Aventuras en Islandia II: Fiordos, ballenas y un glaciar

Vivir en Reykjavík puede llegar a resultar asfixiante. Los escasos 120.000 habitantes de la ciudad y el mar gélido que la rodea en muchas ocasiones son testigos de un hastío pesado que se instala sobre la espalda de los que recorren sus calles día tras día. Hace como año y medio que vivo en esta extraña ciudad y aunque a grandes rasgos soy feliz, hay días en que esa carga de aislamiento se vuelve más corpulenta que de costumbre. Se presenta como un aviso: haz algo para salir de estas calles y mirar las cosas desde otra perspectiva.

Fue esta sensación la que nos llevó a mi amiga A. y a mi a alquilar un coche de un día para otro para escaparnos a algún sitio, simple y llanamente lejos de Reykjavík. Un miércoles a las seis de la tarde pusimos rumbo al norte en un polo alquilado, casi nuevo. Buscamos el alojamiento más barato y, sin importarnos demasiado donde se encontrase, acabamos alquilando una cabaña de madera en un pueblo de unos 60 habitantes en los fiordos del oeste. El anuncio nos avisaba de que la cabaña no tenía agua ni baño. Para ducharnos o usar el váter tendríamos que dirigirnos a los baños públicos del pueblo, frente al mar y junto a unas pozas de agua caliente.

N1
N1

Conforme nos alejábamos de la ciudad, la sensación de calma y soledad aumentaba. Y aunque resulte paradójico, al cobijo de los paisajes, el sentimiento de aislamiento se hace más débil. No existen palabras, al menos en español, que consigan describir la belleza del horizonte islandés. La carretera principal, la nacional 1, que recorre la isla circularmente, se ramifica en los fiordos dando lugar a un sinfín de carreteras secundarias y caminos de gravilla. Conducir kilómetros y kilómetros sobre esta vena de asfalto es una de las cosas que más disfruto en la vida.

Si existiera un fin del mundo, estoy segura de que se parecería a un atardecer eterno en Islandia. Si la tierra fuese plana, estoy convencida de que el mar al norte de Islandia se derramaría hacia sus confines. Mientras escuchábamos a Chelsea Wolfe y True Widow, A. y yo hablábamos, pero a ratos permanecíamos calladas, paralizadas ante una espectacularidad tan incomprensible.

Las pozas, el suegro y el yerno

Llegamos a nuestro pueblo a eso de las 10 de la noche. Es el lugar en que la carretera asfaltada termina. Recorrimos con el coche la calle principal y después bajamos, pasado el puerto, hacia la zona donde se encuentran la piscina municipal y el hotel. Cuando llegamos a la cabaña, sonreímos. ¿Dónde estábamos? Nos pusimos el bikini y directamente pusimos rumbo a las pozas, justo enfrente del mar. Cinco grados fuera, pero ningún viento. Habíamos tenido suerte. Un grupo de franceses salían de una de las pozas cuando llegamos. Nos abrieron las cervezas con un abrebotellas que sacaron de su caravana. Con el cuerpo caliente tras el baño, se paseaban en bañador ajenos al frío mientras nosotras nos desvestíamos lo más rápido posible.

Hot tubs en Drangnes
Hot tubs en Drangnes

Cuando llevábamos en remojo diez minutos aparecieron dos hombres, cargados de cervezas, que se metieron en la poza con nosotras. S., de unos 60 años, y G., de unos 30. La apertura y cercanía de la gente islandesa es algo que me sigue sorprendiendo. Son los andaluces de los países nórdicos. Es muy fácil, sobre todo fuera de la capital, conversar con locales sobre casi cualquier cosa. S. y G. eran suegro y yerno y, como casi cada noche de verano, se dirigían a las pozas a relajarse y socializar.

Ambos eran de Drangsnes y, aunque vivían en Reykjavík, nos reconocieron su deseo de vivir permanentemente en el pueblo.

Nos invitaron a cerveza y creo que podría escribir un libro solamente relatando todas las cosas que ellos nos compartieron, pero voy a pasar a la mañana siguiente, cuando F. y M. nos llevaron en barco a la isla de Grímsey.

Frailecillos, ballenas y una cantante islandesa

A las 9 de la mañana, el barco de F., capitán y también dueño de la cabina donde dormíamos, nos esperaba en el puerto. Una familia italiana, una pareja inglesa, A. y yo conformábamos el pequeño grupo que se dirigía con F. y M., novia del primero, a la isla desahitada situada justo frente a la costa de Drangsnes.

La aparición de M. fue muy curiosa. F. nos anunció que teníamos que esperar a la guía de la expedición y ella surgió como un rayo de sol, unos segundos antes de zarpar. Llevaba una taza de café humeante en las manos y tras saltar a cubierta se presentó a todes y cada une de nosotres.

Costa de Grímsey, frailecillo volando y cientos detrás
Costa de Grímsey, frailecillo volando y cientos detrás

Cinco minutos después de abandonar la costa estábamos ya viendo y escuchando a las ballenas que nos rodeaban, que relinchaban como si fueran burros de agua. Había dos, luego tres, luego cuatro. Nos acercábamos a ellas y parábamos el motor para ser testigos silenciosos de su movimiento majestuoso. El barco se movía endemoniado. Al acercarnos a la isla, los frailecillos comenzaron a sobrevolarnos. Sus cuerpos rechonchos inundaban el cielo, su vuelo incansable nos dejó congeladas. Movían las alas entre 400 y 500 veces por minuto, y nos tenían rodeades. Sus partes naranjas diferenciándolos del resto de aves. Aunque ya no estaban anidados en los acantilados, aún se les podía ver flotando y volando.

Faro de Grímsey
Faro de Grímsey

F. y M. nos acompañaron hasta el faro, en lo más alto de Grímsey. Se paraban cada ciertos minutos, para darnos a probar un poco de “ensalada” salvaje o alguna mora silvestre. M. hizo incluso un par de fotos. Cuando regresábamos al barco, aproveché para hablar con ella. Pasaba sus veranos en Drangsnes aunque el resto del año vivía en Reykjavík, donde enseñaba música y cantaba en varios grupos. Su hija, S., tenía un grupo de letras ácidas en islandés y le prometí que cuando tocaran en Reykjavík iría a verlo.

Regresamos a tierra y S. nos abrazó al despedirse. Su cara estaba totalmente llena de sonrisa. Nos dijo que era feliz allí, entre ballenas y frailecillos.

El tipo de los gofres y el glaciar que casi tocamos

Por la tarde, ese mismo día, pusimos rumbo al extremo este de los fiordos. No sabíamos muy bien a dónde nos dirigíamos. En una carretera, ya de gravilla, encontramos un café donde se anunciaban gofres con una foto en color bastante apetecible. Paramos y el dueño del hostel, recepcionista, técnico, relaciones públicas y cocinero, estaba preparando masa fresca en ese mismo instante. Al preguntarle qué nos recomendaba hacer, nos invitó a acercarnos a una de las lenguas del glaciar Drangjökull, a una media hora de allí conduciendo.

Ovejas en el fiordo
Ovejas en el fiordo y Drangjökull al fondo

Podíamos dejar el coche y hacer una excursión de 5 kilómetros caminando desde el fiordo hacia el interior, para acercarnos al glaciar. Encontramos solamente un coche aparcado allí donde el camino terminaba. Sin tener idea del recorrido pero con la vista al frente y fija en la enorme lengua de glaciar, comenzamos a caminar, provistas de agua, frutos secos y galletas. Las enormes montañas resultaban amenazantes a nuestro alrededor. Nieve, cascadas, lagunas, agua serpenteando, ríos que atravesar, colinas que conquistar. Caminábamos a un ritmo muy bueno, porque nos movía una emoción que de tan intensa requería ser quemada desde dentro del cuerpo. Florecillas de todos los colores teñían los alrededores de las aguas que atravesaban la tierra llenándola de verdor y vida.

Drangjökull
Drangjökull

Nos acercamos mucho al glaciar, aunque no llegamos a su principio. Paramos en un entorno irreal, con una cascada a nuestra izquierda, un glaciar a nuestra espalda y un fiordo en el horizonte, allá abajo. Nos sentamos bajo el sol, que nos había acompañado todo el camino, y compartimos un tentempié que nos supo a gloria de otro planeta. En ese momento, yo sentí y pronuncié unas sencillas palabras: “Soy feliz ahora mismo”. Y se trataba de esa felicidad que flota, que no se encuentra anclada a nada, que no pesa. Simplemente se sostiene, como un globo, y se va con el viento dejando una alegría sencilla tras de sí.

La última noche, el marinero y el enamoramiento incondicional

Después de un día así y de una sopa de tomate, pusimos rumbo de nuevo a nuestro pueblecillo. Las pozas nos esperaban de nuevo, y los lugareños también, porque les dije que quería invitarlos a un vino tinto que me trajo mi tía de Granada. A eso de las 12 de la noche, mientras A. se duchaba, me metí dentro del bikini de nuevo y me dirigía a las pozas. Hacía incluso más frío que la noche anterior, así que al meter el cuerpo en el agua caliente el placer fue aún mayor. Allí estaba S., el mayor de los dos tipos que habíamos conocido la noche anterior. Y esta vez lo acompañaba el joven A., de 21 años, pescador y apasionado del océano y sus criaturas. Ambos estaban bebiendo cerveza y esnifando tabaco. Cuando me invitaron a probar el tabaco les dije que prefería no hacerlo. Lo entendieron y, encogiendo los hombros, los dos me dijeron que alguien tenía que mantener las tradiciones. Cuando en el extranjero esnifaban tabaco, algo común en Islandia, la gente los miraba extrañados, me contaban.

Drangsnes
Otra noche en Drangsnes

El vino tinto terminó de calentar nuestro cuerpo. A. se fue a dormir a la cabaña de madera, S. se marchó a casa y yo me quedé con A. charlando hasta las tres de la mañana. Acabamos la botella de vino, y entre vaso y vaso me contó algunas de las historias más alucinantes que jamás he escuchado. Me quedo con una (me guardo las demás para otro día): la de nadar con las ballenas. Yo le estaba contando que aquella misma noche, al regresar desde el glaciar, nos habíamos topado con una ballena que, a escasos 10 metros de nuestro coche, estaba tomando aire. Estábamos mirando al agua plateada cuando su enorme cuerpo negro brillante irrumpió en nuestro campo de visión, volviendo invisible todo lo demás. Las dos nos quedamos sin habla, y reduje la velocidad para verla alejarse siempre siguiendo la línea paralela del mar y la carretera a lo largo del fiordo.

Cuando le conté esto a A. me dijo que para él lo más impresionante era, sin duda, nadar con ellas. Con traje seco. Él lo había hecho muchas veces, desde su adolescencia más temprana. Si eres atrevida, incluso puedes engancharte a su joroba y dejarte llevar unos segundos. Yo, atónita, lo escuchaba con los ojos como platos. Le pregunté, entre inocente y aterrada, si no le había dado nunca miedo. Me contestó: lo único que has de hacer es mantenerte alejado de los bancos de peces. Si te mantienes lejos de aglomeraciones de pececillos, estás a salvo y puedes nadar con ellas, que son los animales menos agresivos del mar.

Me preguntó qué planes teníamos para el día siguiente. Le dije que teníamos que volver a Reykjavík. Me dijo que él, pescador y miembro del equipo de rescate del pueblo, podía coger dos trajes secos y llevarme a nadar con ballenas. Mi miedo a nadar con un animal de 15 metros de largo y el turno de trabajo de A. que comenzaba esa misma tarde en la ciudad me hicieron decir que no podía. Pero bueno, teniendo en cuenta que conocimos a una parte importante del pequeño pueblo de Dragsnes, quién sabe si algún volveré para flotar entre ballenas jorobadas o bañarme de nuevo en sus pozas viendo la aurora boreal.

De regreso a Reyjkavík, mi cuerpo estaba lleno de un magnetismo que no puedo explicar, que me hacía sentirme mucho más conectada con la tierra en la que vivo. Me bastó alejarme un poco de la ciudad para volver a enamorarme de Islandia, siempre con más intensidad que la primera vez.

Refugio en Grímsey
Refugio en Grímsey, a donde quizás me escape unas semanas para escribir una novela

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