Aventuras en Islandia (I): Atrapadas en el barro

Esta que voy a relatar no ha sido la primera aventura que he vivido en esta tierra. Ya en 2012, cuando vine por primera vez, viví muchas situaciones inesperadas. De esas que te hacen sentir inmensamente viva.

Esta mañana desperté temprano. Ya no es como antes; no consigo dormir más allá de las 10 aunque ese fuera mi deseo. He estado trabajando un poco en una traducción que me ha encargado una antropóloga islandesa. Estaba haciéndolo en la cocina de mi piso compartido. La luz del sol aquí empieza a despistar mucho, porque a las 10 de la mañana el sol luce como si fuesen las 2 de la tarde, y se mantiene así hasta bien entrado el día. Este es un sol perezoso, que se mueve a un ritmo mucho más pausado de lo habitual.

Mi compañera de piso me ha propuesto ir a dar un paseo a unas cataratas cerca de la ciudad. Ella tiene coche, y suele hacer excursiones todos los fines de semana para sacar a su perro del barrio y disfrutar de un poco de aire (aún más) fresco. Aún teniendo mucho trabajo por delante, le he dicho que sí, que me escapaba con ella.

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El perro en la inmensidad

A las tres la tarde, bajo un radiante sol, el perro, ella y yo nos hemos montado en el coche. Nunca antes me había percatado de que los asientos están calefactados. Mi culo helado ha comenzado a entrar en calor mientras nos alejábamos de mi calle para acercarnos más y más a las montañas de cimas níveas.

Ella conocía el camino. Nos dirigíamos a una cascada escondida, de esas que los turistas suelen pasar por alto. Me apasionaba la idea. Necesitaba ver agua abundante caer al vacío, escucharla rugir, sentir la furia de la naturaleza. Desviándonos de la carretera principal (la uno, la única carretera que conecta la isla en circunferencia), hemos cogido un desvío. El camino de tierra negra se abría paso entre campos amarillos de hierba quemada por el helado viento. Al fondo, montañas escarpadas salpicadas de nieve inmaculada.

El perro y yo estábamos igual de ansiosos por llegar, bajar del coche y pisar aquella tierra oscura y brillante. “Cogeremos este camino privado para quedar más cerca de la catarata”. Aunque poco transitado, el camino parecía seco, cubierto de chino gordo. Unos escasos metros después de enfilarlo, el coche empieza a patinar. Ella y yo nos miramos. Como queriendo obviar lo obvio, sonreímos. Quizás es solo una broma del terreno y vamos a salir de aquí.

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barro, diversión

Una de las ruedas ha quedado atrapada en el barro. El cristal de mi ventana comienza a llenarse de plastas de tierra mojada que salpica desde la rueda atrapada que, enfurecida, intenta salir a flote. Nos ponemos a la obra. Encontramos algunas tablas de madera, intentamos crear una rampa, primero detrás y luego delante de la rueda atrapada. Parece una buena solución. Pero la rueda no hace más que hundirse más profundo. Empujamos, pataleamos, nos manchamos, y finalmente desistimos.

Plan B. En la inmensa nada que nos rodea avistamos a lo lejos un par de granjas. Hay que atravesar un río caudaloso a través de un puente para llegar a ellas, caminando un buen trecho. Con la energía un poco más consumida, nos dirigimos hacia allí.

Mientras nos acercamos me imagino la vida allí, los inviernos allí, que se te haya olvidado comprar la leche allí. El aislamiento, la soledad pero también la libertad y la crudeza de una vida alejada del mundanal ruido. Una de las granjas está vacía, en la otra nos indican que no tienen coche como para poder remolcarnos.

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La granja carmesí

Plan C. Mi compañera llama a su exnovia para que venga a rescatarnos con su jeep. Caminamos hasta la carretera principal. El viento frío corta la piel de mis manos y de mi rostro, pero nos sentimos extrañamente en calma. No hablamos mucho, nos cruzamos con alguna gente caminando, el perro va siempre delante, como tirando de nuestro ánimo. Nos sentamos cerca de la ruta principal, en el manto amarillo que está caliente después del baño de sol de todo el día. Comemos algunos kikos que yo llevaba en la mochila (me conozco y se cuánto disfruto de unos frutos secos en el campo, aunque no tenga hambre). Delante de nosotras están las montañas, pero se ve Reykjavik y el mar al fondo. Aunque ya son casi las ocho de la tarde, el sol sigue tan alto y chillón como cuando tomaba café por la mañana.

Entonces llega ella, nuestra salvadora, una islandesa de melena rubia con ojos de un amable y cálido azul. Volvemos al coche y el remolque surte efecto. Una cuerda blanca ha resistido la fiereza de un coche entero atrapado en el barro. Ha salido intacta del proceso, como si el barro no fuese con ella, tan blanca y resistente. Good job!!! Takk fyrir!!! (muchas gracias en islandés).

Un abrazo de agradecimiento sincero entre ellas, quizás un eco de otros tiempos. Y un cálido movimiento coordinado de mano y cabeza para el perro y para mi que permanecíamos atentos a todo cuanto ocurría a nuestro alrededor.

IMG_6676El regocijo de sabernos en la senda correcta de nuevo. Con un coche lleno de barro, superviviente. Con una historia que contar a nuestras amistades. Volver a la ciudad por un camino distinto, surcando la costa y maravillándonos con la luz y el agua que nos rodea. Comer pasta con tomate a la vuelta, y reírnos juntas por el día inesperadamente genial que hemos pasado.

No era lo que habíamos preparado, nunca llegamos a la catarata, pero a veces el camino depara sorpresas que, aunque te alejen de la meta, te regalan momentazos como un coche atrapado en el barro en medio de la nada en Islandia.

 

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