Cuentos imposibles I

Cuentos imposibles I

De las monjas de clausura contagiadas de coronavirus.

La bisexualidad es un arte monjil. Los conventos siempre fueron reductos de libertad sexual, escondites para el frenesí y la desvergüenza. Las monjas, adalides de la sensualidad en su estado más primario.

A los ojos de Dios todo adquiere una luz erótica. Esas cruces-dildos, ese cabellodeangel-lubricante, esos hábitos-sexys, esas tocas-fetiche. ¿Cómo no responder a la llamada? Así, todas acabaron contagiadas. Primero fue Sor María, que era la que más cercana al padre Delfín se encontraba. Ella y él, una vez al mes, firmaban un pacto de fe y fluidos follando como locos en el angosto confesionario. Así, le aseguraba el padre, Jesús le perdonaría todos los pecados, todos los tocamientos, frotamientos, y pensamientos impuros generados contra las santas e inocentes hermanas que vivían bajo su ala. Pero Sor Dora, devota del señor y de la entrepierna de María, no pudo resistirse cuando ésta le pidió consuelo tras la partida del padre.

El contagio se había desatado y de allí a las planas de todos los periódicos tan sólo se necesitó un ave maría. Un titular rezaba así: “El padre Delfín se puso sabrosón y las monjas se lo contagiaron un montón”.

De la mujer de las manos hacia fuera. 

La mujer con las manos hacia fuera, cada vez que iba a saludar a alguien, colocaba su torso en una preciosa postura, como de bailarina profesional. Siempre llevaba faldas con vuelo, y cada vez que se giraba para agarrar algo con sus manos deformes, que se hallaban ancladas a la muñeca en la posición contraria a la habitual, su falda volaba y volaba, hinchándose de orgullo y de aire.

Para poder agarrar a alguien cómodamente de la mano, tendría que caminar de espaldas, al contrario que su acompañante, así que a temprana edad decidió que prefería recorrer la ciudad sola. Al juntar los brazos, las palmas de sus manos quedaban graciosamente expuestas, hacia afuera, y los dorsos de tocaban, invencibles. Esas palmas de las manos que nunca llegaban a hacer contacto al replegar los brazos eran una metáfora de su carácter. Era una criatura abierta, dispuesta a acoger, extraña, fascinante.

La mujer de las manos cambiadas tuvo una vida feliz, sin conducción, sin móviles táctiles, sin problemas de casi ningún tipo. Sobre todo, amó a personas con anatomías cambiadas, como la suya, porque en ellas residía una profunda apertura y una arraigada creencia y esperanza en un mundo mejor.

De la fotógrafa científica que se pasó a los cuerpos humanos.

Un día abandonó las plantas. Se decidió a echar fotos de seres humanos como si se tratara de flores. Un estudio botánico, luminoso y preciso, de la anatomía humana en su cruda naturaleza. Con pinchos, hojas, texturas y ramas.

Cuerpos trepadores, colgados, erguidos, lunáticos, girasoles, destellantes. Cargados de rocío. Anatomías como flores. Cuerpos como fauna. Brazos como mantis. Bocas como sapos, ojos como amapolas.

Ese año, ganó el Word Press Photo con su instantánea “Otoño de coño en flor”.

Del juez que usaba su pene erecto como martillo en la sala de juicios.

¿A quién le importa qué cosa use yo para llamar al orden? Dios me dio esta polla para algo. Y qué dura se me pone cuando se que lo que ocurra con esas vidas humanas que tengo delante depende enteramente de mi decisión. Ahhhh, qué erección… ¿cómo no lucirla?

Mi vida es un poco mejor desde que uso mi pene ingente y tieso para golpear la mesa en el estrado. Orden!

De las niñas que alcanzaron Marte desde Alfacar en cohete.

Hace unos meses, subiendo hacia la sierra de Huétor desde la ciudad, observé una gruesa estela blanca extenderse como un rayajo arañando el cielo azul. No era un rastro común, de esos que dejan los aviones que algunos aseguran que nos fumigan. Era más gruesa y sólida, casi palpable. Elevé mi mano hacia el gran azul y comparé el grosor de mi meñique con la estela lechosa. Era más ancha que mi dedo.

Esta tarde he respirado al entender lo que sucedió allí. La noticia de Ideal contaba que desde hacía tres años Jacinta y Fulgencia se habían dedicado a fabricar un cohete con chatarra y cableado robado. Su objetivo era alcanzar Marte, no con fines explotativos sino por el mero placer de posar los pies sobre su escarpada superficie. Siete meses y medio después de despegar, habían conseguido aparcar la destartalada nave sobre el monte Olimpo, que se eleva 22,5 kilómetros sobre la superficie marciana, lo que lo convierte en la montaña más alta del sistema solar. Las niñas enviaron a sus abuelas un selfie en que se las aprecia sonrientes, despeinadas y acabando su bocata de salchichón. Tras pernoctar una sola noche sobre el monstruoso volcán, han puesto rumbo de vuelta a la tierra.

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