Desventuras de tener un blog siendo millennial

nací en el año 1988 y llegué tarde a esto de los blogs, los posts y los followers. Yo era de esas personas que en 2009 aún no tenía facebook y que sobrevivió a un año de erasmus en Italia sin pertenecer a ningún grupo fantasma creado al calor del caralibro. Quizás por desconfianza máxima, siempre he llegado tarde a todo lo virtual, véase facebook, instagram, whatsapp o twitter (esta última me sigue costando por abrumadora).

aunque siempre disfruté escribiendo -también sufrí a veces, para qué negarlo- no abrí mi propio blog hasta hace poco más de dos años. No tenía grandes esperanzas (quizás porque fui inteligente y, sabiendo lo que me esperaba, preferí no soñar con mensajes ofreciéndome una colaboración pagada después de leer una de mis entradas). Mis pretensiones eran, redondeando al alza, cercanas al cero.

ahora me doy cuenta de que el blog es como el diario de antaño, aderezado, eso sí, con el justo pizquitín de exhibicionismo que nuestra generación parece necesitar para sobrevivir. Añado aquí que si encima eres mujer o disidente en cualquier aspecto dentro del feo cuadro cisheteropatriarcal, pues más fuertemente vas a desear mostrarte, desmontarte y triturarte en directo.

LA AUDENCIA

no nos engañemos, todxs, en algún momento al tener un blog, hemos esperado que nos lea mucha gente y así se explica que acabes comprobando compulsivamente las visitas a tu última entrada, que quizás rara vez sobrepasen las dos cifras. Esto es una cosa que da mucho miedo y provoca quebraderos de cabeza, sobre todo al principio, pero lo cierto es que sucede durante todo el tiempo que tienes ahí tus textos colgados, expuestos, al alcance de todos. Y justo aquí reside la falacia última: al alcance de todos. Porque la realidad es que te leen tus amigxs y conocidos, tu madre y tu abuela y quizás, si tienes suerte, algunx persona perdidita por la red que de pronto encuentra tu blog y decide echarle un vistazo. Tal vez lee algo, quizás solo entra por la foto, o, lo peor, para espiar un poco y luego salir dejando desolación a su paso. Me alegro de que wordpress no me permita conocer con tanto detalle los escarceos de mis lectorxs con el blog. Agradesida.

EL SENTIMIENTO DE COMUNIDAD

puedo contar con una mano los blogs que leo habitualmente. A mi no me dio aquella curiosidad por leer los blogs de compañerxs de espacio virtual. De hecho, me produce bastante pereza leer blogs. Los más populares, los que tienen más seguidorxs, me parecen malísimos, rollo poemasdeamoradolescente pero incluyendo alguna cita intelectualoide entre medias. En todo caso, acabo leyendo blogs parecidos al mío, pequeños, poco ruidosos, pero al menos francos en sus propósitos. O por el contrario portales extremadamente críticos que me despierten cosas y me remuevan por dentro. Me gustan por ejemplo algunos blogs que me resultan a ratos bastante incomodantes -el ramalazo masoca no me lo quita nadie-.

LOS BENEFICIOS DE DESTRIPARSE

no vengo aquí a enumerar o relatar beneficios de tener un blog teniendo más de treinta años. Creo que mi generación está cansada de la sobre exposición y la imparable explotación de la vida privada así que solo puedo pensar que para mi tener un blog significa cultivar un espacio de libertad. Porque no hay editores diciéndome sobre qué hablar, ni temas o intereses en los que me deba centrar, ni tan siquiera una línea editorial a la que ceñirme.

De hecho, me produce un placer cursi y vergonzoso leer mis primeros post y ser consciente de cómo mi voz aparecía muchísimo más diluida, plastificada, forzada. Pretendía escribir para la maquinaria (de qué maquinaria estoy hablando es una pregunta que no se responder). Ahora, en cambio, pretendo escribir desde un lugar oscuro y muchísimo más incierto, por ejemplo, desde la raja de mi coño o desde el trozo de cerebro que me quedó dañado después de no se qué probable trauma infantojuvenil.

Joder, al final he acabado sacádole un beneficio bastante potente a esto de tener un blog: el de escribir lo que te salga del coño*. Tu blog no tiene por qué ser productivo, ni siquiera tiene que gustarle a nadie. Tú solo sigue escribiendo o haciendo fotos o dibujando, y compártelo, que nada te pare. Sin entrar en dinámicas capitalistas ni productivas; no produzcas, crea cosas a tu ritmo y colócalas en el lugar que se merecen: la vasta e incalculable libertad que te regala el no tener pretensiones de alcanzar ningún lugar sino de disfrutar de cada paso del siempre sorprendente camino creativo.

Y acabo esta entrada como acaba alguna gente sus entradas de blog, con una cita de alguien famoso -yo también lo hice en el pasado y ahora pienso: por qué señor… y por qué lo vuelvo a hacer!!!-.

“Creación salvaje, sin límite, pura, surgida en las profundidades, a ser posible alucinada”

Jack Kerouac

*aquí el coño no es ninguna referencia biologicista. Se trata más bien de una llamada a esas partes ignoradas que residen en el interior de todo ser que se cuestiona su mera existencia. Eso es un coño, una montaña a la que subir a gritar barbaridades que nadie se atrevió a decir pero que ya va siendo hora de que contemos. 

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