Regresar o quedarse. La emigración y la vuelta a “casa”.

J. ha llegado a casa de su padre y su madre conduciendo rápido por carreteras sinuosas. Le gusta escoger los caminos más largos e intrincados de regreso al pueblo. Disfruta viendo las luces de la ciudad haciéndose cada vez más diminutas; girando y girando entre curva y curva, intentando mantener un delicado equilibrio.

J. ha regresado a su pueblo para pasar aquí su 31 cumpleaños. El de los 30 lo pasó en Nueva York.

J. pasea por su ciudad, la que la vio nacer (pero ¿cómo pudo verla nacer una ciudad, con qué malditos ojos espías?!). Ayer por la tarde y esta mañana se ha dedicado a recorrer las calles de este territorio de sobra conocido por ella. Lo ha hecho enchufada a música nostálgica, quizás para ayudar a los recuerdos a ir desperezándose.

J. lleva más de año y medio viviendo en otro país, uno muy frío, aunque realmente no importe cuál. El caso es que J. podría ser cualquiera. J. no es especial; es solamente un número más en una cifra que es incierta aunque seguro que grande: la de personas que deciden moverse, cambiar de residencia y abandonar calles conocidas por nuevas rutas (¿excitantes?).

J. viaja mucho. Es una de las ventajas de vivir lejos. Pero no deja de preguntarse para qué, o hasta cuándo. Nos estamos cargando el puto planeta y ahí está ella, cogiendo aviones a diestro y siniestro porque puede, porque encuentra placer en conocer nuevos lugares, instalada en un privilegio que se le atraganta. Tantas veces, de tantas maneras distintas.

Entonces, ¿qué hace J.? Eso intentaba ella dilucidar mientras contemplaba su ciudad desde un mirador muy cerca de las nubes. Y no importa desde qué ciudad elucubre J., al fin y al cabo podría tratarse de cualquier pedazo de asfalto con casitas que sobresalen recortando el cielo nocturno.

J. tiene la impresión de ver caras conocidas a cada paso. Una se parece a una compañera del colegio, otra a un exnovio de su adolescencia, otra a una tosca mujer que le hizo el café casi cada mañana durante sus años de facultad. Lo curioso es que las caras comienzan a confundirse en su mente, ya no sabe bien a quién conoce y a quién no. Cuando se encuentra con alguien a quien reconoce y que la reconoce a su vez ella, respira aliviada: no se está inventando que un día perteneció a esta masa informe de hormigas afanosas y crujientes que recorre las avenidas con una urbanidad que, de tanto vivir en un lugar extraño, se le había olvidado que existía.

Cuando una regresa a un pueblo o una ciudad en la que ya no vive, es inevitable que sienta que todo ha cambiado. La cama es distinta, el gato también. Incluso la cerveza puede haber desarrollado un sabor extraño. Lo interesante es abrirse en canal con un bonito cuchillo, meter un ojo en las propias entrañas y comprobar que lo que ha mutado está dentro de nosotras.

Cuando una regresa después de haber emigrado, lo que se constata es que se podría haber nacido en cualquier punto del mundo. La arbitrariedad del nacimiento es una de las situaciones más azarosas que podamos imaginar con nuestra enclenque mente humanada.

El lugar al que volvemos se convierte, por unos momentos, en un cúmulo azaroso de asfalto, comidas que nos resultan familiares y caras que nos parecen cercanas, para inmediatamente después, con la fuerza de un tsunami, inundarnos con recuerdos y nostalgias felices.

J. no tiene una respuesta para la pregunta de si seguir danzando por lugares indeterminados o volver a este que siente dolorosamente suyo. Quizás la vida no es más que la búsqueda de plausibles respuestas para esta cuestión. Y una vez que las raíces son arrancadas, toda persona tiene la capacidad de devenir en planta aérea. Se crece hacia arriba, con verdor y nuevas yemas, manteniendo debajo, siempre, esas ensortijadas raíces que un día estuvieran ancladas en tierra firme.

Emigrar es simplemente cambiar las calles, los olores y las caras para seguir generando recuerdos que se juntarán con los más vetustos. Pero un día la capa joven de la memoria se habrá convertido en vieja a su vez. El ciclo es infinito. ¿Es este ir y venir circular o lineal? ¿Se vuelve al punto de partida o se termina en algún paraje totalmente alejado? ¿Importa eso si a lo que se presta atención es a todo recuerdo que pasa a formar parte del robusto hilo de la memoriavida?

Sobre todo esto reflexiona J. sentada en una terraza, en un lugar indeterminado del universo, mientras el que fue “su gato”* pasa sigilosamente entre sus piernas. Podrían encontrarse ambos en cualquier lugar, y quizás ahí resida la magia: en la pequeñez de nuestra existencia y la grandeza de todos y cada uno de los insignificantes y maravillosos recuerdos que nos abordan cuando volvemos a lugares donde nos sentimos vivos alguna vez.

*Lxs gatxs no son de nadie. Lxs gatxs no tienen dueño. Uso esta forma para que se me entienda.

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