Los nombres de las hijas que nunca tendré. De maternidad y migraciones

Aluna, Inés, Vera, Aurora, Aixa…

Cuando pienso en mis hijas, tengo nombres que ponerles a todas. No van a nacer de mi cuerpo. Permanecerán en mi cabeza, en mi imaginación, en mis ensoñaciones. No siento deseo de volverlas reales.

Cumplí 30 hace unos meses. Vivo en Islandia, lejos de mi Granada (amada) natal. Decido, yo sola, preguntarme si deseo tener hijes. Pero al hacerme esta pregunta, inevitablemente, soy consciente de los mecanismos que han operado en mi para querer responderla. Existe una presión constante, ciega, que abruma a todas las mujeres: la mera pregunta por la maternidad.

Parece como si no pudiera ser pospuesta. Se nos pasa el arroz, seremos mayores, correremos riesgos si esperamos demasiado… pocas veces se habla de la no maternidad como una opción tan saludable y respetable como su contraria.

A las actrices, escritoras o presentadoras que no tienen hijes por elección propia se las cuestiona. ¿Estarán bien, tendrán algún problema fisiológico? Parece como si las mujeres tuviéramos que planear nuestra vida en torno a una posibilidad que, de tanto machacar, incluso asusta.

Yo no tengo muy claro si querré tener hijes, básicamente porque la que escribe aquí y ahora tiene claro que ahora mismo no quiere. Y esta que escribe hoy no conoce aún a la que escribirá mañana. Y todo adquiere entonces otro cariz. Entiendo que todo está a mi merced. Que mi cuerpo es mi territorio, que yo decido sobre él. Que por muchas presiones que existan, mi piel y mi pensamiento están por encima de cualquier miedo impuesto.

No podemos vivir pensando que nos haremos viejas. Nos hacemos viejas cada mañana. Y un día, al despertar, caí en la cuenta de algo enorme. Un hecho aislado que tendría el potencial de cambiar toda mi existencia.

Entendí, entonces, con los ojos hinchados y los dientes manchados con el marrón del café, que nunca jamás sería lo suficiente. Lo suficientemente bella, fuerte, independiente, responsable o brillante. Tomemos, por ejemplo, lo de “bella”, aunque podríamos escoger cualquier otro adjetivo.

Ninguna mañana iba a despertar y a pensar o, mejor a sentir, que todo estaba en su justo lugar y medida. Eso, joder, no iba a ocurrir. Y entonces irremediablemente, como por influencia de la gravedad, caí en la cuenta a su vez de que entonces cada día, al menos hasta que muriera, yo era la mejor versión posible de mi misma.

Como si a cada segundo se me diera la ingente oportunidad de apreciarme, de ser plenamente consciente de todo mi potencial. Y eso no es ninguna nimiedad.

Es una puta bomba de relojería y una oportunidad infinita para mirarte al espejo, una y otra vez, un día tras otro, pensando: joder, no podría estar más buena, más deseable, más viva, que en este instante. Se trataría básicamente de mirarte con ojos libres de patriarcado y estereotipos asfixiantes.


Yo ni siquiera vivo en la tierra que me vio nacer. La maternidad territorial me enseña que también existen las adopciones, y funcionan. La tierra de hielo en que vivo hoy me ha acogido, con dificultades, pero también con amor y compresión. Así, he ampliado mis horizontes. Ya no dirijo mi mirada hacia un horizonte amenazante y fiero, con dientes mordientes; ahora miro hacia muchísimas líneas paralelas, aunque desiguales, que representan las posibilidades que tengo.

Comene y yo
Mi muñeca Comene y yo en el cortijo de mis abueles

Las hijas que nunca tendré son compañeras que me enseñan que no tengo nada que temer. Que todas mis elecciones son válidas, aunque me equivoque. Que siempre, siempre, tenemos tiempo de acercarnos a aquello que verdaderamente deseamos, sin importar tanto el qué como el cómo.

Aurora, Inés, Aluna, Aixa, Vera, os escribo para no olvidaros, porque gracias a vosotras, que nadie sabe si llegaréis a ser, siento una extraña calma.

Yo soy dueña de mi destino, y aún expatriada y envejeciendo, las posibilidades son mías, solamente mías. Y las decisiones, pese a quien le pese, también.

 

*En la foto, aparezco yo con 3 o 4 años agarrando a Comene, mi muñeca inseparable. Creo recordar que ella era para mi, más que una “pseudohija”, una compañera de aventuras. Vivió muchas cosas conmigo. Por ejemplo, cuando yo tenía 6 años, mi madre, mi tía M., su novia, Comene y yo nos embarcamos en un citroen y recorrimos los miles de kilómetros que separan Granada de Zurich para ir a visitar a la otra hermana de mi madre, R., que por aquel entonces estaba embarazada de mi prima A. Comene visitó las cataratas del Rin conmigo, durmió como un tronco en el asiento trasero, patinó sobre hielo por primera vez y posó en cada una de las fotos para el recuerdo. Comene, ahora lo pienso, no simbolizaba a una hija, ni me convertía en madre. Ella significaba amistad, aventuras, libertad. Si algún día tengo un hije, le enseñaré a Comene, por si deciden llevarse bien. Y si esto no ocurre, Comene seguirá ahí, para acompañar a otros niñes o simplemente para ser testigo de mi existencia, de mi aventura final.

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