Aurora y el orgasmo vital definitivo

Domingo por la tarde. Con la cabeza más en la oficina que en mi propia casa. Es una tarde lluviosa, húmeda, muy cálida. Mi cuerpo pide comida, algo sucio, prosaico. Llamo a la pizzería de la esquina. Nicola ya me conoce.

-Aurora, ¿lo de siempre?

-Si, Nico, otro domingo igual.

No hay respuesta por su parte. Solo corta la conversación y yo ya se que a los 15 minutos aparecerá en mi portal empapado, con esos ojos grises que podrían ser mi refugio en una noche de tormenta.

Las espinacas de la pizza están poco hechas, como a mí me gustan. Mañana por la mañana tengo que entregar la planificación trimestral. Susana lleva semanas esperándola. Es la primera vez que me encargo de ello en solitario. Me importa una mierda el resultado, en términos emocionales, pero he de preocuparme por un buen desempeño laboral ya que de ello depende la posibilidad de recibir pizza en la puerta de casa cada domingo por la noche.

A veces, sobre todo los domingos a eso de las 11 y media, cuando me meto en la cama con un nuevo libro (cada semana leo un libro distinto. Lo hago desde hace unos meses. Es como tinder pero mejor); a veces, como decía, en estos días, me imagino dejándolo todo. Me imagino así:

Lunes por la mañana, hora punta en la Avenida C. Gente corriendo con cafés en la mano, sin saborear nada. Nada.

Me veo hastiada, y esto no es fantasía, y cansada de la vida que escojo cada mañana al despertar. Me veo en un limbo entre una juventud marchita y una adultez que me queda grande. Y entonces me veo, me veo como soy realmente.

Me imagino quitándome el traje y los zapatos de piel, el disfraz que esconde mi yo salvaje. Entonces, lentamente, sin hacer casi ruido, me subo a lo más alto de las escaleras más altas del edificio más prestigioso y me quito la ropa. Me quedo desnuda. No hay bragas ni sujetador, ni mucho menos medias o calcetines.

Estoy ahí, desnuda, y nadie repara en mi. Nadie me ve. Entonces, decidida, me siento en un escalón y me abro de piernas. El aire fresco y el aire bochornoso de la ciudad y las alcantarillas y las cloacas se mezclan entre mis piernas abiertas.

Comienzo a acariciar mis muslos. Ya no me importa si alguien mira o no. Solo quiero ser cuerpo por un rato. Y existir.

Me toco suave, al principio con vergüenza, para ir aumentando el ritmo y con él mi seguridad.

Sudo, mi pelo arremolinado en mi frente, mis manos trabajando, como en el teclado de mi ordenador pero sobre mi tecla magica. Me estoy masturbando en las escaleras de entrada a mi oficina.

Comienzo a gemir, muy fuerte, sin importarme donde me hallo. Mis compañeros, mi jefe, los repartidores. Todos están ahí, extasiados y horrorizados. Todo a la vez.

Al fin, me corro. Estoy extrañamente Serena, poseída por una total falta de vergüenza. El pudor ya no existe en mi. Siempre estuvo fuera. No dentro.

Dentro de mi hay tantas cosas. Tanto que compartir, tanto que narrar, tanto que explorar. Soy como un continente desconocido. Solo pretendo descubrirme, poco a poco, y sin expolios.

Joder, qué buena está la pizza. ¿Cómo puede esta masa provocarme tal éxtasis?

La imagen mia mientras me toco despatarrada en las escaleras de entrada a mi lugar de trabajo me persigue toda la semana. Mis gemidos sin filtro, mi placer, tan urbano, tan sectario.

Todo un ritual satánico, femenino, oscuro, poderoso y estúpido.

Mañana es lunes de nuevo. Voy a comprar un café, y a tomármelo camino de la oficina. No presiento que vaya a ser un lunes distinto.

Sin embargo, mi cuerpo, calmado, me habla:

-Después del café, nos vamos a despedir de esta vida sesgada. Y esa despedida, este corte, este adiós, serán nuestro orgasmo vital definitivo.

Y lo oigo, y presto atención, y al escucharlo me doy cuenta de que esa soy yo. Y decido que si, que mañana lunes voy a tomar mi piel por bandera y voy a decir adiós al bochorno urbano para lanzarme a explorar el continente de mi ser.

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