Mi agosto

Mi agosto de carnalidad y calma

Esta entrada se compone de retales que he ido escribiendo a lo largo de este verano pandémico. No hay un orden cronológico ni racional entre ellos, pero a todos los une un deseo de reconexión radical conmigo misma. Cada uno tiene un título bastante simple que hace referencia al tema general del fragmento, de manera que puedes leer todos, escoger solo algunos o no leer ninguno. Mis expectativas con respecto a mis lectorxs siguen siendo bastante tímidas, por no decir inexistentes. Principalmente, publico aquí para mi, por dar rienda suelta a aquello que escribo pero no cabe en otros medios, y por saciar mi sonrosado espíritu exhibicionista, atemporal y desvergonzado. 

La lencería pa mi (7.7.20)

Lo cierto es que no tiene sentido ponerse bragas bonitas para alguien. Me parece más interesante, aún más después de variados sinsabores en años pasados, vestirme guarramente para mi. 

La situación es esta. Estoy sola en casa. Estar sola en casa no es baladí, amigxs. En este mundo que el covid19 nos está dejando es muy difícil estar sola si se convive. Mi compañero y yo estamos desempleados y afuera hace 80 grados, ¿quién sale así a una calle plagada de peligros? -plagada, de plaga-.

Pues bien, en la hipotética y grandiosa situación de encontrarme sola, me desnudo. No se bien por qué, o sí que lo se pero no quiero pensarlo o contarlo. Me quito la ropa, me paseo desnuda por la pequeña casa que cobija mi cuerpo, escuchando a lido pimienta a todo volumen.

Entonces, me digo: Julia embútete en esos bodies de encaje que no sacas desde hace meses.

Y lo hago, me coloco el body, que me aprieta más en las ingles y del que sobresalen tetas por todos lados. Lo que tiene el confinamiento… Y me lo dejo puesto mientras leo despatarrada en el sofá, mientras cocino pasta al pesto o mientras tiendo la ropa, sudando a mares, en el patio interior. Sin más aspiración que la de llevarlo puesto y sentirme liviana, como el encaje, mientras la prenda, despojada de intenciones para con terceros, me viste.

Autofotos desnuda(de nuevo)

estoy cansada de la erótica artificial, falsa y poco natural. Me encanta la pornografía extraña, esa que no encuentro poco realista. Me gusta el cuerpo desnudo -mi cuerpo desnudo- pero salvaje, sin filtros, atrevido, complejo. Fotografiarme para I shot myself es placer y activismo. Disfrute y política. Quiero ver diversidad, y me encanta ser parte de ella. La belleza será cruda y real, o no será 

no me siento con la valentía suficiente para dedicarme plenamente al trabajo sexual. Dejar todo y montarme un tinglado en torno a una historia elaborada: se ofrece pornochacha, tarifas flexibles aunque exigentes. Pero a mi modo, doy pasitos en una dirección que para mi significa liberación. El rumbo es incierto, pero avanzo hacia adelante, siempre, sin remordimientos

a veces fantaseo con esto: tengo un puesto de profesora en una universidad pública. Me he tatuado el cuello, porque ya no me preocupa la precariedad ni tener que agradar a ningún entrevistador para un trabajo de mierda en una empresa de mierda. Alguien filtra a todxs mis compañerxs de departamento que un día me dediqué a vender fotos en cueros a portales eróticos de internet. Me sube desde el estómago una bravura reconfortante que me llena la boca de una sonrisa enorme, pícara, segura de mis elecciones descarriadas. ¿Qué me vais a echar de mi puesto, conseguido con sudor y sangre, a mi -erótica criatura que escribe como un ángel en lenguajes académicos e indescifrables y que combina este trabajo sesudo con tardes de desnudos húmedos-?

El amor carnal

Es el amor una amistad erótica, ¿o algo más?. Cuando se ama a alguien, concreto y al alcance de la mano, ¿se ama a unx amigx con el cuerpo?, ¿qué ocurre cuando ese alguien ya no está al alcance de nuestro tacto pero, de un modo abstracto y con la distancia de tiempo y espacio, se le sigue amando?

El amor es… lamerle las verrugas a alguien. Las partes erradas, deformes, asquerosas. Coger y hacerse devota de esas cosas, todas las extrañas. Acogerlas, alabarlas, apreciarlas, resignificarlas, rodeándolas de una épica que vincule su autenticidad con el amor. 

No esforzarse en esconder lo feo y no decantarse por lo fácil que resulta destacar lo bello. No pretender silenciar las oscuridades del otrx, sino sacarlas a la luz, ponerlas sobre la mesa, abrazarlas y besarlas. 

¿Qué pasa con el amor de la carne?, ¿es menos amor si se ama solamente con el cuerpo? Si se adora el sudor, el olor, la saliva, lo fluido, todo, de otra persona, ¿es eso amor?, ¿por qué hemos de dibujarnos el amor como algo que atañe principalmente al alma?, ¿es que sentir que se es unx con otro cuerpo no es, aunque sea por un rato, puro amor?, ¿es que retozar con alguien, aunque no medien palabras, no es amor carnal, amor corporeizado?.

Quizás ese pretencioso deseo de que todo amor sea palabra nos obliga a apagar muchos fuegos que, sin logos de por medio, poseen una fiereza y una realidad aplastante, capaz de hacernos dudar de la naturaleza del amor en sí mismo. 

¿Qué eres, amor?, ¿no eres acaso algo ingente capaz de revestir de inevitabilidad cualquiera viento que habita y recorre este planeta?. 

Amistad, erotismo, admiración, conversación y, a veces, también, solamente cuerpo hecho nube, carne hecha vehículo total de la experiencia. 

El amor, ahora lo se, reside en la gula y en la lujuria. Amor es intensidad y relajación de la expectativa. Un instante finito, duradero, mortal pero superviviente. Vampiro, amor vampiro, amor de este cuerpo mío.

Escribir es

En el pasado creí, erróneamente, que escribir era como hacer el amor. En este verano pandémico, con el frenesí y la calma que se van turnando en estos extraños días, me doy cuenta de que escribir es, en realidad, como masturbarse, tocarse, explorarse. 

De hecho, cuando escribo, como cuando me convierto en Onán -que desperdició vil y sabiamente su simiente- me introduzco muy profundamente en mi interior. Entro en una especie de trance que me aísla del mundo, incluso de las mascarillas y la desazón de este estío ardiente e intragable.

La escritura, como la llamada del placer, a veces nos contacta desde detrás de los párpados cuando menos lo esperamos. Y no puedo obviarla, no puedo silenciar la llamada. Entonces tengo que agarrar la libreta y el boli. Recién salida del agua salada, aún chorreando, o en mitad de una barbacoa con amigxs. 

Tengo que sentarme, vomitar las palabras, alcanzar el clímax que acompaña a la correcta plasmación narrativa de la idea. Es un punto álgido de placer y, como la masturbación, se trata siempre de un ejercicio radicalmente solitario.

Aunque podamos escribir, o darnos placer, bajo la mirada de terceros, la verdadera potencia creadora, sensacional, subversiva, nos posee siempre cuando nadie nos está mirando. 

Aunque a posteriori decidamos compartirnos, nada iguala el salvajismo la bestialidad de escribirnos o tocarnos a solas. 

Leer es tocarme por dentro: el espejo y la escritura

He terminado El verano sin hombres. Aparte de alguna crítica que me guardo para mi misma, me ha fascinado. Me gusta el diálogo que el personaje o la escritora entabla con la lectora.

Me gustan sus destellos de crudeza. “¿Quién nos negaría la mera pantomima del frenesí?”, refiriéndose a los intensos, esos que no podemos remediar nuestra atracción macabra por el desastre y los despeñaderos emocionales. 

Escribe también: “multiplica las palabras, Alice… convoca a la Gregona de tu espejo Alice. La gemela monstruosa, la otra historia… Tus muchos seres, Tus múltiples seres. Se instigadora, Alice, alborotadora, crítica, conflictiva…”

de nuevo, el espejo y la escritura. Y yo interpreto ahí llamadas del universo a mi propia existencia. Julia, obsérvate y escribe. Tócate y crea. Fotografíate y expándete. Toma el espacio que te rodea, hazlo abombarse y estallar. Y así construyo este relato de verano por fascículos: con lo que me puedo permitir. 

Retazos, trozos cercenados de unidades completas. Mi piel de comas plagada, mis ojos grapados con dicha. Porque después de todo -mi incapacidad para producir con fondo, poder hacerlo tan sólo en sprint- me apasiona estar viva, observar las olas, aspirar el aire cargado de mi propio sudor cuando sola en mi cama intento calmar mi cuerpo acariciándolo hasta dormirlo, cuando la cerveza me baña la garganta seca, cuando sueño con otros mundos -en todos ellos estoy contigo-, cuando es verano y sudo placer y letras. 

Agosto se acaba, como todo en la vida

Habito las últimas horas de este mes etéreo. Después de cuatro semanas no se muy bien dónde me encuentro. Geográficamente estoy sobrevolando el océano. Desde Londres hasta Málaga. Somos muy pocxs dentro del avión. Regreso acompañada. He pasado unos días sola, leyendo, contemplando, bañándome y tocando, tocando todo, con absoluta perplejidad. 

Solo consigo hacerme preguntas, consciente de que en este preciso momento las respuestas brillan por su ausencia. Pero, ay, qué liberador es también cuestionarse todo. Yo vivo cómoda en ese limbo, el que separa la ensoñación de la acción. No puedo evitarlo. 

Septiembre se me antoja lejano… y eso que da comienzo esta misma noche a las 00.00. Sueño que con la llegada de un nuevo mes voy a despertar, complacida, del onírico paisaje de mi verano y entonces, convencida, voy a retomar la escritura sin pausas asfixiantes. Ese es el gran cambio que auguro, pero me aferro a una visión: la de una yo que logra mantener su espacio de seguridad íntima, el que la mantiene cuerda y le aporta luz para tomar fotos que la conectan u oscuridad para anular la vista y concentrarse tan solo en su propio sabor, sus recovecos y cavernas y sus propios pensamientos, aunque muchos de ellos sean estériles o faltos de propósito. 

Me quiero así, osada, de dedos incansables para teclear y tocar. No le pido más al otoño hidroalcohólico que nos espera. Espero que si me lees seas capaz de desearte algo tan minúsculo, tan realizable y tan bonito como esto. Buena suerte.

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