Mi primer año viviendo en Islandia

El día 10 de marzo hizo un año, exacto, que llegué a Reykjavík para quedarme un tiempo que, en aquel momento, era indeterminado. Ahora ha pasado más de un año desde aquel día y quiero parar un poco, sentarme y escuchar mi flujo de pensamientos al respecto.

Este mes he trabajado casi 190 horas. A veces, mis días pasan tan fugaces que no soy demasiado consciente de si es martes o sábado. Y ya que estoy, pues voy a darle al tema del trabajo. Empecé en la cafetería de un hotel, donde empezaba cada mañana a eso de las 6 am. No había autobuses, así que me tocaba caminar 45 minutos por la bahía, con vientos huracanados y temperatura bajo cero para llegar al hotel a mi hora. Cansada y dándome cuenta de que aquello no era sanamente posible, conseguí dos trabajos más, en una tienda de ropa de lana, accesorios de montaña, zapatillas… y en un hard rock café. Entonces dejé el café y me concentré en estos otros.

El verano pasado trabajé unas 220 horas al mes. Aquí no es algo extraño, para muchísima gente. Y sigo un poco en esta tónica aunque haya bajado ligeramente el ritmo. ¿Merece la pena?

Trabajar así, doblando camisetas y vendiendo pins o zapatillas de montaña a turistas con mucha pasta me ha permitido muchas cosas. Tener un buen sueldo tiene eso, que te libera en algunos sentidos. Aunque me parezca problemático admitirlo, este año y por primera vez en mi vida, he tenido dinero suficiente para vivir sin ninguna traba, para darme caprichos (como tatuarme), para viajar y para ahorrar.

El contraste con mi realidad en Granada es brutal, a todos los niveles. Por las condiciones laborales, por el salario, por la calma de no sentir que puedo perder mi trabajo a la primera de cambio. La calma mental que trae el trabajo asegurado es innegable. Pero quiero dejar el trabajo a un lado. El trabajo es para mi un medio, un medio para lo demás, para la vida.

piscina
La piscina al lado de mi casa

Llegué aquí hecha un manojo de nervios, hastiada, cansada mentalmente, destrozada emocionalmente. Un año después me siento orgullosa de mi progreso. He ido sanando hacia atrás, recogiendo tiempos pasados bajo mi ala y dándoles explicaciones presentes. Me he perdonado por algunas cosas, me he criticado por otras.

En el camino, he escrito mucho. Siempre he escrito bastante, pero nunca lo he publicado en ningún sitio. Dedicarme al blog y seguir colaborando mensualmente con Proyecto Kahlo me aportan una alegría indecible, pura. Me he atrevido con la ficción, he publicado artículos que podrían considerarse controvertidos (quizás simplemente porque me sentía empoderada publicándolos), he recibido mensajes de gente diciéndome que de algún modo conecta con lo que escribo.

Llegué aquí matriculada en un doctorado en estudios de género en la universidad de Granada. Y este ha sido uno de mis errores: aferrarme a esa ilusión que, por el camino, me estaba haciendo pedazicos. He tardado casi un año en darme cuenta de que no quiero estar, por el momento, vinculada a la maldita academia. He tardado muchos meses en reconocer que la perspectiva del doctorado me hacía infeliz. Con mi maldita tendencia a planificar un futuro que nadie sabe siquiera si llegará me empeñé en seguir contándome el cuento de que así, algún día, mi situación podría ser mejor que ahora.

Pero, ¿qué significa mejor que ahora? Vivo en Reykjavík, he conocido a gente jodidamente genial aquí. Hablo inglés (cada día me resulta un poco más raro escribir en español, porque lo hablo muy poco), trabajo escuchando música todo el día, tengo pasta para viajar y tatuarme, dedico tiempo a la escritura, me he echado novio después de años en una complicada situación sentimental… siento que he soltado mucho lastre, que me he dicho: Julia, cállate y disfruta, coño. Y en estas sigo.

Decidí, supongo que influida por imágenes peliculeras y sueños de otras, que quería pasar mi 30 cumpleaños en Nueva York. Y para allá que nos fuimos mi R. y yo. Fui a Budapest con mi E. Tan felices las dos. Regresé a Granada, y la vi con otros ojos, y disfruté cada rayo de sol como si fuera el último (hoy, que está nevando, me doy cuenta de que mi sentimiento no era desacertado: la falta de sol y buenas temperaturas es una de las cosas que peor llevo de vivir aquí).

Dentro de Islandia he hecho muchas escapadas, con amigues y familia que han venido a visitarme, con compañeres de trabajo, con mi novio que hace fotos pero no las enseña a nadie (quizás algún día él también se lance a compartirse más, quién sabe).

futuro y nieve
Futuro y nieve

He caminado pisando mullida nieve para ir a trabajar cada mañana, he visto el sol de medianoche con mi hermana y mi prima al lado, me he empapado cerca de varias cataratas, he atravesado ríos en coches todo terreno ocupados por 8 personas, me he bañado en jacuzzis viendo las estrellas, he visto auroras boreales al ir a comprar a la tienda de mi barrio, he nadado en las piscinas de la ciudad, al aire libre, escuchando música (mi padre me regaló un mp3 acuático antes de venirme) y mientras me nevaba en brazos, culillo y piernas, los trozos de mi cuerpo que salían del agua caliente hacia el mundo exterior. Me he apuntado de nuevo al vegetarianismo, he dejado el puto doctorado, porque no era el momento y me aportaba unas dosis de ansiedad e infelicidad incalculables. He entrado en contacto con profesores de la universidad para hacer colaboraciones remuneradas. Hice una traducción para una antropóloga y ayer di una clase sobre tatuaje y antropología. El alumnado contento, participante, interesado. Y yo entusiasmada, lanzando preguntas, y siendo consciente cada puto segundo de que me pagarán por haber dado una clase en una asignatura sobre Subculturas en antropología. Yo con esto ya me siento realizada, y que le den a los títulos y a todo lo demás. Ese pequeño evento es el que me ha hecho feliz.

Yo quería hacer un texto mucho más aséptico, sobre la experiencia, más general, de vivir en un territorio como Islandia. Al final, me ha salido lo personal hasta por los codos y no he podido/querido evitar que así fuera. Todo parece en equilibrio, pero el balance es bastante precario aquí.

Ocurre algo muy extremo en esta isla. Con el tiempo meteorológico y con las emociones. Ayer, cuando acabé de dar clase, el sol brillaba. Tomé café con una amiga y el lorenzo nos acariciaba la cara (nótese que estábamos dentro de la cafetería de la universidad, refugiadas tras las inmensas cristaleras, porque fuera seguíamos estando a bajo cero). Estaba pletórica, contenta con la clase, con el alumnado participando, con todas las nuevas cuestiones que me habían surgido. Cogí el autobús camino a casa, donde R. me esperaba feliz también. Fuimos a comer juntes. Comenzó a nevar. Todo se tapizó de blanco en escasos minutos. De pronto, me volvió esa sensación de estar atrapada en Reykjavík, en esta isla volcánica. Me llegó una tristeza profunda que permanece.

Y, eso sí, ya soy experta en manejar estos extremos. Ninguno de ellos, ni el feliz ni el triste, son reales. Son tan solo manifestaciones de mis claroscuros, demostraciones de un equilibrio precario pero sostenido. No soy feliz ni infeliz en Islandia. Lo único que siento, constantemente, es una vida muy pura corriendo por mis venas. Como un recordatorio de que la vida no es más que aquí y ahora. Y esta está siendo, probablemente, la enseñanza más tremenda de mi vida aquí: nada es eterno, todo muta, yo misma no permanezco, ni permaneceré, jamás, como soy ahora, como era ayer. Cada mañana, al despertar, parece una nueva oportunidad de enmendar malos pensamientos, de regañarme por planificar en exceso, de felicitarme por quererme y permitirme el relax de una vida doblando camisetas y escribiendo.

mi calle
Mi calle, el pasado enero

Los días se hacen más largos, como cuando llegué el año pasado. A una velocidad vertiginosa, el sol va ganando terreno a la oscuridad. No miento si digo que me encuentro, de nuevo, deseosa de contemplar el sol de medianoche. Me visita E., mi tía M. y su novia, algunes amigues en verano. Viajo a Dublín a encontrarme con L. y L. Espero regresar a Granada pronto. Pero lo más importante es que hoy siento este extrañísimo territorio aislado y helado como mi casa. Eso no significa que me quiera quedar aquí, porque echo de menos demasiadas cosas. Eso significa, para mi en concreto, que mi casa está en mi. Que mi hogar vive en mi pecho, aferrado a las paredes de mi músculo lleno de sangre, y que, como yo, es transportable. Ahora he hecho en mi hogar nuevos huecos para personas de muchos lugares del mundo. Para R. para A. para C. para A. para E. para T. para M. …

Tengo muchos huecos para el futuro, pero ahora mismo siento mis músculos llenos, ejercitados, saludables.

Espero poder ir a nadar pronto, y que sea de noche y nieve, para sentir los copos derretirse en mis antebrazos mientras Tool retumba en mi músculo circunvolucionado, acompañando mis movimientos con anticipación mágica.

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