amigas del barrio de toda la vida, de nuestras abuelas y tías, de nuestras madres incluso. Cada vez me gusta menos el feminismo sofisticado, el que juzga a otras mujeres, el que pone fronteras y delimita qué es práctica feminista y qué no lo es.

No podemos pretender que nuestro modo de entender y defender el feminismo sea universal y único. En una entrevista me preguntaron qué me parecía que el feminismo se estuviera acercando a lo mainstream, o lo mainstream al feminismo. Me dio cierto reparo responder, porque sabía que me exponía a críticas por todos lados. Al final opté por señalar lo que me parecía básico.

Si unas chicas entran en el breska a comprar un modelito para salir una noche y encuentran una camiseta donde está escrita una definición no demasiado desacertada de feminismo, en principio, ¿qué habría de malo en ello? Soy consciente de todo lo negativo que implica, de toda la maquinaria que hay detrás, pero a veces no puedo evitar pensar que a mi me habría gustado encontrar esa camiseta cuando iba a comprar al breska con 15 años. Entraba con ganas de encontrar algo hortera, que fuera conmigo, y hubiera sido una sorpresa ver esa palabra escrita. Porque en mi casa, en mi familia, en mi colegio, no se hablaba de feminismo, pero yo tenía mucho de feminista dentro de mi.

Dejando a un lado la teoría, y los palabros, se pueden encontrar actos y personas feministas por todas partes. A lo mejor no se llaman a si mismas feministas, a lo mejor caen en mil contradicciones cada día, pero nadie dijo que desenvolverse en este mundo fuera fácil. Ni que para ser feminista tuviera una que saber exactamente qué es eso del feminismo.

Feminismos hay muchos, y el de mi abuela que se ha separado de mi abuelo con más de 70 años también lo es. El de mi amiga del colegio que siempre me decía que me pusiera la falda más corta que encontrara porque estaba en mi derecho, también lo es. El de mi madre que nunca me enseñó a tener miedo a desenvolverme sola, también lo es. El de mi vecina en el pueblo que le grita a su hijo de más de 40 que aún vive con ella que si no le gusta la cena se la prepare él mismo, también lo es.

Las pequeñas y grandes resistencias, todas ellas, son el verdadero feminismo, aunque no siempre tengamos que etiquetarlas como tal. Que viva el feminismo sin dogma, sin diosa y sin bandera, porque ese tiene un potencial de cambio inconmensurable.

P.D. Quiero agradecer a mi amiga L. todo lo que me ha enseñado. De ella aprendí que cada mujer tiene sus herramientas, y sus propias luchas y resistencias. De ahí que los juicios sean inútiles. Son tantas las vidas y tantas las historias que las componen que lo más sano es escuchar, observar y nunca dejar de aprender.

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