La ballena infiel y el plancton luminiscente. Cuento 1

La fidelidad es una quimera. Eso pensaba Rosa mientras volvía a casa aquella noche. Todo había acaecido de un modo sumamente surrealista. Cuando recordaba los acontecimientos que se habían ido sucediendo esa noche, no lograba conectarlos entre sí del todo. La cena de empresa, las miradas de Marino atravesando muros para alcanzarla, el beso delante de toda la plantilla, la urgencia que los consumió en el portal del callejón ya de camino a casa…

Sus pasos la llevaban ahora a dormir junto a su marido. Y no sentía culpa ni remordimiento. Mil insectos deambulaban por su estómago llenándolo de crepitares y sonidos cuyo eco inflamaba su vagina que se expandía como un globo al insuflársele aire.

Rosa se sentía viva, Rosa respiraba el aire de la noche y sentía cada célula de su cuerpo metabolizar pasión. Sus venas transportando recuerdos incendiados. Sus muslos aún temblando.

Marino regresaba a casa calmo, alucinado estáticamente. Allí lo esperaba Tronco, su perro y fiel compañero, y Lucio, su novio. Aún olía a Rosa entre sus dedos. Y repasaba una y otra vez la catarata de pequeños momentos que había terminado llenando sus cuerpos cavernosos de sangre.

La noche, luminosa y naranja

Rosa y Marino trabajaban juntos. Él había llegado a la empresa meses después que ella. Llamativo, grande, barbudo. Sus modales eran delicados pese a todo lo anterior. Era como una enorme ballena, nadando entre las mesas de oficina, controlando cada movimiento, llenando todo de una majestuosidad calmada. Ella no prestó demasiada atención a la nueva criatura. Él sí que reparó en aquella mujer de recio pelo rubio y ojos grandes como los océanos. Entre Rosa y Marino se dio esa clase de química que nace de la pura bestialidad.

Como dos animales, se olieron en el aire, memorizaron la fragancia y aguardaron el momento propicio para probarse. Seis meses después del primer encuentro, coincidieron en la cena de empresa. Aunque habían compartido cafés y alguna película porque ambos eran muy cinéfilos, esa noche supuso un antes y un después en su historia.

El beso rojo, húmedo y sordo

Tanto Rosa como Marino sabían que ambos tenían pareja. Eran sabedores de la buena salud de la relación del otro. Rosa y Marino eran felices con sus respectivas compañeros. No estaban atravesando ningún mal momento, no se encontraban decepcionados o cansados. Sus parejas quedaban fuera de la ecuación. El despeje de la incógnita supuso que sus labios colisionasen aquella noche naranja.

Porque cuando Rosa y Marino se besaron, sus labios no se encontraron. Sus labios llevaban largo tiempo buscándose, cuando hablaban de la película que acababan de ver o pedían café con leche vegetal en la cafetería frente a la oficina.

La noche de la cena Marino seguía siendo la ballena majestuosa, y Rosa se convirtió en plancton bioluminiscente. Marino quería masticarla, Rosa quería meterse entre la dentadura de él deslizándose en mil partículas hacia su interior.

Sonaba reguetón, y los dos bailaban restregándose, absolutamente ajenos a todo lo demás. Comenzaron a besarse con fruición. Eran protagonistas de un ritual animal. Se habían mostrado todos los colores, habían sucumbido a la llamada.

La comida de coño, azul

Era tarde, la gente se estaba marchando. Nadie pareció percatarse de lo que estaba ocurriendo. Se agarraron de la mano y salieron de allí. La urgencia movía sus piernas, que despavoridas caminaban hacia delante. Les creció un tercer ojo en la frente, resultado de una mutación natural- la de la pasión. En el mundo no existía más que aquel momento.

Encontraron un portal oscuro, en un callejón recóndito. Se les apareció como una cueva en pleno bosque, oculta entre vegetación urbana. Despejaron la entrada y se introdujeron en la gruta. No había mucha luz, pero el tercer ojo conseguía captar la poca claridad existente y convertirla en linterna de unos dedos curiosos, húmedos.

No hubo palabras, el animalismo les había afectado tanto que solamente eran capaces de dejar escapar gruñidos incongruentes. Las manos de Marino se convirtieron en aletas. Los dedos se unieron, y empezaron a palpar las mamas de pezones inflamados de Rosa. Introdujo la aleta derecha bajo las bragas de ella y al notar que allí había agua, bajó con su boca de pez agonizante a recoger el fluido y respirar al fin.

Introdujo su nariz en la vagina de Rosa y a continuación se separó para degustar. Abrazó su clítoris con la boca y lo succionó y besó durante lo que parecieron horas. En el océano el tiempo se vuelve azul, lento, pausado. Marino desarrolló agallas para respirar mientras tanto. Rosa era toda ella mar. Las olas de placer recorrían toda su superficie. Su piel era una playa infinita, llena de criaturas juguetonas que le daban pequeños mordiscos salados.

Cuando ella se corrió, fue como si subiera la marea. Inundó la boca de Marino, quien necesitado bebió toda aquella salada, dadora de vida. Como en un tsunami, él se vio arrastrado. Todo dentro de él devastado. Y ella, isla frondosa, fue testigo de todo.

También las islas sufren de sed. Algo ardía en su garganta y quería apagarlo con la leche de él. Rosa notó que su boca se convertía en una ventosa, como las de los pulpos. Estaba hueca, húmeda y palpitante. Para dar uso a su nuevo órgano, introdujo la polla de Marino en su boca de ocho lenguas. Era tal la necesidad de líquido que él llenó la boca de ella en escasos segundos. Rosa tragó, agradecida, justo como él había engulido momentos antes el néctar de ella.

La vuelta a casa, violeta

La épica del encuentro océanico permaneció entre las escamas de ambos durante semanas. Tras la acción llegó la reflexión. Caminando de regreso a casa, cada uno por su lado, pensaron en lo que habían sentido. Más que lo que había ocurrido, les inquietaba lo que habían experimentado emocionalmente.

La novedad, la urgencia, el sabor salado. Los animales son sabios. Algunos consiguen separar totalmente lo sexual de lo afectivo, de lo social, de lo vital. ¿Somos las personas animales? ¿Por qué habían sucumbido a la llamada? La fidelidad era un pacto, nada más que eso. Pero siglos y siglos de control religioso y político habían terminado con las posibilidades, convirtiendo una relación en eso que ocurre entre dos personas siendo cerrado, finito.

Regresaban a casa, separados. Y no les pesaba la conciencia, sino el sentirse contentos. Los invadía una alegría intrigante. Y las respuestas no estaban a su alcance. Pero ese océano no podría haber sido negado. Ni las mutaciones que habían desarrollado, ni los colores que los habían guiado, ni los gruñidos y los orgasmos tsunámicos.

Mañana sería otro día. Hoy había sido el día mundial de los ríos de agua salada y nadie lo supo más que ellos.

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