Las auroras boreales y el (difícil) arte de no hacer nada

Vengo unos días reflexionando acerca de lo que para mi significa escribir, publicar lo que escribo, compartir de alguna manera lo que me pasa por la cabeza y de allí a mis manos. Pasaron muchos años antes de que me apeteciera siquiera compartir con un amigue algo de lo que producía. Me daba mucho miedo que a nadie le gustase. Me daba vergüenza pensarme petrificada si nadie se emocionaba aunque fuese mínimamente con alguno de mis textos.

Ahora, que llevo poco más de dos años publicando periódicamente aquí y allá, me doy cuenta de que no escribo para nadie. Cada día, incluso cuando escribía textos por encargo, escribo para mi. Para curarme, para cuidarme, para expresarme, para ordenarme, para abrazarme, para regañarme, para respetarme.

Evidentemente, me gusta pensar que mis palabras tendrán eco en alguna persona. Me reconforta pensar que algunas de las emociones o situaciones que describo son compartidas. Las redes sociales e internet en general tienen un poder enorme para conectar estos sentires. Para acercar mentes, posiciones y personas que se encuentran distantes entre sí.

He conocido gente en este camino (a muchas ni siquiera las conozco en persona), y he sentido una especie de entendimiento plural, rollo Sense 8 a la ibérica. Pero también es cierto que a veces me abruma toda esta red de conexiones. O me aplasta la cantidad de textos, noticias, reflexiones y fotos que proceso diariamente. Quiero leer todo, procesar todo, devorar la realidad.

Y a veces esta hiper conexión me causa una enorme desconexión para conmigo misma. Me encuentro sopesando tantos puntos de vista que se me olvida dónde quedó el mío. Cuando llegué a Islandia, hace más de siete meses ya, escribía mucho más. Ahora lo hago mucho menos.

Muchos factores han influido esta corriente. El trabajo, la cantidad de horas de luz, mi deseo de mantenerme conectada con la realidad que dejaba atrás.

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Cuando vi por primera vez las auroras boreales, a mediados de agosto, me encontraba realizando una actividad de lo más cotidiana. Iba a pasar por el supermercado 24 horas de mi barrio para comprar plátanos y leche. No esperaba verlas, era muy pronto, ni tan siquiera septiembre. Sin embargo, al salir de la tienda, me sorprendieron en todo su esplendor.

El cielo estaba partido por la mitad. Lo atravesaba una línea verde esmeralda, que se movía. La aurora bailaba sobre mi cabeza y yo llevaba en la mochila plátanos y leche para el desayuno. No había nadie en la calle. Yo estaba sola, con las auroras danzantes acompañándome. Desde ese día, las vengo encontrando cada ciertos días. Salgo a cazarlas con mi compañera de piso, me saludan cuando salgo a fumar a la azotea del edificio donde trabajo, o me esperan pacientemente en la bahía hasta que mi viaje en bus hacia casa termina.

No importa las veces que las vea, no dejan de sorprenderme. No puedo desearlas, ellas llegan cuando los factores suman y resultan en un cielo claro y una actividad magnética intensa.

Tampoco puedo desear escribir todo el rato. Mis musas, como las auroras, toman su tiempo, y a veces paso días sin que me visiten. Pero, cuando aparecen, siempre encuentro tiempo para discutir cosas interesantes con ellas. No todas esas cosas serán compartidas, ni publicadas. No tengo que producir, tengo que sentir. No tengo que hacer, tengo que ser.

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La grandeza de disfrutar de algo a solas también es sagrada y a veces, en este mundo de clics y necesidad de compartirlo todo, no hacer nada más que disfrutar del momento que está ocurriendo es lo puto mejor del universo.

El otro día, al bajar del autobús, cansada después de un turno de 13 horas, giré la cabeza y el cielo estaba lleno de líneas verdes. No fui a casa. Caminé hacia la bahía, a través de montañas de hierba que está cambiando de verde a amarilla. Cuando encontré el lugar que me gustaba, simplemente me quedé allí parada, sin hacer nada. Contemplé, respiré, no hice ninguna foto.

Volví a casa llena de vida y dormí como hacía mucho tiempo que no dormía.

No hacer nada, contemplar, guardar secretos. Placeres a cultivar en el siglo veintiuno.

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primera aurora
IMG_8874 Mi primera aurora. 16.08.18

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