esanosoyyo

Esa no soy yo, aquella tampoco. Escritura, virtualidad y fallos

Ocurre que la realidad se ha convertido en la ficción más imponente. Con sus incongruencias y sus placenteros giros de guión. La trama se va desarrollando en la total oscuridad, desde el desconocimiento puro. Como protagonistas de una película cuyo guión nunca leímos antes de comenzar a rodar, despertamos cada día ansiosos, inquietos, deseosos por conocer qué vendrá después. 

Así, presa de esta agridulce sensación, discurre la vida de J estos días. Ella no sabe, como no sabe nadie, qué ocurrirá después. Cuando observa la ciudad desde la terraza de casa, puede constatar, cada una de las veces, la extrañeza que le provoca aquella tierra que tantas veces ha visto y tan pocas ha contemplado.

El insomnio ataca a J con frecuencia (también sucedía antes del confinamiento). Como ahora no hay cursos a los que acudir ni desayunos que compartir, ya no se fuerza a dormir. Son las 5 y media de la madrugada y ahí está, acurrucada bajo una manta, en el sofá, escribiendo.

Una ligera ansiedad, casi imperceptible, se ha colado bajo su piel, como una picadura de mosquito. El picor es el recuerdo imborrable de los días previos a esta realidad desconocida. Esos días en que los planes se acumulaban, creciendo a la par que proyectos y deseos. La quietud del aburrimiento le ha regalado incertidumbre y pausa.

A veces J es su peor pesadilla, juiciosa e implacable en su crueldad pasajera. Esta noche de cielo cobrizo se pregunta cuál será el propósito de escribir. Acordándose de otros días más optimistas, la aplasta una insoportable sensación de inutilidad y vacío. ¿Para qué escribir?

Si algunos de los textos que escribió por dinero acabaron editados de cualquier manera, convirtiéndolos casi en desconocidos. Si algunos de los artículos que escribió hace tan solo un par de años ahora le parecen burdos, tontos, simplistas, inconscientes.

Y en ese mundo distópico que ya habitábamos, donde nuestra presencia se desdobla en carne y unosceros, todos estos fallos del sistema se almacenan indefinidamente. Los perfiles en redes sociales, plataformas de difusión y webs están ahí, grabados a fuego, a golpe de clic, incombustibles (miedo-pereza de nuestras identidades virtuales). 

¿Para qué escribir? Sigue rumiando la pregunta y a la vez que la cabeza mastica, las manos regurgitan. Escribir era esto: sentarse una noche insomne y matar el picor con palabras. No importa que pasados los días el texto deje de tener sentido. Nadie permanece inalterable ante los eventos de la vida. Cada palabra tiene su momento y su lugar, y eso es suficiente.

Mutamos, nos disfrazamos, prostituimos nuestras ideas por un sueldo. Toda la destrucción que usamos para juzgarnos responde a unas lógicas de cohesión, linealidad y producción que son totalmente ajenas a la experiencia humana.

Estar viva significa equivocarse, rectificar, cagarla, aprender, retroceder, avanzar, posponer.

Quizás escribir es una manera de narrarse, de explicarse a una misma, cuando todo parece haber dejado de tener sentido. Incluso la ficción recoge retazos de realidad y los dota de un sentido nuevo. La utilidad de la escritura reside justamente en su inutilidad, en su incapacidad de mantenerse fiel a las creaciones surgidas en su seno. Leemos para perdonarnos. Leemos para redimirnos, para abrazar a nuestros demonios, para observarnos falibles, rotos, insanos.

J ha calmado momentáneamente el picor que la incordiaba. La mejor pomada es la autocompasión, o la idea radical de que todxs la cagamos, maravillosa y desastrosamente. 

Lo que escribimos, como la foto, no capta la esencia de nada. Lo que escribimos, sencillamente, congela el torrente y recoge una gota. La gota se descongela, humedece el papel y emborrona todo. Pero es lo que podemos permitirnos: aferrar ese instante y dejar que nos empape. 

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