Regreso a casa

La vuelta a casa y los animales fantásticos

Estas palabras, al contrario de la mayoría de las que escribí en el pasado, no nacen de la inspiración o de la necesidad de ser escritas. Me obligo a ponerlas en la pantalla para librarme de una parte del peso extraño que estos días, a ratos, me oprime el pecho y la barriga. 

Hace exactamente un mes que regresé a Granada después de vivir dos años en Islandia. Antes de que esto me ocurriera a mi, había presenciado cómo mi hermana y amigas muy cercanas pasaban por la misma situación. Había estado cerca de ellas y habíamos mantenido largas conversaciones en que ellas me trasladaban lo desubicadas y raras que se sentían. Esto quiero decir que yo tenía pistas, de antemano, de las dificultades y desvaríos que acarrea el regresar a casa.


Retomo este texto tras dos días de paréntesis. Parón que demuestra la dificultad que para mi supone sentarme a escribir esto. Quizás debiera escribir en pie, caminando, sin permitirme la pausa. Ahora mismo siento como si un terremoto me hubiera sacudido y mis cimientos estuvieran aún reajustándose bajo el frío suelo.

Todo lo que haya podido leer o escuchar acerca de la vuelta a casa se queda corto.

Y sin embargo, no tengo palabras para describir mínimamente lo que yo siento. Cuando me preguntan, solo soy capaz de articular dos pensamientos: echo de menos aquello, y ando aún ubicándose aquí, en esto. Mi mente turbia, llena de lodos emocionales, ahora mismo no da para mayor detalle.

Entonces empiezo a pensar que puede que justamente en esta falta de lenguaje resida una lengua, vinculada al cuerpo y a la emoción pura, a la que tengo que empezar a prestar atención. Algo muy primario está haciendo aparición, como cuando somos niñes y no sabemos explicar algo con palabras pero nos permitimos sentir todo hasta la médula, sin filtros ni presiones.

Vida circular

Hay algo en mi de niña estos días. Algo épico, que resuena en mi pecho como un tambor lejano. Un ruido que viaja desde mi garganta hasta mi vagina, inundando todo de un ritmo fuerte, intenso y demoledor. Digo épico porque no es dramático, no es negativo, no me asusta. Se trata más de una inquietud, de esas que te predisponen al cambio, que te empujan hacia adelante aunque tengas miedo. 

La vida en el extranjero tiene muchas comodidades. Distancias de la familia, de tu vida anterior, de ti misma. La vuelta te hace enfrentar de nuevo todo aquello que, en algún sentido, te hizo bien dejar atrás.

En estos días en que aún no soy capaz de poner orden a lo que experimento, me consuela especialmente esta idea: la de la vida circular.

Si bien nacemos en un momento y lugar determinados, no crecemos en una línea recta y ascendente. Más bien regresamos a lugares que nuestras ancestras ya visitaron, físicos y figurados. Y también inauguramos nuevas sendas (tambores sonando aquí). Estos nuevos caminos son los que nutren nuestro futuro. Y siempre podremos regresar a ellos. Así, cuando hemos vivido fuera, hemos abierto en canal nuevas vías de acceso a nuestro propio ser.

Animales fantásticos

El camino nuevo ya está hecho, solo hemos de volver a él cuando deseemos. Yo abrí una verea en una tierra de hielo. Con mi trineo tirado por dragones de fuego fui recorriendo grandes distancias por valles de nieve colmados. Como yo, tantxs otrxs. En la travesía encontré a muchas, distintas y similares. El trineo acabó arramblado en lo hondo de un cortado. Pero los dragones se vinieron conmigo.

Ahora volamos juntxs en esta vida circular, que no tiene principio ni final, que no conoce de metas ni de progreso.

El crecimiento es infinito. Y aunque todo esto suene demasiado abstracto, quiero pensar que alguien, al leerme, reconoce a su lado a otros animales fantásticos; aquellos que regresan con lxs que un día se atrevieron a abrir nuevos caminos.

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