8 casas, 3 años, 1 vida. O dos almas viviendo en mi pecho.

 

Mudarse, hacer la maleta, recolectar tus cosas. Otra vez. Encontrar secretos que pensabas perdidos, deshacerte de cosas materiales, hacer regalos, atesorar recuerdos. Ganar peso, perder peso, en el cuerpo, en el alma, en la mochila.

Érase una vez una chica, pero esa chica era yo. Esa chica soy yo. Y siempre me pienso menos valiente de lo que en realidad soy. Siempre me imaginé en Granada, porque adoro sus calles, porque mis raíces están allí, porque aprecio cada uno de sus rincones. Pero coseché, desde pequeña, un pie inquieto y uno enraizado. Y así mi corazón creció, y creció dividido. Y así me siento, con un brazo en cada universo. Como viviendo vidas paralelas.

Ocho casas, en tres países distintos, en menos de tres años. Tres años magnéticos, en que me sentía como las mareas, alejándome, acercándome, rondando un centro que en realidad no existe.

Ahora esa chica que soy yo echa de menos a personas, a su gato, o al aire fresco de las noches de verano en la Sierra de Huétor. La cerveza con nombre de monumento, y las tapas árabes con Elvira.

El abrazo tierno de mi hermana, el abrazo apretado de mi madre, el abrazo tímido de mi padre.

Pero mi pie inquieto no puede dejar de bailar. Y está deseando contemplar las auroras boreales en Reykjavík. Y a mi pie inquieto, que es claramente el izquierdo, le encanta recibir visitas y enseñarles el ritmo de este lugar hecho de lava para que al regresar a sus casas se lleven algo de mi alegría de vuelta.

Me siento loba, dueña del bosque, intrépida buscadora de nuevas laderas que olisquear. Pero también me siento almendro, frondoso, profundo en la tierra clavado.

Quizás soy gata, y aunque tenga casa, ya siempre necesitaré una dosis de mochila, de aventura, de noche, para sentir que mi vida tiene sentido.

Herman Hesse lo explica de un modo muy bello en El lobo estepario, cuando hace a su protagonista decir que hay dos almas viviendo en su pecho. Dos almas viven en mi pecho también. Y hay conflicto, claro que lo hay. Negarlo sería estúpido. Pero al final del conflicto, si se quiere, llega el entendimiento.

En este relato que es nuestra vida, tenemos que permitirnos al menos entendernos, escucharnos y perdonarnos. Y abrazar las dos almas que (con)viven en nuestro pecho.

Un comentario

  1. Quizás se llaman Julia y Julipi, la granadina y la aventurera, la andaluza y la del mundo, la del pelo de colores y la morena, la de siempre y la que no deja de cambiar! la maravillosa y la mala follá..la foca y la vaca…la dualidad de Juli-pi es maravillosa, es vida, es pasión…tus palabras son poesia juli….me inspiras! gracias! te quiero mas que la trucha al trucho

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