Sexo cyborg

¿Sueñan los humanos con cyborgs follando?

*Un cíborg o cyborg es una criatura compuesta de elementos orgánicos y dispositivos cibernéticos generalmente con la intención de mejorar las capacidades de la parte orgánica mediante el uso de tecnología. (Fuente: Wikipedia)

Hace un par de noches soñé que dos androides conversaban.

Desperté alucinada. Lo cierto es que la figura del androide posee un magnetismo solamente explicable gracias a su distancia con nosotrxs mismxs. No hay animal ni planta que se parezcan al androide. O, mejor, nada en el mundo natural se parece a un autómata, siendo el autómata el que emula la vida orgánica. Y aún así, puesto que son entes fabricados, podemos afirmar que podrían terminar pareciéndose a lo que nosotrxs quisiéramos.

El caso es que lo robótico ha despertado mi interés narrativo y filosófico desde que era bien pequeña. Primero, movida por una curiosidad de los sentidos, centrada más en el cuerpo que en la sustancia moral; más tarde, impelida por una mezcla muy erótica de terror y atracción.

Y en este orden de cosas, llegué hace no demasiados años a la figura del cyborg, esa persona/robot que combina a la perfección la materia humana con elementos de mejora de corte tecnológico. Mucho más terrorífico que el robot puesto que abre la puerta a una pregunta plausible: ¿Estamos los seres humanos convirtiéndonos en cyborgs? Al usar lentillas, audífonos o prótesis de diversa índole cada vez más complejas, ¿no estamos convirtiendo nuestras existencias en concreciones palpables de elucubraciones pertenecientes a la ciencia ficción?

Hace un par de noches soñé que dos cyborgs follaban.

Los cíborgs de mi sueño no eran de esos que pretenden reflejar todo lo humano, con carne sintética y párpados que abren y cierran. Eran gélidos, inoxidables, refulgentes. Sus carcasas recordaban levemente a dos cuerpos humanos, con articulaciones perfectamente engrasadas y troncos sosteniendo sendas cabezas ahuevadas, lisas y brillantes. No tenían color. Simplemente reflejaban todos los colores que encontraban a su alrededor, convirtiéndose así en artefactos camaleónicos de extremidades plateadas.

Los dos se encontraban flotando en la nada. Una nada que mi subconsciente pintó de color negro opaco. Distinguir sus cuerpos era harto complicado. Si no se movían era casi imposible localizarlos en ese no lugar.

Pero estos cyborgs se movían, mucho. Danzaban retorciéndose y, aunque no emitían sonidos, su desplazamiento generaba una especie de zumbido sudoroso, cítrico. Supe que estaban follando porque yo podía percibir la atmósfera pesada, heterogénea, que surge cuando dos amantes se entregan el uno al otro al amarse. Cada vez que colisionaban, yo me sentía intrusa, con un marcado sentimiento de culpabilidad por estar presenciando la intimidad de dos que no se saben observados por un tercero.

Al flotar, colocaban su materia en sentidos opuestos, imitando -¿inventando?- el siempre imperfecto 69 humano. Ellos encajaban a la perfección, fuera cual fuera la postura que adoptasen. No existían olores, ni fluidos, pero desperté conmovida, húmeda, fascinada. Si su danza despertaba tantas emociones en mi, entonces es que ambos poseían algo parecido a un alma. ¿Serían recipientes de deseos humanos, o humanos reducidos a lo salvaje y desprovistos de carne con el fin de perpretar la seducción definitiva?

En momentos como los que estamos viviendo, ¿no estamos todxs convirtirtiéndonos en cyborgs cada día que pasa? La tecnología, más que nunca, suple de una manera incorrecta pero real las faltas de la carne. No podemos abrazarnos. Si no compartimos confinamiento con amantes, no podemos follar. Los androides nos superan con creces. Sus existencias mecánicas los protegen de todo virus terrestre, dejándolos libres para practicar el placer, sin límites.

Y los seres humanos, desastres de la naturaleza, incapaces de la omnipotencia, vemos cómo nuestros cuerpos frágiles necesitan de la gravedad y una vacuna para poder volver a disfrutar de tantas cosas que dimos por sentadas.

No se cómo saldremos de esta pandemia, pero si que me atrevo a enunciar que durante estos momentos de confinamiento forzado estamos, casi sin darnos cuenta, volviendo nuestra piel más plateada, aumentando nuestra dependencia de las redes invisibles, asumiendo más y más elementos externos, futuristas, como apéndices de nuestros venosos brazos. Y quizás, la próxima vez que follemos, cuando todo esto haya acabado, también flotaremos, como los cyborgs de mi sueño, en una nada sexual muy placentera.

Esta pandemia pone de relieve el presentismo de nuestras insignificantes existencias. No existe el pasado, ni tampoco el futuro. Nadamos en un presente infinito que, aunque lucha incansable por convertirse en futuro, nunca consigue vencer a las fortísimas, incombustibles e inacabables milésimas de segundo. El futuro era esto, y los droides siempre lo supieron. 

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