fealdad

La maldición de las fotos etiquetadas. Redes sociales y confusiones visuales.

Abro los ojos, es navidad. Qué resacón. Café, tostada y un rato de instagram para ir despertando.

1. La foto maldita

Mierda. Me han etiquetado en una foto. Me veo horrible. Y eso que ayer me sentía la diosa de la elegancia, con transparencias y pelo ondulado por el efecto de mis hormonas, que están en el momento “pelo sedoso” del ciclo. Al principio, me enfado un poco. Nunca fui fotogénica, siempre me costó eso del “salir guapa” en las fotos.

Pasados unos segundos, me pongo a analizar lo que siento de un modo un poco más profundo.

Lo que me ha pasado, al fin y al cabo, es que me ha costado enfrentarme a una imagen de mi que no he escogido personalmente. Porque, lo quiera yo o no, todas esas pulcras imágenes, prefiltradas y preseleccionadas, que alcanzan mis ojos día tras día, van dejando su huella en mi. En mi, que soy una amante de las rarezas.

Qué mierda, ¿no? Tampoco me voy a fustigar por estos sentimientos y pensamientos, que estamos en fiestas. Pero merece la pena parar un momento a reflexionar sobre las redes y lo alejadas que se encuentran de la vida real; esa vida que es palpable, fluida y sudorosa.

2. A la mierda la imagen

La verdad es que dejó de importarme cómo salgo en las fotos de un tiempo a esta parte. O mejor, aunque me importa, no dejo que este rechazo construido hacia mi misma gane la partida. Porque la realidad es que hay días en que tengo granos, o el pelo encrespado, o la papada más señalada. Y me pregunto, ¿y qué?

La fealdad también es un territorio a explorar. La belleza es aburrida y está sobrevalorada. Sentirse fex puede ser algo tan empoderante como sentirse bellx. La fealdad es atractiva para mi, porque desvela aquello que la norma pretende desterrar a la sombra.

Poner luz sobre lo feo, lo raro, lo incómodo o lo diverso es un ejercicio de poder inestimable contra las obligaciones de simetría y elegancia del sistema.

3. Mostrar lo feo, celebrar lo raro

Voy por el segundo café, y me hago otra tostada. Todo esto que os cuento, lo he reflexionado en unos cuantos minutos. Parece que no es un tema demasiado importante. Qué banalidad pensar que una foto etiquetada merezca toda esta atención.

“Vuelve al mundo muchacha, porque te estás desviando hacia terrenos insustanciales de los que Aristóteles se habría mofado fuertemente”.

Bueno, cada tiempo necesita sus filosofías. A las puertas de los años 20, me parece que no está de más apostar por una ética de la rareza, la desestabilización y la incomodidad.

Si la década de los 10 ha sido la de los filtros infinitos y los maquillajes cibernéticos, que la de los 20 de paso a una era de lo bizarro. Creo que me voy a sentir mucho más cómoda en un mundo deforme y raro que en uno falso. El poder ingente de las redes sociales consiguió armarnos de una máscara invisible que nos convierte en gente desconocida, incluso para nosotrxs mismxs. Propongo que apostemos por el uso de nuevas máscaras, visibles, honestas y excesivamente extrañas.

4. Fealdad histórica, excentricidad atemporal

No creo que podamos entender la fealdad tan sólo como aquello contrario a la belleza. Eso supondría desterrar lo feo a un hueco muy pequeño en la historia. Aunque lo feo se defina como aquello que causa terror o rechazo y en consecuencia como aquello que no genera atracción, es justamente este alejamiento del canon el que infunde a la fealdad de un poder indescriptible: el de desestabilizar el binomio atracción/repulsión para abrir un camino a deseos ocultos, prohibidos, divergentes.

Si lo feo y lo bello son conceptos mutables influidos por el momento histórico, entonces me interesa rescatar -y resaltar- lo excéntrico. La excentricidad se atreve a alejarse del estereotipo, del canon, para adentrarse en lo extraño, lo llamativo… y no será esto a fin de cuentas… ¿lo bello?.

Lo abyecto, por su valentía, toca por el extremo contrario a lo bello, y es justo en esa delicado borde donde yo quiero situar mi mirada: en lo incómodo que habita en lo feo y en lo raro, porque allí residen también lo inimitable y lo genuino. 

Dicho esto, quisiera señalar que no soy una destroyer de las redes, y que también he hecho reflexiones sobre otros fenómenos virtuales, como el uso del selfie, desde un enfoque mucho más positivo. Se puede leer el artículo aquí.

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