Diarios niñez

Diarios de una niña en los 2000: “El cuerpo es tan solo un envoltorio…” / Fuck normative beauty standards.

Estas semanas de confinamiento las estoy pasando en casa de mi padre y mi madre. Un día en que no conseguía concentrarme en nada me encaramé a una silla y alcancé las cajas de objetos olvidados. Guardo varias en mi habitación, encima del armario. 

En una de ellas, de tela vaquera por fuera, encontré los diarios de mi infancia y adolescencia. Nunca fui constante, así que más bien se trata de una colección de cuadernos con cierres de seguridad de eficacia dudosa. En cada uno de ellos encontré escritos cortos o relatos más elaborados, generalmente fechados y coherentes.

Los de la niñez reflejan el paso de los días, ese orden naïf que lo inunda todo, dividiendo las semanas en esos constructos de tiempo perfectos que comprenden 7 días muy concretos: 5 dedicados a la escuela, los estudios y las salidas con amigas y los 2 restantes, regalo indiscutible, sin escuela y dedicados a ir al campo a visitar a la abuela y el abuelo o a dormir con la tía M., que nos hacía salchichas con puré para cenar- cantidades de kétchup ilimitadas incluidas-.

Hubo un cuaderno que me resultó especialmente interesante. Comenzaba así…

Lunes, 28-1-2001

Querido diario: 

A partir de este día contaré aquí mis penas y mis alegrías. Primero volveremos al pasado, al diciembre del 2000…

En un salto artificial, quiero centrarme en esta entrada que os copio a continuación y que, al releerla, provocó un sismo de escala 7 en mi mente adulta:

Este fin de semana voy a ir al neptuno a comprarme unos pantalones. Los quiero vaqueros o muy modernos, quiero fascinar a los niños y que todos se enamoren locamente de mi, yo le digo a XXXX que no esta gorda pero si lo esta. Como siga así yo voy a convertirme en una Cindy Crawford. Todos me insultan y me dicen gorda y vaca burra. Pero eso es porque en realidad no han visto lo de debajo. El cuerpo es tan solo un envoltorio de la personalidad propia. Pero a los niños también les importa mucho el cuerpo que tengas… !!necios!!…

Vayamos por partes. En enero del año 2001 yo tenía 12 años, cumplidos en el septiembre anterior. Estudiaba en un colegio de monjas concertado. Cada mañana me embutía en unas medias o unos leotardos sobre los que emplazaba, con desgana y hartura, una falda plisada de cuadros grises, tan triste como la mirada de la directora de la escuela, Sor M.

Recuerdo que el uniforme moldeaba mi relación con mi imagen, convirtiéndome en una extraña para mi misma. No cabía demasiada innovación. Y justamente por este motivo los fines de semana se convertían en fiestas sin fin que celebraban la búsqueda incansable y apasionante de un estilo que reflejase mi verdadera personalidad – ahora lo se: bastante pecadora. Lo cierto es que esto explica mi deseo de ir al centro comercial a comprar esos pantalones tan deseados, unos que dejarían sin aliento a mi público. Quería impresionar a los niños. Los mismos niños que por otro lado me insultaban sin descanso y cuyos juicios marcaron horriblemente mi relación con mi reflejo en el espejo.

Me llamaban cuatro ojos, Betty la fea (¿recordáis esta mierdada de serie cuya protagonista pasaba de invisible y menospreciada a bellezón de pasarela acartonado?). Tmabién jabalí, mastodonte o, como señalo en mi diario, gorda y vacaburra.

La verdad es que todo aquel desprecio masculino tuvo una influencia enorme en mi. Los mismos que me llamaban con tan creativos apelativos, por las tardes, en las estrechas calles de mi barrio, me pedían “de salir” o “ser novios”. Quizás por eso me creía a la vez una encarnación de:

1.Cindy Crawford

2.Una santa mierda.

Yo tenía gafas, aparato, granos y una figura de niña regordeta a la que le preocupaban poco sus caderas y mucho los juegos, los libros y convertirme en la primera Betty la fea en viajar al espacio.

Me permito otro salto ahora, hacia la única parte que me hizo sonreír del texto, esa en la que reconozco que los críos son unos necios porque no son capaces de obviar lo físico para atreverse a observar el resto.

Recuerdo que a partir de aquella época, en que los insultos (¿ahora denominaríamos a esto bullying?) y las burlas se convirtieron en una realidad diaria, también comenzó a surgir en mi una consideración radical acerca de lo que quería que fuera mi imagen, mi apariencia, mi diferencia. Así, me corté el pelo muy corto, a lo chico, comencé a usar gafas de formas y colores extravagantes (del naranja al turquesa) y descubrí que el modo en que nos vestimos puede reflejar nuestro disgusto, crítica y deseo de cambio sobre un sistema de pensamiento que, ya desde pequeños, comprime nuestra visión del mundo obligándonos a compararnos con modelas. Al colocar la meta delante y tan lejos de nosotros, paulatinamente vamos disociando nuestra imagen de lo que sentimos, deseamos y amamos para tornar nuestra corporalidad en algo ajeno, extraño, doloroso. 

Los colores, los complementos, los cortes de pelo, las gafas, las superposiciones de prendas… todo lo que escogemos para conformar nuestra imagen externa está informando sobre quiénes somos. Por eso precisamente empezó a interesarme la gente que rompía esquemas, que desafiaba la moda, que no se mostraba conforme con los uniformes ni las imágenes pulcras de cabelleras lisas y dientes blancos.

Lo cierto es que yo era muy parecida a Betty la fea. Muchxs de nosotrxs lo éramos y en cierto modo puede que lo sigamos siendo. Pero el camino a recorrer no tiene por qué ser ascendente. Desde ese lugar doloroso, cruel incluso, en que nos situaron las miradas de los demás, se puede decidir hacer un viaje descendente, hacia el inframundo de las apariencias estrambóticas. Desde esa superficialidad del juicio normativo, buceemos hacia las profundidades de la transgresión estética, porque puede que allí resida nuestra esencia, esa que algunos no supieron apreciar.

por necios.

Y, como ya dije en otra ocasión, la belleza es de lxs niñxs que no encajan.

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