Un fantasma habita mi casa / mi cuerpo

La nieve me alegra los días. Y eso me pone triste.

Dónde estoy en mi vida si lo que me hace feliz cuando salgo a la calle es ver todo cubierto de blanco. Qué está influenciando mi vida humana si lo que tiene poderoso efecto sobre mi no es otro ser humano sino un fenónemo meteorológico.

Hoy, toda revuelta y sintiendo que la mierda me llega al cuello, me siento sola, de nuevo. Hacía muchas semanas que no sentía soledad. Había sentido tristeza, desazón, falta de rumbo, pero no soledad.

La gente que está a miles de kilómetros no me sirve para acompañarme en este proceso de mierda. Por mucho que me conozcan, por mucho que siempre hayan sido mi apoyo. No es cierto que la distancia no importa. Eso es totalmente falso. La distancia lo es todo, para lo bueno y para lo malo.

He dejado la terapia. Era online, hacía la sesión en bragas tumbada en mi propia cama. Pero era algo. Había una persona ahí que, pacientemente y dinero mediante, escuchaba mis dilemas y atendía mis diatribas. Ahora ni siquiera tengo eso, ahora ni el dinero alivia este hueco que tengo en el pecho.

¿Mando a la mierda el doctorado? He sido muy de mandar a la mierda cosas en mi vida. Relaciones, trabajos, emociones… O no me escucho en absoluto, o me grito en el oído, tan alto que no puedo soportarlo y tengo que salir corriendo. Qué he aprendido en estos años. En 30 años en la tierra, qué ha cambiado en mi y conmigo.

Estoy viviendo en una maldita isla, literal y figuradamente. Los 30 son un puto precipicio. Te dicen: ¿a qué no se siente tanto cambio?. Se siente, y de qué manera. Es como si un dedo acusador que siempre hubiese estado ahí, en tu espalda, se volviera de pronto de proporciones ingentes. Es el mismo dedo, pero joder qué daño hace ahora su toque gentil en la espalda. Ahora el dedo te empuja hacia adelante, apretando más y más.

Vomito todo esto aquí porque no hablo español desde hace días. Porque cuando la soledad y la tristeza se apoderan de mi campo de visión, me alivia mucho más expresarme en mi lengua, con sus mullidos sonidos y sus picudas eses. Esas que si hablo casi nunca pronuncio.

¿Sabe alguien qué es este agujero que tengo instalado debajo de las costillas y al lado del corazón? ¿Puede alguien explicarme por qué aún teniendo novio aquí me siento tan desamparada, más perdida que pingu en el desierto? ¿Por qué aún teniendo amigas y amigos me siento como un robison crusoe, buscando desesperadamente compañía en esta página en blanco?

No quiero ponerme derrotista. No estoy sola, claro que no lo estoy. Tengo amistades. Tengo dos trabajos. Tengo planes de futuro. Sí, pero son tan inciertos que siento vértigo constante. Y este no tener raíces, este ser nube llevada por el viento, me está costando la alegría en muchísimas ocasiones.

Llevo desde que tengo recuerdo persiguiendo un no se qué que no llega. Y no creo en esa estupidez de los horóscopos, pero joder, no podría ser más virgo. Empeñada en estropear todo momento presente en pos de un futuro que no existe.

¿Es necesario hacer esta declaración de sentimientos tan cruda y tan vacía? Publicarla. Compartirla. Incluso incitar a la gente a que la lea.

Echo de menos Granada. Echo de menos a mi hermana. Echo de menos a mi gato. Echo de menos sentir el calor del sol dando forma a mis pecas. Echo de menos los veranos de mi adolescencia, cuando pasaba horas explorando mi cuerpo frente al espejo, bailando, besando y leyendo. Echo de menos tantas cosas que a veces no se dónde vivo, o por qué vivo.

En tan pocas palabras que llevo escritas, se concentra la sensación de haber escrito la novela del siglo. La novela de mi vida. Y lo que me pasa en el fondo es que no estoy segura de que esto sea vida. Esta incesante búsqueda, esta fría soledad, esta constante inestabilidad.

¿Cuánto más puede un cuerpo estirarse, acompañando el esfuerzo? ¿Cuántas más horas de pensamiento dubitativo puede mi espalda acoger? ¿Cuánto más puedo yo misma aguantar esta incansable incertidumbre?

Parece ser que hay un fantasma en mi casa. Al final de mis días, ando tan reventada física y mentalmente, que caigo en la cama como un tronco. Pero hay noches en que me despierto sobresaltada, con el cuerpo de mi chico durmiendo a mi lado, ajeno a todo, y de pronto, algo se mueve en mi habitación. Intento buscar explicaciones racionales. La condensación, una corriente de aire. Pero empiezo a plantearme que quizás ese fantasma es real.

Ese fantasma es real. Tanto, que hoy me miré al espejo y lo vi. El fantasma soy yo, que me estoy convirtiendo en sombra de tanto vivir proyectando. He necesitado enfrentarme a mi imagen para darme cuenta de que, en parte, soy yo la que se ahoga en un vaso de agua.

Y que le den al maldito doctorado. Que le den a las putas exigencias externas que acaban por convertirse en consejeras juiciosas.

Tengo que reconciliarme con la imagen que observo en el espejo. Tengo que abrazarla y cuidarla. De lo contrario, me va a absorber la sombra y nadie va a ser capaz de abrazar mi redondeada forma.

Anoche me desperté sudando, de un salto. Estaba mirando al techo en la oscuridad y todos los bolígrafos de mi escritorio se movieron a la vez. No sentí miedo. Me pareció que mi sombra estaba suelta por la habitación y se estaba dedicando a hacer de las suyas. Me volví a dormir.

Esta mañana he despertado temprano y he desayunado. Al salir a la calle me he encontrado con mi amiga, la nieve. Caminando hacia la parada del autobús, el fantasma se me ha aparecido de nuevo. Caminaba a mi lado. Era mi sombra, que volvía a estar pegada a mis pies.

Por la tarde me han comunicado que muchos esfuerzos han sido en vano, ya que un gran proyecto referido a mi doctorado ha sido rechazado. El nivel de cansancio ha tocado un límite. He terminado mi turno en el trabajo como una zombie. Me he convertido en pieza perfectamente engrasada de la cadena de producción. Al llegar a casa, me he quitado la ropa y he bajado a ducharme.

Qué delgada me estoy quedando, otra vez. Me gusta ver mi cuerpo cambiar. Mi pubis que ahora se encuentra totalmente depilado, mis nuevos tatuajes, mis pechos menos llenos, más fluidos. Por encima de mi hombro ha aparecido un fantasma. Solo podía verla si miraba en el espejo, como en las películas.

Me ha agarrado de los hombros y me ha sacudido. ¿Qué haces, estúpida? Mírate. Abrázate y cuídate a ti misma.

Saldrás de esta. Nada es tan importante, ni tan banal. Solo deja a las cosas ocupar su lugar, como líquido fluyendo camino abajo en una cascada infinita. Solo fluye. Déjate ser.

Y entonces han empezado a aparecer caras familiares, lugares, sabores, sonidos y caricias rodeando al reflejo de mi cuerpo desnudo en el espejo.

Y ahora, que son casi las 4 de la madrugada, estoy en mi cama escribiendo con el fantasma bien cerca, no vaya a ser que lo pierda de vista y vuelvan a asaltarme los miedos.

4 comentarios

  1. los altibajos los llevamos a cuestas durante toda la vida
    ahí su gracia y su desgracia
    a veces solo con parar y alejarnos lo vemos todo mas claro
    otras… hasta que no nos explota en las narices , ni cuenta
    poco a poco te darás cuenta que lo mejor que se puede hacer es aprender a sobrellevarlo

    slaudos ursula

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  2. Hola, Úrsula. Estoy pasando por una situación parecida: yo también estoy lejos de casa, expatriada por voluntad propia, y aún así hay veces en que todo se pone tan cuesta arriba que me pregunto qué coño hago aquí. Pero la verdad es que me me pongo en la hipotética situación en la que vuelvo a España (yo también echo de menos) y, siendo sincera, no es que vaya a estar exenta de problemas allí tampoco (puedo pensar en miles). La estabilidad emocional es mentira, pura ilusión. Siempre tenemos mierda por encima de una forma u otra, y creo que no se trata de deshacerse de ella (es inviable), sino de coexistir con ella lo más sanamente posible.

    Te mando un abrazo desde el frío norte de Europa.

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