Aurora y los bichos raros. O: el primer orgasmo con Inés.

Ahora ya no tengo trabajo. No me han echado, lo he dejado. Qué irresponsabilidad, a tu edad, sin propiedades, me decía ayer mi madre cuando la llamé por teléfono para comunicarle la noticia. Nunca he conseguido encajar en el modelo de hija que mi madre había diseñado para mi. No fui abogada, no fui a la peluquería cada semana, no fui una triunfadora social, como ella.

Además, nunca me gustó rodearme de gente guay, de gente triunfadora, de gente fácil que siempre sonríe y la pasa bien. Siempre me gustó acercarme a la gente extraña, a la gente que tiene dificultades, a la gente que brilla por dentro pero quizás no tanto por fuera. La gente que siempre está preparada para una fiesta, que no necesita parar y reflexionar, que se siente casi siempre bien en su propia piel… esa gente no me interesa tanto.

Lo pensaba hoy, mientras miraba a mi grupo de amigues. Todos tarados, todos extraños socialmente, todos con historias bizarras a las espaldas. A nuestro lado había una mesa llena de gente. Gente con estilo, todos parecidos, de la misma edad y con las mismas vestimentas. A la moda, pero a la vez trasgrediendo. Qué pereza. Tan guapos, tan divinos, que daban ganas de vomitarles las tapas en la cara.

Creo que siempre he preferido la diferencia porque yo misma soy un bicho raro. Me siento más cómoda entre los de mi especie que junto a los grandes animales, esos que la gente admira, maravillada, en los zoos. Yo soy cucaracha, hormiga, saltamontes, mosca. Serpiente incluso, arrastrándose por el suelo. Pero nunca oso polar, ni elefante. No quiero ser quien llame la atención. Prefiero ser el bocado raro, exquisito, que te hace pensar y te revuelve la tripa.

Aquella noche junté a mis amistades para contarles lo que había acontecido. Decidí hacerlo de la manera más aséptica posible. Hice una lista con los hechos, se la presenté y no dejé demasiado espacio para ruegos y preguntas. Cerré así:

– Lo importante es que yo estoy bien. Muy revuelta, un poco mareada a veces, pero segura de mi decisión y hambrienta de novedad y abismos vitales. Vamos a brindar para celebrarlo, venga. Por los precipicios inesperados.


Y aquel día, entre cervezas y gintonics, conocí a mi rara preferida:

INÉS.

Cuando ya habíamos acabado el barril de cerveza del bar donde habíamos comenzado, Martina propuso seguir la noche en algún tugurio oscuro. Llevábamos bebiendo desde las 7 de la tarde, así que la inercia nos hizo poner dirección a La Estrella. Caminábamos con pasos sonrientes y nos agarrábamos unos a otros intentando mantener un ficticio equilibrio. Algunos fueron cayendo por el camino y al final quedamos Martina, Pedro y yo. Entramos. Estaba abarrotado.

Entre la bruma de luz roja y sonidos lacerantes, apareció ella. Usaba grandes gafas de pasta negra. Sus ojitos se veían entre el humo rojo como se deben ver los de un diablo tierno, sensual y sabio. Nuestras miradas se cruzaron un segundo, pero ella no reparó en mi. Yo, borracha como estaba, pedí el tercer gintonic del día y aproveché mi acercamiento a la barra para mirarla más de cerca. Como el sitio estaba lleno, las bebidas tardaban en salir y eso me dio tiempo para observarla entre la multitud. En el aire flotaba una vieja canción de Extremoduro.

Su fealdad me resultó magnética desde el primer segundo. Tenía un hombro más alto que el otro. Parecía como si su espalda hubiese cargado el peso del mundo durante demasiado tiempo, quizás desde niña. Vestía una camiseta blanca, dos tallas más grande que la suya. Sus pezones pequeños señalaban al techo del bar, lleno de vinilos polvorientos y desordenados. Su nariz era grande, pero armoniosa, como una montaña poderosa que aparece en medio de una llanura abismal. Sus labios eran oscuros, pero cálidos a la vista como un atardecer entre los pinos. A su lado había dos tipas hablando, que comenzaron a comerse la boca cuando agarré mi gintonic con ambas manos.

Di un sorbo y encontré la valentía que tanto tiempo había permanecido escondida. Me acerqué a Inés y me dio la sensación de ya conocer su nombre cuando sus labios respondieron, con lentitud y dedicación, a mi pregunta sobre él. La música estaba muy alta así que no hablamos demasiado. El ambiente nos meció y, entre sus brumas, nos dejamos llevar. Aparté sus gafas y, telepáticamente, le expliqué que necesitaba ver sus ojos sin ellas. Sin palabras, ella respondió. Tocó mi oreja derecha con el índice y el pulgar, y a continuación besó mi lóbulo izquierdo mientras seguía hablándome con la mano en la otra oreja. Momentáneamente, no hubo bar ni multitud. Existían solo nuestros cuerpos, nuestras orejas, nuestras manos, nuestros ojos.

Entonces, agarré la mano de Inés y así, llenas de una calma presurosa, salimos del bar y comenzamos a caminar por las callejuelas de alrededor. Protegidas por la falta de luz, paramos nuestros pies en una esquina desde la que mágicamente se veía la luna nueva asomando entre dos altos edificios. No hablamos. La falta de sonidos era tan ruidosa como la música en el bar. Simplemente seguimos disfrutando del hecho de haber encontrado a alguien de nuestra especie, como dos moglis que de pronto cruzan sus lianas en la selva y se observan maravillados al descubrir que no son los únicos.

El beso de Inés era fiero y lento. Profundo y salado. Seguía tocando mis orejas, y yo su cuello. Estábamos muy excitadas. Metí la mano en sus pantalones y palpé extasiada. Mientras acariciaba sus contornos, yo apretaba mis muslos fuertemente. Inés introdujo sus manos debajo de mi camiseta y mi sujetador y, con precisión quirúrgica, sobó mis pechos durante lo que a mi me parecieron horas. Nos corrimos con las bocas muy cerca, casi a la vez. Nos quedamos un minuto respirándonos los alientos. Poco a poco comenzamos a reconectar con el entorno.

Eran las cinco de la mañana, pero en mi cuerpo eran las cinco de la tarde; todo era cálido y calmo como antes del atardecer en otoño.

Inés se puso las gafas.

-Tengo que irme, mañana trabajo. Apunta mi teléfono. Podríamos tomar un café algún día la semana que viene.

-Sí. Estoy totalmente libre, así que cuando quieras. Tú mandas.

Se alejó con su cuerpo torcido, y a mi me daba la impresión de que las farolas iluminaban más a su paso. Le dije hasta pronto telepáticamente y puse mis pies a caminar hacia casa. La luz era extraña, surreal. Qué noche más extraña, qué noche mas buena. Hacía mucho que alguien no me atraía como me atrajo Inés. Eso me hizo sentir viva y feliz de no tener restricciones horarias para poder decir sí a ese café. Cualquiera día, a cualquier hora.

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