El orgasmo manual y la AURORA boreal

Estos días me despierto tarde. A las 10. Después de años despertando a las 7, incluso en domingo. Mi cuerpo era esclavo del ritmo capitalista. Siento mucho deseo desde que dejé de trabajar.

Deseo de vivir, de dormir, de comer, de follar. Deseo tanto que, aunque no trabaje, llego al final del día reventada de cansancio. Cada noche, mi cuerpo se vuelve eléctrico, vibra bajo las sábanas, pensando qué pasará el día de mañana.

Paso mucho tiempo sola, supongo que porque necesito ordenar lo que la renuncia a mi trabajo significa para mi. Dejando a un lado el miedo y la incertidumbre, ¿cómo se manifestará en mi cuerpo, tan acostumbrado a las rutinas, este cambio?

Esta mañana tengo mucho apetito. Preparo huevos, tostadas de aguacate, café. Me siento en la cocina. Es enero, y está nevando. Mi mente se aclara, las nubes desaparecen. Siento que hoy es el día de buscar compañía. Quiero meter a alguien en mi cama.


Hace unos años viajé a Islandia. Fui sola. Ahorré durante los meses de invierno y me decidí por ir en octubre. Parecía buen momento. Tiempo de invierno incipiente y auroras boreales probables. No llevaba itinerario definido. Solo una guía, mi mochila y un saco de dormir.

Una noche, en uno de las guesthouse donde pernoctaba, conocí a alguien. Por aquel entonces yo me hallaba en el momento de exploración y aceptación de mi bisexualidad. Me sentía abierta al deseo, proviniese este de donde proviniese.

Aquella noche, en Vík, era noche de tormenta. Llovía y el viento alcanzó tal velocidad que al salir a fumar tuve que agarrarme a una columna y el huracán se llevó mi cigarrillo recién liado. Quién sabe dónde fue a parar, quizás a la mano de algún marinero.

Cené con la chica con la que había pasado el día. Una estadounidense demasiado entusiasta para mi estado introspectivo. Cansada de su constante charla, me refugié en una esquina del salón para leer. Estaba releyendo Lolita aquellos días, y mi cuerpo se estremecía violentamente en algunos pasajes.

El tiempo, en Islandia, cambia inesperadamente. En el mismo espacio de tiempo en que el viento se llevó mi cigarrillo, la tempestad se calma y la quietud y el silencio lo arrasan todo. En unos minutos. Esta velocidad hace que los pensamientos y las sensaciones parezcan mucho más lentos, e importantes.

Un hombre se acercó a mi aquella noche, quién sabe si movido por el hecho de que yo estaba leyendo Lolita y los pequeños temblores que el libro me provocaba se transmitían como un terremoto a todo aquel que quisiera prestar un poco de atención.

Él leía a Lovecraft. Yo vibré un poco más, entre las piernas, cuando vi la cubierta de su libro. Nos miramos, un segundo, por encima de nuestras respectivas páginas. La calma atmosférica llegó justo en ese instante. La furia de la tempestad se fue hacia el norte, y en mi cuerpo viajó hacia el sur, recorriendo frenéticamente mi geografía.

Nunca hablamos, él y yo. Y no fue algo de cuento de hadas, no es que la conexión fuese mágica y no necesitara de palabras. Nuestros cuerpos sí que hablaron; se sucedieron una serie de señales que no pudimos, ni quisimos, obviar.

Salimos al porche. Nos escondimos bajo las estrellas, que habían aparecido haciéndose hueco entre las nubes. Él se sentó en un banco de madera, cubierto de agua congelada. Todo se derritió a nuestro alrededor. Me senté a su lado. Cubrimos nuestros cuerpos con una manta. Nos desnudamos debajo. Nos tocamos con manos de fuego bajo un manto de hielo. Mirábamos al cielo. Aumentamos el ritmo, para acompasarlo al de la isla efímera en la que nos encontrábamos. Alcanzamos el orgasmo a la vez.

Una aurora iluminó el cielo. Era morada, intensa, viscosa. Nos besamos solamente después de haber terminado este baile de manos y jugos. Quedamos abrazados contemplando el magnetismo, el nuestro, el del planeta tierra. Cuando el frío comenzó a colarse debajo de la manta, nos levantamos y pusimos rumbo a nuestras respectivas habitaciones.

No volví a ver a aquel hombre, nunca. Por la mañana, pregunté en recepción si el chico que leía a Lovecraft se había marchado ya. La joven islandesa que estaba sentada tras la mesa de madera me dijo que el griego que había pasado allí dos meses había puesto rumbo al este aquella mañana, antes del alba.


Aquel orgasmo se convirtió en un momento de placer eterno para mi. Volví a esa tormenta incontables noches de insomnio para llenar mi cuerpo de calor y deseo. Esta mañana decido que voy a salir de viaje. Voy a correr tras una tormenta.

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