La belleza es de las niñas que no encajan

Estoy viendo Biutiful. Veo a Javier Bardem de perfil, lo observo; congelo el fotograma para mirarlo bien. No es demasiado guapo, objetivamente hablando. Es atractivo, un poco magnético, y misterioso. Esa es una belleza muy masculina, una belleza muy escindida de lo meramente físico.

Sin embargo, me doy cuenta de que es una belleza mucho más difícil para las mujeres. Una mujer bella, potente en la imagen que transmite, normalmente sí que cumple determinados cánones. De simetría, de color, de delgadez… La belleza cruda, aquella que refleja la grandeza interior, parece reservada a los hombres.

De ahí, quizás, que los hombres maduros sigan resultando atractivos. Siempre me ha fascinado esa diferencia. Que los hombres entrados en años sigan explotando su capital erótico mientras que las mujeres queden descatalogadas, como pasadas de moda, pertenecientes a una temporada anterior, desfasadas.

Por eso, mientras miro a Javier, reflexiono sobre la belleza. La volatilidad del palabro es abrumadora: ¿qué es bello?, ¿qué es feo?, ¿qué merece ser admirado?, ¿qué merece ser repudiado?

Siempre he creído, y sentido, que en lo extraño está la belleza en su más pura forma. Lo que se repite, lo simétrico, lo adecuado, es solo un punto más en un continuo. Lo que sobresale, lo que está deformado, lo que no encaja, es como una exclamación en un párrafo plano.

Javier Bardem no es guapo. Tiene la nariz torcida, tiene la cabeza plana por detrás, tiene los ojos caídos, un poco tristes. Sin embargo no puedo negar que me atrae, que algo en esa falta de armonía me fascina.

Ahora bien, lo que yo querría es que esa misma fascinación la pudiera causar, a nivel general, una mujer cuya belleza no residiera necesariamente en su apariencia física.

Una actriz, una música o una escritora. Una cajera, una profesora, una abuela. En definitiva, cualquier mujer con un mundo interior apasionante. Una mujer con un cuerpo raro, feo, pero con un paso seguro. Una mujer con tal seguridad en sí misma que las flores se giren a su paso. Una mujer con tal capacidad de asertividad que nadie dude de su palabra. Una mujer capaz de llevar pintalabios rojo sin que le tiemble la mirada. Una mujer que sale a comprar a la tienda de la esquina con los rulos y el pijama puestos, pero que tiene tal desparpajo que contagia con su alegría hasta al cemento de la calle.

La belleza nunca fue mi territorio. No me importaba demasiado, sospecho que porque nunca me he sentido portadora de tal atributo (en el sentido más estereotípico del término). Sin embargo, siempre me asustó no ser bella. Cuando era una niña regordeta, con granos y aparato quería esconder mi cuerpo y ser solo mente. Yo renuncié a pensarme o a verme bella, porque nada en mi encajaba en lo que se suponía que era la belleza.

minijuli
Niña campera (6 años?)

Qué pena, porque mi belleza era un volcán que iluminaba mis pequeños ojos detrás de mis gafas de culo de vaso. Mi belleza era la sonrisa que dejaba al descubierto mi paleta sobresaliendo del resto de los dientes. Mi belleza era mi pelo brillante y suave que yo siempre recogía en una cola de caballo porque no sabía qué hacer con aquella mata de hierba salvaje que nacía de mi cabeza.

Fui creciendo y fui aprendiendo a moldearme para encajar en ese “bello”. Me depilaba, comencé a usar lentillas, me quitaron el aparato. Solté mi coleta. Pero no me sentía cómoda… no me encontraba. Entonces, comencé a tintar mi pelo de colores. Usaba gafas extravagantes. Comencé a hacerme piercings. Vestía de manera extraña. Encontré el modo de dar salida a mi belleza interior.

pelirrosa
Tan feliz con mi pelo rosa en la orla del instituto (16 años)

Ahora, con casi 30 y con Bardem congelado en la pantalla de mi ordenador, me planteo qué bonito hubiera sido tener otros referentes. Mujeres feas consideradas bellas (incluso más que las más “guapas”). Bellas por lo que hacen, por lo que desprenden, por lo que se plantean, por lo que critican, por lo que iluminan y por lo que ensombrecen.

La belleza no es territorio vetado. La belleza es de las niñas que no encajan. La belleza es de lxs incómodxs, de lxs rarxs, de lxs extravagantes. La belleza está en los dientes torcidos que vuelven inconfundible una sonrisa.

La belleza está en el paso del tiempo. En las arrugas, en las cicatrices.

La belleza está por todas partes, y es una pena que parezca que está reservada a unos pocos.

Coge la belleza que hay en ti, sea cual sea, y sácala a pasear. Encuentra un color, un gesto, un lugar en tu cuerpo y en tu alma para ella. Porque está ahí, todos los días, desde que te levantas hasta que te acuestas. Todos los putos segundos de tu vida.

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