soy una perra callejera

La junta de andalucía anuncia que cancela la actividad presencial en la universidad de granada durante 15 días. Después de meses (desde aquel lejano marzo) esperando a que reabrieran las bibliotecas para poder ir a leer y escribir en esos espacios que me regalan concentración e inspiración, me encuentro de nuevo desprovista de ellos. Menos de un mes se me ha permitido disfrutarlos. 

En casa, mi novio, al que he realizado peticiones claras y sencillas sobre mi espacio de trabajo, sigue obviando mis necesidades. Por las mañanas, enciende la tele en la habitación -que es entrada, salón, cocina, comedor, estudio- donde leo y escribo. Ya ni siquiera me esfuerzo por hacerle entender. He comprendido que debería ser él quien se esforzara, definitivamente, sin grietas ni trampas.

Me siento inmersa en una nube inconsolable, que llueve y llueve, ahogándome. Quiero caer al certero suelo, sentir algo sólido bajo los pies, pero lo cierto es que desde marzo vivo suspendida, irreal e intocable. Percibo mi cuerpo como una amenaza, un recordatorio doloroso de toda esa vida que llevábamos antes: desordenada, en el extranjero, libre, exenta de medidas de contención.

No estoy derrotista, me siento en ese instante previo a la acción en que retrocedemos, pudiendo parecer que vamos a desistir, cuando en realidad estamos tomando impulso. Creo que si sueno tan negativa es porque la distancia de retroceso previa al cambio es esta vez incontrolablemente grande. Estoy tomando un impulso adulto, pausado, no condicionado por impulsividades que me podrían proporcionar arrepentimientos luego.

Estoy, eso sí, somatizando todo. Infección vaginal, temblor interno en el ojo izquierdo, acné pubescente en la papada, cervicales duras como una piedra en el camino. Mi cuerpo sigue caminando, dejándose mecer por las inclemencias pandémicas y vitales con una increíble capacidad de adaptación. Pero el granizo lo golpea y va perdiendo trocitos, como un árbol frutal sumido en una tormenta, a la par que sigue avanzando.

Me estiro como un chicle, aguanto todo. ¿Aguanto todo?. Aguanto todo. Estamos aguantando todos todo. Incomprensible. Sorprendente.

Las decisiones políticas están entrando en nuestras alcobas y están afectando a nuestros cuerpos, como un virus difícil de erradicar. Este virus está abriéndonos los ojos. La naturaleza actúa con razones, podemos encontrar en ella los orígenes. La humanidad se mueve por impulsos de rabia y ego, cegada por su propia magnanimidad, sin pies ni cabeza.

A mi me jode sobre manera que un gobierno decida criminalizar a la universidad de una ciudad -una universidad que estaba siguiendo unos protocolos de prevención intachables- en pos de mantener bares y restaurantes abiertos. No es que me parezca bien que se culpe a la hostelería, es que me parece terrible que la solución pase por obviar otros focos y centrarse en cancelar la actividad presencial en las facultades, lugares donde las posibilidades de contagio son mínimas, o al menos mucho más bajas que en tantas otras actividades que realizamos cada día.

Estoy tan cansada, estoy tan rabiosa… como una perra callejera que lleva días sin encontrar bocado que llevarse a la boca. Le mordería el dedo a alguien y se lo arrancaría para masticarlo y alimentarme, finalmente. ¿Acaso no es comprensible que la perra ataque? La guía el hambre.

Yo tengo hambre de sexo, de paseos por la ciudad sin mascarilla, de abrazar a mi abuela sin tener que retorcer mi cuerpo convirtiéndome en una camisa de fuerza que le apretuja las carnes. Tengo hambre de compartir tenedor con mi madre, de quitarle un moco de la nariz a mi hermana. Tengo hambre de tener un espacio indefinido donde retozar, leer y escribir sin interrupciones publicitarias ni expectativas absurdas de un mundo que se empeña en capitalizarlo todo.

Bueno, que tire la primera piedra quien no se sienta un poco perdida y rabiosa estos días. Somos todas perritas hambrientas, buscándonos el pan entre las ruinas y la basura y el mal olor, presagio de algo que está podrido, incrustado bajo las fibras de nuestra propia piel. Llevamos el miedo alojado en el pecho, ladramos ronco y mal por causa de un virus tan pequeño que nada, ni la mejor vacuna del mundo, puede eliminarlo.

Acaso necesitamos aprender a vivir con él dentro, al menos por ahora. Mientras leemos, escribimos, hablamos y rabiamos juntas. Porque no compartir esto con la manada de perras callejeras sería la última catástrofe posible, esa a la que ya no podríamos sobrevivir. Mientras tanto, aprieto los dientes, recorro la ciudad con la boca tapada, me sigo maravillando con un atardecer ardiente y continúo soñando sueños húmedos y orgiásticos.

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