No fui yo, fueron mis reivindicaciones. Despido, capital y lugar

Bueno, pues nada, me han despedido.

Yo me vine a Islandia pensando: qué bien, allí las condiciones laborales son mucho mejores. Y no era mentira: lo son. Los sueldos y condiciones de contratación son bastante más fumables que en Ejpaña.

Pero amigues, el problema no son las condiciones, el problema es el capital. Mira que yo soy consciente de esta verdad absoluta, pero nunca me bastarán ejemplos para seguir confirmándomelo.

Después de meses trabajando jornadas de 11 a 12 horas diarias, con descansos saltados, cansancio absoluto, dolores de espalda (visitas al médico incluidas) y luchas por conseguir que nos dejasen sentarnos en una silla en periodos de cero actividad en el negocio, sí, ha ocurrido: me han despedido.

¿Por qué? Resumiendo os diré que porque soy J., la sindicalista. Así me bautizó uno de mis primeros jefes, y no iba desencaminado.

Desde que tengo memoria me he comido marrones luchando contra la injusticia. Parecerá que es que quiero darme bombo, pero con este pequeño texto quiero reconocer a todes eses “abogades de pobres” que existen en el mundo. Esas personas que alzan la voz, que no callan, que con el dolor de sus tripas y los nervios de su corazón, consiguen hablar.

En el colegio me pasó algo. Bueno, entendedme, me pasaron muchísimas cosas, pero os voy a contar una. Una profesora con la que la clase no congeniaba (quiero decir que andábamos armando jaleo bastante a menudo en su clase), una mañana, ya gastada completamente su paciencia, se decidió a llamarnos piara de cerdos reiteradas veces.

Pasadas algunas semanas, cuando esa profesora ya no estaba en el centro, nos pasaron una hoja de evaluación. Para poneros en situación: ella enseñaba lengua, a mi me gustaba escribir, y nos pasaron la dichosa hoja en quinto de primaria, es decir que contaba yo con 9 o 10 dulces años. Claro, yo solté en el papel todo lo que había pasado. Conté que la tipa nos insultaba a cascoporro y que nos llegó a llamar piara de cerdos. Ninguna otra persona de la clase hizo mención alguna a ninguno de estos calificativos.

Yo estaba en un colegio de monjas. Sor M. me llamó a su despacho. ¿Qué es lo que estaba inventando, por qué había escrito semejantes cosas acerca de la señorita C.? Os resumo la situación. Yo me negaba a admitir que eso era mentira, básicamente porque no lo era. Entre lágrimas y mientras dos monjas agarraban cada uno de mis brazos tuve que romper el papel de mi evaluación y tirarlo a la basura.

Desde aquel día, puede incluso que antes aunque yo no tenga recuerdo, he sido un puto grano en el culo para el poder y los poderosos. Nunca me he callado. Y no os voy a engañar, esto no es una virtud ni algo heroico o digno de admiración. De hecho a mi me ha traído graves dolores de barriga y de cabeza.

J., la sindicalista
J., la sindicalista

Volviendo al presente… Con mi jefa fuera del país (más de tres semanas de vacaciones en el mes con más volumen de clientela del año), trabajé impecablemente. A su regreso, felicitaciones y un pin de reconocimiento a mi trabajo (lo del pin, por desgracia, no es ironía).

Claro que yo, cansada de los turnos esclavos y el poco descanso, estaba decidida a alzar la voz. Cómo no. Así que me armé de buenos argumentos, hablé con mis compañeres y planteé un horario distinto. En definitiva, elaboré una propuesta para hacer frente al ambiente de malestar y explotación que la empresa estaba generando. Nunca, tras mi protesta, hubo una conversación razonable, profesional y madura sobre los puntos que recogía mi propuesta.

Simplemente esta mañana, escasos minutos después de abrir la tienda donde trabajo, mi jefa me ha entregado una carta de despido. Tras decirme que teníamos que hablar, ha sonreído mientras me pasaba un sobre de papel blanco, tamaño A4. Evidente y paradójicamente, allí ya no había espacio para las palabras.

El capitalismo se quita de en medio a les incómodes, sin importar que nos encontremos en Islandia o en España. Yo estaba prendiendo la llama de la inconformidad con las normas, así que me han largado. Y tengo claro que no es mi desempeño laboral lo que ha provocado mi despido. Han sido mis reivindicaciones, ha sido mi voz.

Tras unas horas de estupefacción y enfado, solo puedo decir que me siento bien, cada minuto más relajada. Yo no me callé, y me despidieron, pero prefiero ser despedida mil veces antes que traicionarme a mi misma.

Ahora me abrazo. Me digo que yo no soy el problema, no lo soy hoy y no lo era tampoco cuando con nueve años alzaba la voz contra las barrabasadas que vienen de mano de la autoridad.

Yo a menudo he mordido la mano que me daba de comer. Porque esa mano que pagaba mi salario se ha sobrepasado conmigo; yo, empleada de mierda, eslabón perdido en una maquinaria inmensa. Ya no me importa ser la furia, la rabiosa. No pretendo reprimir esta llama que llevo dentro. Si callo, si enmudezco, me estoy dejando apagar lentamente. Así que hoy, sin trabajo y removida, también me reconozco brava, sin miedo, valiente y libre.

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