La bibliomemoria como arma de construcción masiva

Estoy observando los libros que descansan sobre la estantería de mi nueva habitación en Reykjavík. Hay algo familiar en los lomos de mis libros, algo que me recuerda que estoy en casa, aunque no sepa realmente muy bien dónde se ubica ese espacio.

A veces, mirar la portada de un libro o escuchar a alguien hablar de él, puede ser el desencadenante de una catarata de recuerdos. De pronto, vuelves a aquel verano, a aquella persona que te regaló esa edición, a aquella playa donde lo terminaste, o aquel avión donde lo empezaste.

¿Qué es eso de la bibliomemoria? Me intereso por esta palabra después de leer un artículo muy interesante sobre la idea de cómo solemos olvidar los argumentos de los libros que leemos pero no las circunstancias asociadas a ellos, o los sentimientos que nos generaron.

Al leerlo, pensé: coño! Esto me ocurre a mi. Me resulta, a veces, casi imposible recordar un argumento completo o el final de una novela, pero a veces recordar que la leí me lleva irremediablemente al lugar o las personas que frecuentaba durante su lectura.

autorregalos
Autorregalos. Madrid, 2017.

La sobreinformación a la que nos vemos sometides día tras día puede tener algo que ver con esto. Cada vez nos resulta más difícil retener detalles, porque nos vemos envueltos todo el rato en un torbellino de noticias, artículos, opiniones y corrientes que puede dejar poco espacio a nuestro propio pensamiento.

Un libro es un espacio cerrado, en el sentido positivo, íntimo, puesto que crea conexiones con nosotros mismos y, en consecuencia, con el mundo que nos rodea. La bibliomemoria podría considerarse una apuesta por el recuerdo profundo, sentido, pausado. Un regreso al lugar donde leíamos, y también a la persona que fuimos cuando pasábamos esas páginas.

Me encantan esas personas que llevan, al dedillo, un diario de sus lecturas. Esas otras que hacen fichas para cada uno de sus libros, como recordatorios, resúmenes o frases que les impactaron. Admiro a esos que recuerdan con viveza (casi) cada novela que ha pasado por sus manos.

Yo también quiero. Y una estantería, cuando vives lejos, nunca será suficiente. Porque casi todos tus libros se quedaron en casa, porque muchos otros te los prestaron, o los perdiste o los leíste en la biblioteca y los devolviste.

Y entonces recuerdo que tengo amigas que suben fotos a instagram de todos los libros que leen, y me hace ilusión. Y pienso que existen muchas maneras distintas de cuidar nuestra bibliomemoria. Que podemos usar fichas, una estantería, una foto, o el cerebro (aunque a veces nos falle), pero que siempre es bonito hacer el ejercicio de volver a los libros que leímos porque, indudablemente, nos han convertido en quienes hoy somos.

Librazo
Librazo. Viaje en autobús hacia Madrid. 2017.

Mi amiga Elvira es la maestra de las recomendaciones literarias en servilletas de bar (que se lo digan a Carmen), mi compañera de Proyecto Kahlo Marta lleva también un buen diario de libros aquí, asi como mi amiga virtual Belén hace aquí, o Luna Miguel aquí. Yo, por ahora, me quedo con mi estantería de estantes infinitos, que tiene un pie en Reykjavík y otro en las nubosidades de mi mente y mis recuerdos, los que ya existen y los que están por venir.

(Por cierto, no tienen que haberse leído miles de libros para hacer este ejercicio. Hay personas de lectura pausada, que con unos pocos títulos al año llenan su corazón de metralla literaria para los 12 meses!).

Lucy Scholes, columnista y escritora que investiga sobre la bibliomemoria, señala también el secreto placer que existe en “espiar” a una persona a través de sus libros. Al llegar a casa de alguien por primera vez puede ser revelador mirar los títulos que llenan las estanterías, o los que descansan sobre la mesilla de noche, si es que has pasado la tarde o la noche en la cama de esa persona… En definitiva, los libros que leemos son compañeros de viaje y, como pasa con las personas, aunque con el tiempo nos alejemos, cambiemos e incluso los deshechemos, no está de más recordarlos como aquello que fueron: baldosas preciosas en el camino. Todo esto podría ser la bibliomemoria.

ritual
Mañana de domingo. Eugenides y Yeti. 2015.

Por lo pronto, yo voy a hacer un gran pensamiento y voy a elaborar una lista de los libros que más recuerdos y emociones me generan. Entre ellos…

Manolito Gafotas, de Elvira Lindo. Cuando Elvira volvió a publicar un libro de Manolito hace escasos años me invadió una mezcla de intensa alegría y miedo, al reconocer el inexorable paso del tiempo. Al leer Manolito siendo niña, veía mi barrio, veía a mis amigues, y a mi madre gritándome para que subiera a cenar. Veía el barrio y su potencial, la grandeza de lo cotidiano, la sabiduría de los abuelos, la sagrada viveza de la vida rutinaria.

Las aventuras de Sherlock Holmes, de Arthur Conan Doyle. Comencé a consumir como droga todos los libros de Sherlock con unos 10 años. Se hablaba de asesinatos, de drogas, de cosas de mayores. Me fascinaban todos y cada uno de los relatos de sus alucinantes descubrimientos. Cada pequeño detalle cuenta, solo hay que saber mirar con atención. Y luego estaba el opio, claro.

El Conde de Montecristo, de Alexandre Dumas. Lo leí con 14 años, de una sentada, en dos calurosas semanas de agosto. La crudeza de los sentimientos que me generó aún me sorprende. La idea de que la venganza se sirve mejor fría cobró todo su sentido aquel verano…

Lolita, de Vladimir Nabokov. Lo devoré con 17 años, estando con mi familia de vacaciones en un pueblo de pescadores cerca de Palermo en Sicilia. Recuerdo mi cuerpo dorándose al sol y cómo lo observaba maravillada y horrorizada a la vez, consciente de su fragilidad y de que existen Humbert Humbert muy cercanos a todas nosotras. En mi etapa de descubrimiento sexual adolescente, me impactó mucho su lectura. La complejidad de los sentimientos y pasiones relatadas me transportó de algún modo a un mundo adulto que hasta ese momento me parecía ajeno.

Leyendo
Leyendo. 2015.

Jane Eyre, de Charlotte Brontë. Lo leí con 20 años, a finales de mi curso Erasmus en Italia. Me conmovió la historia de amor pero sobre todo me impactó Jane, a la que consideré una de mis feministas literarias favoritas hasta la fecha. Fuerte, independiente y consciente de su lugar en el mundo. Pasional, única. Me enamoré perdidamente de ella y de su historia de amor a través de los años y las dificultades.

Estupor y temblores, de Amélie Nothomb. Comencé a leer a Amélie con 19 años, cuando estudiaba enfermería. Soñaba, mientras la leía, con escribir como ella lo hacía. Lo nuestro fue un amor a primera vista. Bastante irracional, ya que comencé a coleccionar sus libros, tanto autobiográficos como de ficción, por puro vicio. Sigo enganchada a su prosa y a sus historias grotescas, retorcidas y vivas. Estupor y temblores me fascinó por su retrato de la sociedad japonesa y por su relato de la vileza del trabajo asalariado.

¿Eres mi madre?, de Alison Bechdel. Lo leí el verano pasado, antes de cumplir los 29. Releía algunas páginas una y otra vez. Es una novela gráfica enorme. Habla del camino de la autora a través de su infancia y su juventud, de la mano del psicoanálisis. Y yo, que también estoy en un tira y afloja con el psicoanálisis desde hace unos años, me bebí el libro como pócima curativa e iluminadora. Leedlo por favor, estéis loquitxs o no.

Eres mi madre? Bechdel
De Alison Bechdel.

– TO BE CONTINUED…

 

 

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