Me contradigo, sí… contengo multitudes


¿Qué me contradigo?
Sí, me contradigo. Y ¿qué?
(Yo soy inmenso…
y contengo multitudes.)

Walt Whitman, Canto a mí mismo

Puto inicio de año. Diosa mía, qué empache de propósitos, deseos y demás naderías. 

Por qué esperar exactamente al 1 de enero para decidir ser mejor, para cambiar lo que nos pica, para construir eso que queremos construir desde que éramos adolescentes y teníamos la cara como un maldito plato de lentejas con arroz.

Se me atraganta enero. Cada vez que abro el instagram o el feisbuk, me da pereza. Todxs usando los filtros esos de mierda de qué serás en el 2020. Princesa Disney u orco de la floresta. Follarás mucho o te comerás una mierda como en 2019. A ver, que yo los he usado eh. Me salió el oso panda, la salud, Yasmín la de Aladdin. 

Aún así, qué corte de digestión. Esta presión por empezar de cero, por comenzar un nuevo y apasionante año. No nos damos cuenta de que la gloria, como la mierda, no sabe de tiempos, ni de calendarios, ni de fechas señaladas. Si tu nochevieja fue deplorable, alegría. Si tu día tres fue de puta madre porque te emborrachaste sin celebrar nada, olé.

El caso es que detrás de todo este discurso destructivo y juicioso, hay otra “yo” que piensa: qué suerte que en medio de la vorágine temporo-espacial que es la vida, se nos de una oportunidad para repensar y planear. Porque al fin y al cabo lo de las bragas rojas, las 12 uvas y las loterías no son más que gritos galácticos que rompen ese continuo rutinario que es el pasar de los días. 

Entonces, cada cierto montante de tiempo, aparece una noche igual a todas las demás a la que agregamos estupideces varias cuyo influjo romperá la rutina, como un hechizo. Da igual que la celebremos o no, que estemos solxs o acompañadxs… la verdad es que el ruido de los petardos (muerte a los petardos) suele llegar a los oídos de la mayoría. 

Y aquí vuelvo al tono del principio para confesar que me dan rabia las convenciones. Que admiro y adoro a esa gente que pasa de ellas, o que las destruye para construir unas nuevas, más íntimas y significativas. 

Sea como sea, seas como seas, hagas lo que hagas, está bien. Porque lo que sí que no soporto es la presión. Por un lado ni por el otro. Si tus vecinxs disfrutan vistiéndose de punta en blanco (ojo a las zapatillas de casa rematando el look), genial por ellxs. Si tu amiga se queda en casa viendo películas que ya ha visto, déjala estar. Si a ti lo que te mola es irte a una casa rural a ponerte hasta el culo con tus amigxs, maravilloso. 

El sistema nos quiere juiciosxs, separadxs, enfadadxs. Al fin y al cabo, lo del inicio del año es un cuento del que siempre, siempre conocemos el final. Cada 31 de diciembre, llega el 1 de enero. Como si solamente esa noche se nos permitiese sentir, con toda su furia, el paso del tiempo. Los segundos no perdonan, no. Pero, paradójicamente, la suma de todos los minutos que nos quedan es lo único que realmente poseemos. 

Con bragas rojas o sin ellas, cada noche, cuando el reloj cambia y se vuelve redondeado con sus 00.00, el demoníaco artilugio nos está recordando que se nos regala otro día para experimentar cosas. 

Y todas estas contradicciones que nos habitan -esos momentos de inconfesable ilusión cuando te acabas las uvas a tiempo o ese odio inexplicable hacia personas que siempre tienen planazos en sus nocheviejas- son tan sólo un reflejo más de las complejidades que nos hacen ser quienes somos. 

Cada día, a las 00.00, ojalá más fluir y menos retener. 

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