ciudad bestia

Reencuentro con la ciudad bestia

Paseo sola por la ciudad por primera vez desde hace muchas semanas. Semanas, años, segundos. En mi mente se mezclan las medidas de tiempo. Camino con las piernas al aire, llevo minifalda. Mi boca, por contra, está cubierta. Llevo mascarilla. La mía es negra, lo más lejano a algo relacionado con lo “higiénico”. Escucho rap, porque el asfalto caliente me incita a ello. Es viernes por la noche. Estamos en fase 1. 

¿Qué mierda estoy escribiendo? ¿Quién tiene necesidad de leer otro testimonio más? Miombligo y el coronavirus. Opino tal, siento tal, creo que…

Pero lo cierto es que este paseo se siente único. Me siento como una niña de ocho años que se dirige por primera vez al parque sola. Va a ver a sus amigos, pero su madre no la acompaña, esta tarde la dejó bajar a recorrer el barrio como una amazona. Me siento como una adolescente de quince que se pinta sombras moradas y baja a la calle cuando ya anochece para encontrarse con sus amigas y quemar la ciudad.

Nadie ve a la niña, ni a la adolescente. Lo cierto es que la gente tampoco me ve a mi, como soy ahora. Soy invisible, puto vuelo sobre los adoquines polvorientos.

Los pájaros son los nuevos dueños de la jungla urbana. Los coches parecen intrusos, ¿dónde coño os creéis que vais? Volved a vuestra maldita cochera.

Me paro frente a una residencia de estudiantes. Está vacía, las ventanas cerradas, persianas bajadas. La vida queda fuera de sus muros. Una salamandra trepa por la pared de ladrillo. Es enorme, ingente, monstruosa. Los ladrillos casi no pueden sostener su gigantesco cuerpo. Se aferra al rojo despreocupada. Es más dueña de sus días que hace algunas semanas, quiero pensar.

La ciudad es un ecosistema. Los bares, las luces chillonas, los transeúntes bailando para intentar mantener una distancia cauta entre ellos.

Los pájaros, la salamanquesa y yo, animales retomando nuestro hábitat.

No me gusta una mierda lo que estoy escribiendo. Yo quería reflejar mi estado alucinado, mi absoluto asombro, mi cruda sensibilidad. Porque en este paseo soy como una esponja de sensaciones. Si me tocan, chillo, como la tiza sobre la pizarra.

El viento, el olor, las hojas de los árboles moviéndose frenéticamente. Mis ojos abiertos como platos, mi barbilla sudorosa, mis labios como compuertas cerrados, conteniendo un alud de saliva salada.

Joder, cuánta vida. Qué montón de emoción concentrada en un breve paseo. Una calle, otra, una rotonda, espero al semáforo. No puedo parar de caminar. Desearía que este camino no se agotase nunca. Seguir caminando hasta caer exhausta, y morir. Morir con la sensación de haber disfrutado, de haber exprimido la posibilidad.

La música retumbando en mi estómago, elevándome a cada paso, provocándome pequeñas sacudidas orgásmicas allá por el turgente tímpano.

Nunca vi animales tan salvajes como los pájaros. Espías obstinados, invaden el espacio aéreo sin importar quién campe debajo. La salamandra que observo camina paralela a mi, a lo largo del edificio que albergó estudiantes impúberes. Mis pasos lentos, su desplazamiento frenético. La miro y se pierde entre la yedra.

Continuo caminando, ahora un poco más rápido, alentada por mi hermana reptil. No me siento humana. Soy casi etérea. Al encenderse las farolas, ¿no está su luz atravesando mi carne? Me convierto en caleidoscopio y la acera se llena de luces surgidas de todos los rincones de mi cuerpo. Soy la vidriera de la animalidad, separando la ciudad futura de la ciudad pasada, que queda detrás de mi, iluminada por una luz extraña, inventada.

Me retiro los auriculares. Escucho a la ciudad, aguzando el oído. Respira acelerada, llenando sus pulmones de aires pesados, metálicos. Hace ruido. Un sonido ronco, escacharrado, mágico. Ese sonido me trae a la mente a mis “ex”. Joder, espero que estén bien… ¿qué será de ellxs?

Se me pasa rápido. Vuelvo al momento de ahora. Imposible no volver a este festín de sonidos, criaturas y latidos. Es increíble, la ciudad palpita dentro de mí. La calle comienza a abombarse, se rompe por distintos puntos y de las rajas emana gas rojo, espeso, furioso.

Ágil, sigo caminando sorteando los huecos en el suelo. El gas quema, como la cera de la vela. Algunas personas están cayendo dentro de los agujeros. Nadie sabe dónde conducen. A mi, la verdad, no me importa. Qué espectáculo! Los pájaros a salvo, volando; las salamandras en la yedra, fresquitas; yo esquivando el desastre, con piernas elásticas que se elongan a cada paso, rollo coche del inspector gadget. Mis tatuajes no pierden su forma, solamente se multiplican. Muchos más animales, muchos más colores.

Pasear por la ciudad es epifánico. Mis piernas desnudas, tan ágiles, son interminables. Las criaturas que habitan la urbe son tecnologías de una civilización extraterrestre. De ahí que sobrevivan a este desastre de asfalto, humaredas y coches. Mutamos a la vez, en tiempo real, presas de un miedo que lejos de paralizarnos, nos infunde espíritu y energía para conquistar las avenidas.

La bestialidad de la ciudad, la naturaleza de la grieta y la ficción de la alcantarilla, que es puerta a un mundo angosto, maloliente y desconocido. Quiero explorar toda esta mugre, revolcarme en tanto sonido pegajoso como cerda cuya felicidad resida en un charco de imparable porquería humana.

Cenaré shawarma de falafel, bañado en gel hidroalcohólico. Beberé cerveza, diluida en lejía fosforescente. Iluminaré la noche con mi eructo de vida, hipoalergénico y elegante. Reptaré por las paredes de las bibliotecas, sobrevolaré vuestras cabezas. Mirad al cielo, ¿me veis?

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