Matilda

Sabotaje al club de lectura

Recuerdo la primera vez que me decidí a ir a un club de lectura. Me apunté porque era gratuito y se celebraba en un museo nuevo y atractivo en mi ciudad. Nunca antes había debatido sobre libros en ambientes que no fuesen académicos o familiares y amistosos. Me movió un deseo morboso de escuchar a desconocidos conversando sobre algo que yo también había leído. No me imaginaba tanto hablando como escuchando. 

Nos reuniríamos los martes cada dos semanas y os adelanto que solamente fui una vez, la primera y la última. Caminé hasta el museo desde mi casa en el Albaicín. Fueron unos 45 minutos de paseo. Me sentía ligera y ansiosa. ¿Cómo sería el resto de personas que compondría el club?, ¿y el moderador o moderadora?, ¿tendría la sala luz natural o nos ubicarían en un sótano oscuro y húmedo?.

Me sorprendió gratamente ser una de las primeras en llegar a la cita. Me señalaron la sala donde se celebraría, tomé asiento en una de las sillas dispuestas en círculo que habían preparado y me dispuse a observar con ojos atentos lo que se hallaba a mi alrededor. La habitación, alargada, tenía libros a un lado y un gran ventanal en el contrario. La puerta se encontraba en uno de los lados más cortos y, frente a ella, una silla ligeramente alejada del resto donde supuse que aposentaría su trasero quien fuese a tomar las riendas del club.

Aquello ya me echó un poco para atrás. Jerarquías. La silla del protagonista, además, era más cómoda que las demás, con asiento y respaldo tapizados y mullidos. Segundo a segundo, comenzaron a llegar los siguientes asistentes. Me alegró que hubiese casi tantos hombres como mujeres y que las edades y corporalidades fuesen muy variopintas. El moderador no se hizo esperar y entró en la sala, ayudado de una sonrisa acartonada, sujetando varios libros con ambos brazos, como si el peso del conocimiento que cargaba requiriera de musculados brazos para ser transportado.

Todxs sentadxs, nos mirábamos intrigados. ¿Cómo funcionaba aquello? ¿Sería la primera regla del club de lectura no hablar del club de lectura? Como era de esperar, tomó la palabra el conductorlector de brazo y cerebro musculados. En esta, la primera sesión, nos presentaríamos y debatiríamos sobre nuestros hábitos lectores. Después de todo eso, él daría a conocer el calendario de lecturas para las sesiones siguientes.

Me alivió enormemente que la ronda de presentaciones se iniciase muy lejos de mi sitio, lo que me daba margen para escuchar a muchas personas antes de hablar yo misma. Había gente con gustos y pasiones muy distintas. Lectorxs vacacionales, lectorxs pedantes, lectorxs voraces, lectorxs principiantes… aquella diversidad me inspiraba, me reconfortaba.

Cuando llegó mi turno repasé los datos de contacto básicos que lxs demás habían enumerado. Nombre, edad, ocupación. Al hacer referencia a mis hábitos de lectura, me describí como lectora curiosa y sin prejuicios. Disfrutaba de los clásicos, de la saga crepúsculo, de ensayos sesudos y de novelas negras como la noche. El moderador entró justo cuando terminé mi discursillo:

De esto hablaremos más tarde…- sin aclarar muy bien a qué se refería con ese abstracto “esto”.

Cuando terminaron todas las intervenciones de lxs miembros del club, el gurúdegimnasiomental se presentó con una retahíla de títulos y logros que, observé, deleitó a algunxs compañerxs que probablemente se sintieran de ese modo en buenas manos; en concreto entre las manos de un tipo con titulitis que ni siquiera supo decirnos qué le gustaba leer a él.

Nuestro primer ejercicio. Leer y analizar para posterior debate una columna de un periódico local redactada pulcramente por un escritor de novelas históricas. Lo que la columna venía a decir: que existía la buena y la mala literatura y que todo lector que realmente quisiera enunciarse como tal debía aprender, con el tiempo (y probablemente con la ayuda de textos como aquel), a distinguir entre ambas.

Intenté, juro que intenté con todas mis fuerzas, mostrarme abierta y escuchante. Pero a los cuatro minutos de debate, y después de escuchar cosas como que

1.la gente que solamente lee en verano no es verdaderamente lectora

2.los libros superventas suelen ser de muy mala calidad literaria (qué calidad, qué literatura)

3.en este clubdelectura vamos a aprender a desechar aquellos libros que alejándose del cánon caen en pozos de suciedad literaria

después de muchas perlas en este tono, no pude aguantarlo más, estallé:

Entonces ¿me vienes a decir que si yo leo porque me sale del coño y me hace disfrutar y evadirme algo como Crepúsculo soy una lectora de mierda? ¿Que si compagino algo considerado alta literatura, vamos a poner a Stendhal – que por aquella época me gustaba mucho leerlo – con pongamos… novelitas de asesinatos nórdicas, soy una lectora inepta e inculta que no sabe discernir la basura de lo puro? ¿Y vamos a erigirnos aquí en jueces castigadores para hacer sentir como gentuza inculta a quien lee en verano una intriga best-seller? Porque yo a eso no he venido. 

Agarré mi bolso y mi chaqueta, me levanté y me piré. Me alejé de aquella sala como si se tratase del escenario en que había (casi) tenido lugar la captación de mi persona para formar parte de una secta intelectualoide machita de músculocerebro drogado e hiperdesarrollado.

Por aquel entonces, a mi también me chirrió (como me chirriaría ahora) que entre los libros propuestos como aleccionadores de mentes cerradas no hubiese ninguno escrito por una mujer o por un sujeto mínimamente reaccionario. Todo clásicos, e incluso algún reverte.

Aquel día me reafirmó en algo que mantengo a día de hoy: si la literatura sirve para crear castas intelectuales, a mi no me interesa. Lo literario puede esconderse en una pequeña descripción de un sentimiento en una crítica de un disco, o en un libro desconocido de unx escritxr más desconocidx aún. Y las perlas literarias se encuentran tanto en los grandes clásicos que usan palabras con un arte inalcanzable para un 99.99% de lxs escritorxs como en aquellos libros que, aún usando un vocabulario mucho más básico, esconden una riqueza incapaz de ser representada por tradiciones que se alejan tanto de la realidad que acaban por amasar artefactos casi inservibles a no ser para que unos cuantos tipos de cerebro musculado sigan lamiéndose los capullos entre ellos.

Hay vida literaria más allá de señoros y premios. Y menos mal que escapé de aquel club de lectura y que, en consecuencia, nunca aprendí a discernir lo bueno de lo malo sino que seguí empeñada en seguir a mis vísceras en cuanto a placeres literarios se refiere.

Literatura es víscera, libro es escape, letras son bombas.

*No descarto que podría haber aprendido cosas quedándome en el club de lectura, pero en aquellos tiempos yo tenía una asombrosa capacidad para rechazar de pleno todo lo que me parecía basura clasista y, con los ojos del tiempo, me alegro de haberme hecho caso, de haberme sido fiel, de haber escapado por patas de aquella sala manejada por un tipejo intelectual juicioso y burgués.

También es cierto que a veces me he preguntado, con cierto morbo, si al salir por la puerta alguien más habría alzado la voz para gritar: “muerte a la cultura de unos pocos, fin del eje literario patriarcal!!!”. Habría sido un momentazo, epicidad nivel Matilda…

6 comentarios

  1. Brava!!! a mí en un intento de club de lectura que tenía cerca me dijeron, cuando iba a apuntarme: ‘aquí no hablaremos de Stephen King ni cosas así’. Abrazé mi libro de It y me di la vuelta pensando ‘esto no es para mí’. Leyéndote y reflexionando me hubiese gustado no haber usado la callada por respuesta y haberles dicho alguna cosita. Un besote, amiga!

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  2. Matilde no escribía con X para sentirse incluyente.
    Yo estoy de acuerdo en que no hay porque cerrarse pero veo que escribes con las viceras y sin análisis.
    “secta intelectualoide machita de músculocerebro drogado e hiperdesarrollado.”

    “machita”¿Solo porque era un hombre el que presidia? ¿y si hubiera sido una mujer? ¿y que hay de la cantidad casi igual de hombres y mujeres presentes? “hiperdesarrollado” ¿no sería “subdesarrollado”?

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