Aurora y el orgasmo múltiple. O: deja a tu novio.

Esta mañana desperté resacosa. De alcohol y cigarrillos. Ayer salí con Inés y acabamos emborrachándonos después de ver una peli en el cine de verano. Una de esas espesas, intensas, que requieren de largas conversaciones posteriores para ser tragadas y digeridas. Al abrir los ojos, y mientras ella sigue durmiendo con un suave ronquido a mi lado, me asalta un recuerdo de hace algunos años.

Hace unos meses que no viajo al pasado. Ningún terremoto corporal, ni visión borrosa. Estoy viviendo absolutamente en el presente. Salgo mucho con Inés, me apunté a unos cursos de danza del vientre y de pintura, riego mis plantas religiosamente y mi casa se está convirtiendo en una húmeda y frondosa selva.

El caso es que una vez tuve un novio. De estos que podrían durar para siempre. Resultaba que todo encajaba. Él era uno de estos tipos de puta madre, casi sin tacha. Nuestra relación fue creciendo, asentándose. Seguimos todos los pasos: las presentaciones familiares, las salidas nocturnas con las amistades contrarias, la convivencia.

Un día, la aplastante perfección de todo lo que nos estaba arrastrando casi terminó por asfixiarme. Con mucha dificultad, decidí alejarme de ese camino fácil para adentrarme en aguas pantanosas, en búsquedas mágicas.

Aquel día, en el que decidí después de una guerra interna poner fin a mi relación con el tipo de 9.8, experimenté por primera vez en mi vida un orgasmo múltiple. Había leído sobre ello, principalmente en revistas rosas para chicas atrevidas. Con 24 años no había tenido aún demasiado contacto con mi propio ser ni con el feminismo, así que esas leyendas que hablaban de la existencia de algunas mujeres que podían experimentar un orgasmo tras otro me sonaban a fantasía, a ciencia ficción.

La primera noche que pasé sola en el piso que hasta ese momento había compartido con él decidí probar mis carnes y someterlas al experimento que yo misma bauticé como la búsqueda del dorado. Si ese orgasmo existía y, lo más importante, si yo había sido bendecida como una de las pocas capacitadas para experimentarlo, me imaginaba afortunada como buscador de oro al encontrar una pepita tamaño balón de fútbol.

Cuando atardecía puse música. Era junio, las ventanas estaban abiertas, una ligera brisa entraba danzando en las habitaciones de mi casa. Ahora esa era MI casa. Me di una ducha, y aún mojada y desnuda me tumbé en la cama. Mirando al techo, sonreía reconociendo mi osadía. Me había atrevido al fin a alejarme de esa redondez cerrada relacional que poco a poco había ido asustándome hasta paralizarme. El amor, la estabilidad, el pánico a un futuro entero lleno de los dos… todo se me había hecho un nudo en la garganta. Pero había podido deshacerlo.

Usando las gotas que mojaban mi vientre, ahora frescas, separé los labios de mi coño, que ahora me parecía más mío que nunca. No realicé ninguna maniobra extraña, no cambié de postura ni usé ningún aparato raro. Simplemente me concentré en mi y en mi placer. Retrasé el primer orgasmo todo lo que pude, y cuando llegó me tumbé boca abajo y levanté las nalgas. Alcancé de nuevo mi clítoris engrosado, esta vez con la mano izquierda. Más despacio, seguí tocándome.

Me pregunté por qué todas las veces anteriores llegado el orgasmo había alejado a mi cuerpo del placer hasta la siguiente vez, normalmente en un día distinto. Me pregunté por qué habría de parar, si todavía existían ahí brasas de un fuego que nunca se extinguió. Quizás solo se trataba de prestarme atención. Como había ocurrido cuando decidí escucharme atentamente para dejar mi relación, paré un segundo para notar mi cuerpo. Mi piel rebosaba de alegría, mi casa respiraba libertad. Todo vibraba en el mundo en ese preciso instante.

El segundo y el tercer orgasmo llegaron casi seguidos. Me confirmaron que el sexo a solas era la mayoría de las veces más satisfactorio a nivel fisiológico que aquel que se practicaba en compañía. Tumbada aún sobre mi ombligo, me quedé dormida.

Recuerdo ese momento y lo relaciono de algún modo extraño con lo que experimento al estar con Inés. Probablemente por la parcela de autonomía que la relación con ella está aportando a mi vida. En aquellas revistas rosas también leí sobre algunas mujeres que amaban a otras mujeres. La vida me está enseñando que, al igual que con los orgasmos múltiples, no somos solo algunas las que lo logramos. Todas tenemos la capacidad de hacerlo. A veces solo se trata de parar, escucharse y tomar la iniciativa para probarlo. Experimentar varios orgasmos, o besar, acompañar y querer a otra mujer.

  • La imagen que acompaña a este texto es un fotograma de la serie de Spike Lee “Nola Darling”, disponible en Netflix.

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