El verano de los orgasmos de Aurora. O del intento del poliamor (II)

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Mirándome desde fuera observo algo que con el tiempo he ido arramblando como a esos juguetes a los que un día olvidas porque ya eres mayor para seguir jugando con ellos: mi seguridad en mi misma. Yo era mucho más desenfadada, estaba experimentando con sinceridades de cimientos fuertes para construir relaciones más francas, menos dolorosas. Aquel verano, comencé a acercarme a lo que para mi realmente querían significar el amor y el sexo. No parece que me moviera otra cosa que mi propio placer y diversión. Incluso cuando me decidía a dar placer, lo que me guiaba, ahora lo veo, era el mio propio…

Mirándome desde fuera me siento intrusa. Aquella fue una noche tan íntima… y aquí estoy yo, venida del futuro, rompiendo la dinámica. No tengo escapatoria, así que más me vale presenciar, y quién sabe, quizás hasta disfrutar.

Nos quedamos en los besos, así que con ellos continuamos.

Pablo responde a mi beso, y se nota que nos hemos catado antes. Fluimos, sin reparo ni freno. Julio parece más renuente, nervioso. No se cómo salvarlo de esa indecisión y entonces, tuve la mejor idea del mundo. Guié su cabeza hacia la boca de Pablo y, cerrando los ojos, ellos se besaron. Un beso tímido, casto incluso, sin lengua. Aquel gesto, mínimo, nos encendió a los tres. Ahora entiendo que probablemente porque aquel roce de labios terminó de dinamitar los esquemas de lo establecido.

Pareció como si el beso de Julio y Pablo rompiera un dique. Y el agua regó mis piernas, que por aquel entonces estaban ya mojadas, como una margarita cargada de rocío.

Los movimientos eran torpes. Era, para los tres, el primer encuentro sexual en que entraban en juego más de dos. Yo llevaba la voz cantante, eso quedaba claro. Me levanté del sofá y me quité la ropa. Pablo y Julio se levantaron a su vez. Teníamos música puesta. Tool susurrando en nuestros oídos. Uno se situó delante y otro detrás de mi. Todo se volvió un conglomerado difícil de relatar. Lenguas, manos, fluidos. Los besos eran a tres, las caricias eran a tres, los jadeos eran a tres.

Ojos cerrados, bocas abiertas, manos palpando. Nada de lo que estaba presenciando se parecía a esos tríos artificiales del porno convencional. Aquí había sudor, algo frenético, y muchos olores.

Y todo comenzó con dos lenguas admirando mi coño, y no con dos penes cegando una boca. Pablo y Julio se afanaban entre mis piernas, entre besos y lamidas. No se descuidó nada: pezones, orejas, párpados y ano. Mi mano no cejaba en su autoexploración, y la combinación de todo me llevó al orgasmo.

Reclinada como estaba, con medio culo fuera del sofá, ellos se acercaron a mi boca lentamente. Desde abajo yo veía a sus bocas morderse las lenguas y eso me dio aún más ganas de dedicarme a sus dos pollas simultáneamente. Aquello no tenía nada de sucio. Visto desde fuera, era incluso demasiado dulce. Se respiraba tanta amistad que aquel trío parecía tan cotidiano como un café al acabar una clase en la facultad.

Ellos dos y yo nos reíamos, nos agarrábamos del cuello y del pelo. Lo único que reinaba era la ausencia de palabra. Estábamos sorprendidos de nuestra osadía. La doble penetración se sucedió como un juego luminoso. El salón se convirtió en nuestro parque de atracciones. Teníamos la adrenalina por las nubes. Debajo, un amigo, encima, otro amigo. En medio yo, cómoda, henchida de alegría, continente de incredulidades cargadas de vida.

Dormimos cuatro horas, y cuando el calor de la mañana nos despertó, antes de bajar a por churros, volvimos a caer los unos en la otra, los otros en sí mismos. Esta vez fui más espectadora que participante. Pablo y Julio se lanzaron del todo a explorarse, mientras yo acariciaba mis labios, todos. Después del desayuno, yo decidí volver a casa. Ellos se quedaron allí, así que nos despedimos en el tranco los tres, abrazándonos, besándonos, riéndonos, mirándonos. No hubo que decir nada, en el aire quedaba el disfrute, el olor a café de la mañana, nuestra complicidad visceral, amiga, hermana.

Mi yo mayor tiembla, todo se vuelve borroso de nuevo… ha llegado el momento de volver al presente.


Regreso con un sabor dulce en la boca. Esa yo que he presenciado era bastante más osada, libre y feliz que yo hoy día. ¿Qué ocurrió por el camino? Ahora siento que dejar mi trabajo, lanzarme al vacío, me ha regalado la oportunidad de viajar al pasado para repasar todo aquello que me convirtió en quien soy, para rescatarlo. La combinación de narrativas, la del recuerdo y la de lo que realmente ocurrió, ¿me dará herramientas para entender mejor quién soy?

¡Mierda! He quedado con Inés para una caña y aún tengo mil cosas por hacer… Me pongo manos a la obra, con una sonrisa pícara manchándome la cara.

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