El orgasmo juvenil de Aurora

Despierto. He dejado el trabajo. Y lo que ocurre a continuación es del todo inesperado: adquiero superpoderes. Una mujer como yo, fantasiosa, a sus 34 años. Y diréis, ¿qué superpoderes?, ¿va a convertirse acaso este en un relato lleno de ficciones tan estúpidas que tendré que dejar de leer?.

Cuando me senté en la mesa de la cocina con el café recién hecho me di cuenta de que no tenía, verdaderamente, nada que hacer. Los temas de papeleos con el trabajo estaban resueltos. Perdí derecho a finiquito al haber decidido marcharme de un día para otro y por mi propio pie.

Este vacío de quehaceres me infundió abruptamente de un poder bizarro: el de reflexionar, profunda, pausada y minuciosamente, sobre mi propia realidad. En mi, este hecho, adquirió inmediatamente la calidad de superpoder.

Y hubo una cosa relacionada con esta redescubierta capacidad que disfruté especialmente: el recordar. La posibilidad de viajar al pasado, en calidad de espectadora, para observar momentos, lugares o personas.

….

A veces cuando me aburro, me masturbo. Realmente el aburrimiento nos sorprende raras veces por inexistencia de actividad. El aburrimiento sobreviene por exceso de movimiento. Hay tal cantidad de posibilidad junta que asusta. Y tendemos a pensar, para evitar afrontar este torrente de infinitas posibilidades: “no tengo nada que hacer”.

Esta mañana con mi superpoder recién (re)descubierto, no me mueve el aburrimiento sino la curiosidad: ¿qué más se habrá visto afectado en mi con los últimos acontecimientos que sacuden mi vida?. Ahí mismo, en la cocina, me empiezo a acariciar los muslos. El café se me va a enfriar. Tengo toda la mañana para hacer una cafetera nueva. El sol impacta como por arte de alguna magia oscura justo en la porción de tela desgastada del centro neurálgico de mis bragas, normalmente estratégicamente situado justo encima del clítoris.

El calor de los rayos del astro mayor me predispone a una cálida humedad. Mi entrepierna está relajada, adolescente. Y entonces ocurre; tiemblo ligeramente, cierro los ojos y al abrirlos de nuevo estoy en mi habitación de la adolescencia, durante una tarde noche de invierno. Afuera nieva, lenta y silenciosamente.

….

Año 1999

Ahora soy observadora. Mi cuerpo sigue teniendo 34, pero mi mente ha viajado en el tiempo y me observa. Tengo 15 años, y el pelo muy largo y alborotado. Llevo gafas y estoy segura de que mi valía se encuentra en mi cabeza más que en el modo en que me reflejo en el espejo. Estudio, aunque nunca demasiado. Prefiero leer en bragas en mi cama, o enviar mensajes de texto llenos de amor infantil a mi novio pelirrojo.

Estoy, mecida en un océano de tiempo, en una esquina de la habitación. La puerta está cerrada y yo estoy leyendo Sherlock Holmes. Absorta en un mundo de niebla e investigaciones apasionantes. Son las nueve de la noche, de pronto, y mi yo lozano se levanta de la cama y se dirige al salón. Se sienta junto a mi madre.

Ambas miramos la tele, aunque no estamos pendientes de ella. Actúa más bien, el aparato, como muralla de contención entre las dos.

Aurora, ¿tú tienes orgasmos?

La corta pregunta, como una bala ligera, me impacta directa en el corazón. Comienza a latir muy rápido, aunque yo sigo absorta en la televisión. Hago como que me sorprende. Siempre he sido muy buena actriz, sobre todo en obras familiares, en las que debuté cuando tenía pocos años de edad.

– Mamá! Claro que si, claro que tengo orgasmos cuando me acuesto con mi novio.

Así, despejé las dudas y me aseguré de que mi madre no volvería a preguntar. Fue una jugada maestra. Yo tenía 15 años aquel día, y mi novio me había penetrado por primera vez con 14.

Esta escena es el inicio de mi vida adulta que, desde entonces, supuso, entre otras muchas cosas, una búsqueda infructuosa de orgasmos compartidos con hombres. No sería hasta los 22 que tuve mi primer orgasmo con un tipo delante, pero eso ocurrirá más adelante, mucho más.

Sonrojada, enfadada conmigo misma, excitada, mi yo adolescente vuelve a su habitación. Yo la sigo, como una sombra. Cómo me gustaría poder hablarle. Cuánto daría por explicarle que no tiene por qué enfadarse consigo misma. Aquella mentira que ambas pronunciamos fue una evasión de algo que, sabíamos, nos costaba asumir.

Mi cuerpo adolescente entonces se esconde detrás de la puerta de la habitación. De ese modo si alguien llega, aunque abra la puerta, no podrá verla. Yo sigo ahí, como observadora, y me siento intrusa. Aunque me esté observando a mi misma, aunque ya sepa qué va a ocurrir a continuación. Aurora moja la punta de su dedo índice. Con la mano izquierda, separa un poco las bragas y el pantalón de la piel de su monte de venus. Dirige el dedo índice hacia sus labios y su clítoris. Imagina que, por un segundo, besa a Lucía, una compañera del colegio con el pelo tintado de rojo y grandes dientes muy blancos. El orgasmo llega como un susurro a su cuerpo prieto. Sus rodillas tiemblan al unísono. Justo después, coge el libro de Sherlock y se vuelve a enfrascar en la lectura, con la imagen de Lucía asaltando su mente cada ciertos segundos. Aquel orgasmo, ahora que lo presencio, me hizo sentir exactamente como cuando experimenté mi primer terremoto de placer: comprendida, amada, escuchada… por mi.

Yo regreso al presente. Con un sobresalto en el pecho, subo un escalón en el tiempo, y me encuentro de nuevo en mi cocina iluminada por el sol. Hace unos segundos estaba en el 1999, y nevaba. Es extraño esto que me pasa. ¿Aprenderé a viajar a momentos concretos de mi historia? ¿O mis travesías temporales seguirán siendo producto del azar?

Me conformo con hacer una nueva cafetera hasta descubrirlo.

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