Luces y sombras. El contraluz de ser una emigrante andaluza en Islandia

Hoy es mi día libre. Normalmente tengo uno a la semana, y generalmente no en fin de semana. Hoy hacía sol, y hacía días que el sol no lucía con fuerza en Reykjavík. Llevo viviendo en Islandia algo menos de tres meses. En este tiempo han ocurrido muchas cosas.

Tuve la suerte de contar con ayuda a la hora de encontrar casa (eso es de lo más difícil una vez aquí). Mi casera, que es también mi compañera de piso, me ayudó a encontrar mi primer trabajo, en la cafetería de un hotel. El hermano de una de mis mejores amigas, de Granada como yo, me echó una mano para encontrar el que a día de hoy es mi principal trabajo, en la tienda de un hard rock café. Y mi reparto de currículums me llevó a mi otro trabajo, en una tienda de ropa técnica de montaña. Dejé el hotel, y ahora tengo dos trabajos. He hecho también un trabajo de traducción para la universidad de Islandia. En tres meses he tenido que espabilarme, moverme, adaptarme, retarme.

Y aquí estoy.

Creo que tres meses me dan la perspectiva suficiente para poder hacer un primer balance de esto que estoy viviendo. Soy una inmigrante andaluza en un país nórdico. No me gusta categorizar, pero a veces definirnos de manera sencilla nos da pistas sobre nuestra propia situación. Estoy escuchando Omega, el disco de Enrique Morente, paisano granadino. No os miento si os digo que nunca aprecié demasiado el flamenco, y que ha sido siempre cuando he pasado meses fuera de casa cuando más lo he escuchado. Se me pone el vello de punta (soy de emocionalidad intensa, eso también).

Tengo que empezar diciendo que siempre me mostré reticente a dejar Granada. Bien es cierto que he vivido en Italia en dos ocasiones, pero en ambos casos conocía la fecha de vuelta. Fui de Erasmus dos veces, una con una carrera y otra con un master. Y la verdad es que podría haberme quedado, porque me encanta Italia e hice de Florencia y Bolonia mi hogar. Aún así, regresé a Granada.

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Algunes amigues en La puerta del Sol en el Realejo, el barrio donde crecí en Granada.

Desde que tengo 21 años, cuando terminé enfermería, he estado trabajando y estudiando, buscando mi camino. La práctica clínica no era para mi, así que empecé a estudiar antropología mientras hacía piercings en estudios de tatuaje. También comencé a interesarme por la sexualidad e hice un master corto de educación sexual y de género. Todo esto a la vez, y siendo feliz mientras tanto. Trabajé haciendo talleres de sexualidad con asociaciones de mujeres, trabajé en más estudios de tatuaje, trabajé en un museo, trabajé captando socios a pie de calle, trabajé como profesora online, trabajé en un almacén, trabajé… y estudié. Y disfruté. Disfruté mucho porque soy de culo inquieto, y nunca me canso de aprender, de estudiar, de conocer, de evolucionar. Terminé un máster en estudios de género y feminismo. Presenté una tesis sobre mujeres y tatuaje que me hizo feliz y me llenó de ilusión. Y cuando terminé, exploté. Había dejado mi trabajo para escribir, y me encontré desempleada, con experiencia y formación a raudales, y con pocas ganas de aceptar trabajos en los que me sintiera explotada e infravalorada.

Acabo de leer un artículo donde se desgranan los números de la pobreza en el sur, donde se explica el hecho de que mucha gente en Andalucía y Extremadura tiene trabajo pero es pobre, no llega a fin de mes. Yo nunca he sido pobre, porque siempre he contado con el apoyo de mi padre y de mi madre. Pero la verdad es que nunca he sido completamente independiente, porque no he podido. Y me veo sola, en Islandia, con 29 años largos, siendo realmente independiente por primera vez en mi vida. Trabajando doblando camisetas, y ganando un sueldo que me permite vivir, disfrutar, viajar, tatuarme e incluso ahorrar un poco. Y lejos de hacerme feliz, que también, esto me desarma. Es algo que te revuelve la cabeza, el cuerpo.

Yo quiero esto que tengo aquí, pero en mi tierra, en Andalucía. Quiero que mis amigos y amigas tengan un sueldo que les permita venir a Islandia de viaje, disfrutar de su vida sin miedos, pagar el alquiler y también muchas cañas y tapas en terrazas en las frescas noches granadinas. Nunca quise irme porque aprecio mucho la riqueza de Granada. Valoro mucho más la calidad de vida en el sentido social y disfrutón que a nivel económico.

Pero tampoco puedo engañarme: yo quería, yo quiero más. Es triste mirar al pasado, recordarme estudiando, ilusionada, escribiendo, investigando, emocionada. Pensar en la cantidad de tiempo que he dedicado a formarme, y en la cantidad de tiempo que en consecuencia he dedicado también a crear lazos con mi tierra. Amigos, amigas, contactos, proyectos, familia, una hermana que regresó de California, mi gato… todo eso sigue allí, y yo estoy aquí.

Y nunca había sentido con tanta claridad una mezcla tan apabullante de felicidad y tristeza. Con esto no quiero decir que pueda localizar o compartimentar mis emociones, todo lo contrario, se me aparecen mezcladas, confusas. Al igual que se mezclan mis pensamientos: que soy privilegiada por haberme marchado, por haber tenido la opción de hacerlo; que estoy aquí porque quiero; que fui yo la que dejó un trabajo fijo porque no me hacía feliz y estaba mal pagado; que yéndome, huí…

Las decisiones nacen de combinaciones difíciles, y muchas veces resultan azarosas. De pronto un día, mientras paseaba por el jardín botánico en el centro de Granada, mientras esperaba a que me imprimiesen unos textos, sentí algo. Entré en la biblioteca de derecho, me senté en un ordenador y compré un billete de ida para Reykjavík para el 10 de marzo de 2018. Qué cosa tan nimia, ¿no? Estás paseando por la ciudad que amas, y de pronto decides, en un segundo, que la vas a abandonar.

Ahora mismo lloro, de emoción. Y también de rabia. Y de felicidad. Porque a veces me siento triste de estar feliz en Islandia. Y no es retorcido lo que os digo, y probablemente les ocurre a otras personas que emigran.

Hay días que despierto y siento que este no es mi lugar, que pertenezco al sur, que me vuelvo. Y hay otros en que desayunando me siento tan llena de vida y de posibilidades, que no me imagino volviendo. Este sentimiento rompe algo por dentro, y arrastra muchas convicciones con él. Todo parece menos claro, pero también más posible. Ahora mis decisiones me pertenecen más que antes, pero también son infinitamente más complicadas.

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Ni tan mal en Islandia

No planeo regresar a Granada hasta Navidad. Cumplo 30 años en septiembre, y los cumpliré aquí, rodeada de una nueva familia, muchos inmigrantes como yo. Soplaré las velas lejos de casa. Y haré balance. Y no se qué saldrá de todo esto. Y el vértigo asusta, pero también engancha y libera.

Reykjavík me está acogiendo bien. Su cine antiguo donde puedes beber cerveza mientras ves la película, sus piscinas de agua termal, sus cielos extraterrestres, sus bares, su bahía, sus montañas de cima nevada, sus pobladores llegados de tantos lugares distintos… Aunque nunca podrá ofrecerme la calidez de una noche de junio en Granada, ni mil cervezas con tapas y amigues, o la feria (quién me hubiera dicho a mi que la echaría de menos), o un paseo interminable por el Sacromonte, o una cena en el campo del Príncipe en el Realejo, o ir a comer con mi abuela y mi abuelo, o con mis tíos y mis primos, o una noche que se alarga, o unas salaíllas y una barra de pan, o un paseo por la sierra de Huétor con mi padre, mi madre y mi hermana…

Tendré que sacarle el jugo a todo. Eso si que se hacerlo, disfrutar de lo que tengo delante. Así que no me queda más remedio que apreciar cada minuto, exprimir cada segundo, recoger todos los frutos que pueda. Y también quiero pensar que todo aquello que sembré volverá a mi, de muy diversas maneras. En forma de una conversación interesante antes de salir a bailar con una chica húngara. En un corto pero cálido abrazo con mi compañera de piso letona. En una cena con un chico granadino que ahora es mi nuevo compañero de piso. En un posible regreso al sur, quién sabe cuándo, para vivir más cerca de aquello que siento como mi esencia: lo cálido, lo imperfecto, lo intenso, lo que esconde magia en su interior.

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MI habitación a las diez y media de la noche la semana pasada

Quién sabe cuál será la próxima parada… A veces pienso que todo esto es como las noches en Islandia. El día avanza engullendo todo, haciéndose más y más largo, hasta anular casi completamente a la noche. Mi hermana estará aquí en el solsticio de verano, y juntas presenciaremos el sol de medianoche. Luego, cuando ella se marche, los días comenzarán de nuevo a hacerse más cortos. En un ciclo interminable. Como nuestras vidas y los sentires que las acompañan, que como en un ciclo crecen y decrecen, conformándonos. Me reconforta escuchar a Morente, y saber que Granada sigue allí, lejana pero cercana, como mis amistades y mi familia. Y yo, feliz y triste a la vez, sigo sintiéndome agradecida con la vida que, después de todo, me sigue regalando mil cosas sin pedir nada a cambio, más que mi propio disfrute, y mantenerme despierta, alerta, consciente.

Ahora aprecio muchas cosas que antes se me escapaban. Y me descubro feliz doblando y vendiendo camisetas. Y escribiendo, escribiendo más que antes, con más asiduidad y ahínco. Y quizás esta era la experiencia necesaria para darme cuenta de lo que realmente deseo. Una vida sencilla, completa en sus imperfecciones, que me permita cultivar lo que realmente me llena: conocer a gente, besar, abrazar, descubrir, leer, escribir, probar, equivocarme, volverlo a intentar, buscar, encontrar, respirar, observar, aprender, cuidarme y permitirme ser, sin presiones ni prisas.

No duerme nadie por el cielo,
nadie, nadie, no duerme nadie.
Las criaturas de la luna
huelen y rondan las cabañas.
Vendrán las iguanas vivas
a morder a los hombres que no sueñan.

Y el que huye con el corazón roto
encontrará por las esquinas
al increíble cocodrilo quieto
bajo la tierna
protesta de los astros.

No duerme nadie por el mundo,
nadie, nadie, no duerme nadie.

No es sueño la vida.
¡Alerta! ¡Alerta!
Subimos al filo de la nieve
con el coro de las dalias muertas.
Pero no hay olvido,
ni sueño, carne viva.
Los besos atan las bocas
en una maraña de venas recientes
y al que le duele su dolor
le dolerá sin descanso
y el que teme la muerte
la llevará sobre los hombros.

Ciudad sin sueño de Morente y Lagartija nick, del poema de Federico García Lorca CIUDAD SIN SUEÑO (NOCTURNO DEL BROOKLYN BRIDGE)

3 comentarios

  1. Hola Úrsula .. Me gustó y me sentí identificado con tu experiencia como inmigrante. Con marcadas diferencias, yo también empaqué un dia (Marzo del 2003) maletas de mi natal Colombia a Canadá. Y comparto tus sentimientos iniciales de tener los pies en dos sitios al mismo tiempo, los tres primeros meses son críticos. Y también sali de vivir con mis Padres en Colombia, a vivir solo en un sótano en Ottawa, pero con la gran fortuna de tambien encontrar dos “familias adoptivas” aqui. Eso ayuda mucho. Con el tiempo, vas ampliando to red de conocidos y amigos, y piensa que tal vez sin esta experiencia, jamás habrias conocido gente tan interesante o ser expuesta a nuevas culturas en tu ciudad natal. Enfocate en lo que haz logrado, establecerte en un nuevo pais, tener trabajo, y acoplarte exitosamente a otra cultura, esa experiencia no tiene precio. En mi caso, si al principio habia ambivalencia (“que estoy haciendo aqui?”) con el tiempo pasa a ser la mejor decision que has tomado. Cada vez que viajo de vuelta a Colombia a visitar familia, te conviertes cada vez mas en extranjera en tu propia tierra, y descubres que tu hogar es donde estas feliz, por ahora se llama Reykjavík. Muchos Saludos y fuerza. Construye tu propio camino, asi sea lejos de casa.

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