El verano de los orgasmos de Aurora. O del intento del poliamor (I)

No hay nubes esta noche en el cielo. He pasado el día vegetando en la cama, entre novelas y ensayos, intentando yo misma escribir algo de provecho sobre mi propia vida. La ausencia de empleo remunerado, ciertamente, reblandece la existencia hasta el punto de no saber qué hacer con ella. La vida es una masa incontenible, incontrolable, a la que se debería dar forma de nuevo. Pero no se cómo tocar si quiera esta masa que pesa toneladas en mis manos desnudas. No se qué coño hacer con tanto tiempo libre, con tanta falta de tareas impuestas externamente. Hasta tal punto el mundo nos ha moldeado para la producción en cadena.

Cuando decido dejar la cama, solamente lo hago movida por un hambre voraz que amenaza con abrirse paso entre mis entrañas para continuar corroyendo el colchón y el suelo de mi habitación. Saco la pizza de pesto del congelador y la meto en el horno, sin precalentar ni nada, tal es mi impaciencia y mi hambre. Cuando termino el último trozo que quedaba en el plato, noto que la luz comienza a adquirir un extraño tono azul eléctrico, intenso como un rayo atravesando el cielo. Mi cabeza se nubla, y todo empieza a titilar a mi alrededor. Comprendo: voy a viajar al pasado, como ocurrió hace no muchos días aquí mismo, en mi cocina. Me siento en el suelo y apoyo la espalda en la pared de azulejos frescos…


En esta ocasión, no siento extrañeza ni miedo. Ya se lo que me espera. Es como si mi conciencia se adelantara a la experimentación del momento pasado y, como en un déjà-vu, conociera de antemano lo que voy a presenciar. Me detengo a mirarme, tengo 21 años. Mi lozanía me asombra, así que durante unos minutos me dedico solamente a observarme mientras leo. Estoy tumbada en una hamaca en casa de mi madre. Es verano, mi piel está húmeda de sudor. No llevo bikini, estoy desnuda sobre el colchoncillo de rayas verdes y blancas. Las chicharras cantan a mi alrededor.

Evidentemente, mi yo pasado no puede verme, pero me planteo si todas las veces que pienso en el futuro no lo haré influida por estos viajes míos. Quizás, todas las veces que he sentido ansiedad por la incertidumbre que acarrea lo que está por venir, mi yo desdoblado estaba ahí, observándome en silencio y analizando mis movimientos, influenciando de alguna manera mi flujo de pensamiento.

Suena mi móvil, que por aquel entonces aún recibía llamadas regularmente. Respondo, con una voz dulce y un poco más sigilosa que la que ahora sale de mi boca cuando hablo.

– Pablo! Si, si, ya me ha contado Nuria, nos vemos esta noche en La Gotera. Hasta luego, yo también, mmmmuuuuuuaaaaaaaa.

Aquel verano, hice un experimento personal que algunos querrían enmarcar dentro del poliamor. Yo no era consciente de las implicaciones políticas de mi decisión. Aquel verano follé con muchas personas distintas, amé a unas cuantas, y todas supieron de la existencia de todas las demás durante todo el tiempo.

De pronto, recuerdo qué pasó aquel día concreto. Fue una de las noches mas divertidas de mi vida, aquella en que Pablo, Julio y yo pasamos 8 horas teniendo sexo juntos…

Subo a mi habitación detrás de mi yo joven. Su culo es como un melocotón prieto y jugoso, se bambolea desnudo mientras el coño me saca la lengua desde las alturas. Y pensar que en aquella época dudaba de mi belleza y me dedicaba a observarme durante minutos frente al espejo preguntándome por qué no podía ser mejor de alguna manera…

Al llegar a la habitación, comienzo a vestirme. Me endoso un sujetador casi transparente, de color malva, y sobre él dejo caer un vestido de algodón negro de tirantes. No me pongo bragas (maravilla). Bajo las escaleras saltando y a duras penas consigo perseguirme, corriendo hasta el autobús que me llevará al centro de la ciudad. Pablo y Nuria llegan tarde y yo pronto, como siempre. Me pido la primera cerveza y mordisqueo el montadito de queso curado mientras los espero.

Pablo se acerca en la lejanía y, para mi sorpresa, viene acompañado de un tío.

– Nuria se ha rajado, tenía que cuidar de su hermana pequeña porque sus padres se iban al cine esta noche. Este es Julio, compañero de la facultad.

No recordaba a Julio así. Lo tenía muy idealizado. Ante mis ojos maduros se me presenta como un criajo enclenque con rastas y un ligero retufo a armario cerrado. Pero recuerdo lo que sentí cuando lo conocí: me enamojé (enamojarse, palabro que he descubierto en redes y por el que me siento agradecida de la existencia de internet).

Bebimos bastante, y a la sexta caña nos pasamos a las jarras y a las pipas, que nos pusieron los labios como el culo de un mandril. A las 3 de la mañana, sudorosos y hambrientos, decidimos ir al piso de Pablo para seguir bebiendo bajo el ventilador de techo de su salón. Yo me había acostado con Pablo un par de veces. En ambas ocasiones lo hicimos en la playa, movidos por el influjo de la luna llena y los calores veraniegos. Él era un buen amigo, de esos con los que tomas cafés interminables en los descansos de estudio en la biblioteca. De esos con los que puedes acostarte sin que la amistad quede enrarecida. Julio era tímido pero una intensidad velada asomaba tras sus espesas pestañas.

Al llegar a casa, encendimos el ventilador y abrimos un litro de cerveza. Bebíamos a morro, y estábamos ya bastante tocados, con ese punto entre borroso y pegajoso previo a la borrachera total.

Al observarme desde fuera, me di cuenta de cuán sexual era mi ser por aquel entonces. Mis movimientos seguros pero pausados, mi pelo alborotado, mis clavículas afiladas. Entonces, sentada en el sofá con el vestido abierto comencé a mirarlos a ambos con ojos traviesos. Pongo mi mano derecha en la rodilla de Pablo, para hacerle saber que no me olvido de él, y comienzo a besar a Julio. Al inicio en la mejilla, para después acercarme a sus labios jugosos y salados. Recuerdo su lengua, muy gorda, chocando con la mía, como haciendo ruido. Me vuelvo entonces hacia Pablo y lo beso directamente en la boca, con los ojos cerrados.

Al mirarme me doy cuenta de que yo inicié todo. Yo pedí, con aquellos besos, que todo ocurriera. Y ellos dos accedieron

 

(Continuará…)

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