La familia viajera y la cuchara coleccionable. Un cuento

La familia se encuentra sentada, esperando para embarcar en un avión que les llevará de vuelta a casa.

El hijo, de 12 años, está sentado en el medio. Probablemente actuando como muro de contención entre los progenitores que un día, quién sabe, quizás se amaron.

El padre mira hacia delante, concretamente hacia ningún sitio. La madre se empeña en enseñarle los souvenirs de última hora que ha adquirido.

– Mira, abre este, que es un regalo para mi – le dice pasándole un paquetito de papel blanco.

El padre se dispone a abrirlo, entre triste y curioso.

– Es para mi colección – le explica ella.

– Pero si una cuchara así puedes comprarla en cualquier sitio – le expone él, sosteniendo una caja de plástico transparente.

– Ya, pero estas son las que la gente colecciona. Muchísima gente compra este tipo de cuchara para añadir a su colección.

El padre le devuelve la baratija. Se pone a ver una serie en su móvil, usando auriculares. El hijo, con la mano de la madre en su regazo mientras esta admira su nueva cuchara, también está zombi, atrapado en la pantalla de otro dispositivo móvil.

Parecen una familia de extraños, cansados de llevar una vida entera intentando conocerse sin nunca lograrlo. Ni siquiera han conseguido gustarse, tal vez si tolerarse.

La madre se rinde, y agarra el móvil también:

– Entonces si le doy a publicar, ¿quién va a ver la historia esta del instagram?

Probablemente, se encuentra pronta a publicar una foto de la gloriosa cuchara u otra capturando lo ridículos que se ven su hijo y su marido atrapados ambos en sus pantallas viscosas.

El hijo hace amago de responderle pero, antes de pronunciar palabra alguna, el pasotismo que inunda el aire -ese que lleva años separándolos a los tres irremediablemente- se adueña de él. El chico vuelve a posar los ojos en su móvil, sin responder a la madre.

Ella observa el horizonte, concentrada, tras tocar con el dedo índice, suave pero decididamente, un punto central en el tercio inferior de la pantalla de su teléfono.

Parece que se prepara, concienzudamente, para las reacciones del mundo  -aquel que no la toca- a los pequeños detalles que conforman su vida en este momento y lugar.

Todo el mundo colecciona cucharas, ¿verdad? O al menos todo el mundo colecciona algo…reflexionaba ella. Y quizás ese pensamiento fue el que rigió su vida.

Todo el mundo se casa. Todo el mundo tiene hijos. Todo el mundo se queda allá donde ya no hay amor.

Todo el mundo viaja para no dedicar ese precioso tiempo a explorarse -por dentro- y a maravillarse ante la lejana y exótica posibilidad de vivir otra vida, no necesariamente en otro lugar.

El servicio de megafonía llama a los pasajeros a subir al avión. Los tres se levantan sin ánimo y ponen rumbo al punto del que partieron, con fotos, stories y una cuchara nueva. Para la colección.

Un comentario

  1. Tristemente las familias cada vez están más distantes, no sé si es producto de los dispositivos móviles y pantallas o realmente, porque nos estamos metiendo cada vez más en nuestro propio caparazón con un gran rótulo donde pone “NO MOLESTAR”
    Ese avión y esa familia serán el ejemplo de ciudades, de familias y “hogares” llenos de nada.
    Qué buena reflexión me has regalado con esta genial entrada.
    Un abrazo.

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