Aurora y el orgasmo aéreo. O: follarse a las mentes.

Me despierta el teléfono. Es Inés.

Dice que ha soñado conmigo.

Hace seis meses ya que estamos instaladas en esta monogamia funcional y química que ambas sabemos que algún día dará paso a una fórmula relacional más fluida y realista.

No nos planteamos vivir juntas, puesto que seguimos disfrutando de ese pequeño placer que es ir descubriendo libros, bragas y recuerdos de la otra a un ritmo lento, para saborear todo.

Además, las dos necesitamos un espacio de soledad compacto e innegociable para expandirnos, tocarnos y pensarnos a solas.

– Aurora, he soñado contigo. Nos encontrábamos en la calle y decidíamos hacer un viaje, así, en ese mismo momento.

Yo, aún con los ojos cerrados, legañosos y perezosos, siento cómo mi corazón se acelera a borbotones, moviendo el colchón y la estructura entera del edificio donde me hallo.

Un mes más tarde estamos atravesando el cielo en dirección a Berlín. Me gusta volar, del mismo modo en que me gustan las películas de miedo: el terror que me atraviesa me hace sentir viva, tanto, que se me encienden las mejillas y necesito cambiar de postura continuamente para dar cabida a tal cantidad de aire y excitación dentro de mis pulmones.

En el despegue, siempre me asaltan las mismas sensaciones, muy etéreas, tímidas en su aparición estelar en mi mente: 

si muero, todo habrá sido en vano; 

o:

si muero, todo cobrará por fin sentido.

¿Existirá alguien sobre la tierra que no piense en su propia muerte en un despegue? Y, aunque no quiera hacerlo, estoy segura de que los pensamientos macabros acabarán traspasando toda frontera impuesta para inundar cada centímetro del córtex.

El despegue, en esta ocasión, es especialmente trabajoso. Quizás sea simplemente mi percepción, pero noto con fiereza la velocidad aplastando mis huesos contra el asiento. Y, tan solo unos minutos después de separarnos del suelo, se inaugura una hora completa de terribles turbulencias que nos obligan a permanecer sentadas con el cinturón abrochado y los párpados entornados, como queriendo prevenir la caída al vacío, el avión lleno de respiraciones agitadas.

Cuando por fin se calma el cielo y sus burbujas de aire y vacío, Inés suelta mi mano y aprieta el botón de llamada de la tripulación de cabina.

Un azafato con la cara llena de granos y mil inseguridades arrebolándole los cabellos acude raudo y veloz en nuestra ayuda.

Inés pide dos cervezas. Son las once de mañana, pero mi silencio secunda la moción: la tensión que hemos acumulado desde el despegue merece ser bañada por un poco de alcohol.

Después de la segunda cerveza, la ligereza del aparato que nos mece por el cielo parece indiscutible y mi mente se encuentra en piloto automático, alejada de pensamientos de muerte. Inés está leyendo un libro y decido dedicarme a contemplarla durante un rato.

Su perfil extraño queda enmarcado por una luz tenue que emerge detrás de sus orejas, abriéndose paso desde el exterior helado hacia el interior cálido a través de una ventanilla empañada, de ensueño.

– Estoy leyendo a la Vasallo. Ahora me doy cuenta de que yo estaba en lo cierto. Aquel experimento tuyo de juventud, aquel verano del poliamor, fue una mierda Aurora. Aquello no era poliamoroso ni era nada. Te dedicaste a follar a diestro y siniestro sin engañar a nadie, vale, pero eso no es el poliamor, ¿sabes? Es algo mucho más complejo, que debe inundar muchas otras esferas de la vida. Me interesa seguir leyendo sobre esto… estos temas me están volando la cabeza. 

Escuchar a Inés peleona me ha encantado desde que quedamos para tomar algo en nuestra primera cita. Ella regresaba de una charla sobre trabajo sexual, encendida intelectualmente, con miles de ideas hirviendo en sus sesos, con una necesidad tan imperiosa de recoger su flujo de pensamiento que acabó interrumpiendo nuestra conversación cada cinco minutos para anotar cosas en un cuaderno que siempre llevaba con ella. 

Ahora beso la oreja del lado que me toca de ella y mis bragas se mojan inexplicablemente. El terror de la hipótesis de una muerte posible parece haber despertado a Eros. Ella percibe el cambio en mi temperatura y, mientras sigue leyendo, acaricia mis rodillas y las separa ligeramente con sus manos.

– Aurora, tengo que ir al baño, déjame pasar.

Yo la sigo. El baño está libre, y cuando Inés se dispone a cerrar la puerta tras de sí, coloco el pie en el marco para impedírselo. 

– ¿Te importa si entramos juntas?- le pregunto, con el aliento a ciento cincuenta grados de temperatura. 

Cuando ella termina de hacer pipí, se lava las manos y comienza a acariciar mi cuello. Sabe que es una zona mágica. También sabe que me encanta escucharla mientras observo su boca asimétrica moverse. Aprendo con ella, me cuestiono con ella, debato con ella, crezco con ella. La mezcla de todos estos elementos es mi afrodisíaco particular. Sus manos recorren mi torso, se introducen bajo mi jersey de lana y terminan escabulléndose bajo la tira elástica de mis leggins. Mi humedad termina de delatarme. Y estoy tan encendida que ni siquiera hace falta el tacto directo; por encima del algodón es suficiente.

 Soy especialmente sensible al tacto de Inés. Su mano derecha, con dos dedos callosos de agarrar el boli para escribir, es rápida, intensa y dulce. Su boca es una cavidad que me acoge, un refugio lleno de aire y secretos. Su atención hacia mi es tan concreta que me expando y me olvido de todo cuando me toca. Mi orgasmo es silencioso, palpitante, indescifrable. Es relajado, supone un dejarse ir. Tener un orgasmo con ella significa fluir, permitirme ser. Por eso nosotras nos ponemos feas cuando nos corremos. Animales, olvidadas de caras pornográficas. Leonas asalvajadas de la jungla urbana. Sabedoras de la química y la física cuántica que milagrosamente permiten que experimentemos tal cantidad de sensaciones en menos de lo que se tarda en contar uno.

Cuando volvimos al asiento no podíamos dejar de reír.


¿No es todo orgasmo un viaje en el tiempo? Tras lograr detener la sensación del paso del tiempo durante los segundos que dura el éxtasis, se regresa a la vida real triunfante: se ha detenido el reloj, se ha rejuvenecido asombrosamente y se ha comenzado una travesía sin retorno que siempre, sin falta, te conecta con tus entrañas. ¿Cómo pueden existir personas que no deseen explorar hasta sus últimos resquicios el apasionante viaje del erotismo? El orgasmo es una oportunidad para practicar, a la vez, la muerte y la eternidad.

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