Una armada de deseantes

Yo no se el resto de la gente, pero yo veo acercarse un segundo confinamiento a ritmo acelerado. Ya llega a Francia, y asoma la nariz tras las colinas plateadas de sierra nevada. Y a mi esto me está dejando el cuerpo fatal. La primera vez fue la sorpresa, en esta ocasión es la alevosía. Se sabía que esto iba a suceder pero, en el ensueño del verano, quisimos (quisieron?) que no importase el mañana. Y ya es mañana, joder, y ya es demasiado tarde de nuevo. 

Tengo una ansiedad constante que me cuesta sacudirme de encima. No me deja trabajar, ni leer o ver una película que requiera más de una hora de mi atención plena. Se acercan entregas del doctorado y lo que tengo preparado, para cada capítulo, es media hoja introductoria hablando, mal, de lo que va a suceder en ese capítulo. Pero no logro que suceda nada más allá de esa intro. Un poco como los planes estos días. Quedas, pero con cautela. Sales, pero con sensación de irrealidad.

Nunca antes todes nos habíamos encontrado tan constreñidos por normas lacerantes. Es gracioso aún así que los que deberían dar ejemplo se pasan en ocasiones las normas que redactan por el forro de los huevos. Si las normas no llevaran asociadas multas… Pero teniendo en cuenta que gente que se salta las normas por motivos mucho más nobles que ir a una maldita fiesta glamurosa va a ser multada, mientras que el ministro se (medio) disculpa diciendo que los cuidadanos llevaban razón, entonces si que da rabia que la gente que gobierna haga lo que salga del alma.

Yo salgo a la calle y aún me sorprende ver tanta mascarilla. Sigo sintiendo una intensa incredulidad ante tal homogeneidad en el horizonte. Es apabullante. Y a veces me da rabia esa gente a la que parece que todo esto no le afecta. ¿Cómo podéis permanecer impasible, incluso mostraros festivos? Luego recuerdo que he vuelto a Granada después de dos años fuera justo antes de una pandemia. Eso ha marcado fuertemente las dificultades a las que me enfrento estos días.

Esto no es una queja, sino una constatación. Necesito conocer a gente nueva, inmiscuirme de nuevo en las dinámicas de esta ciudad, apuntarme a cursos de cualquier cosa… pero todo esto no es posible ahora mismo. Y con la sombra de un segundo confinamiento cerniéndose sobre todes nosotres, me parece normal que me encuentre bastante cagada y tensa. Se que no soy la única.

Intento recordarme las cosas buenas que aún podemos disfrutar, pero viviendo en la ciudad a veces se me antojan un poco lejanas. El mar, las montañas, les amigues… no puedo bajar a la playa, no puedo ir al campo si es fuera de la ciudad, y no tengo demasiades amigues a les que llamar. Bien, siendo este el panorama, ¿qué hacer?

Intento distraerme, leer, ver pelis y series, cocinar. He encargado plantas para regalar un poco de verde a este bajo dividido en dos espacios que habito con mi pareja. Pasear, ese es otro momentazo. El fluir imparable de mis pasos desde el albaicín, arriba del todo, hasta el río, por ejemplo, mucho más abajo. Cuando paseo, escuchando música o sin ella, siempre suelto tensiones, porque mi naturaleza hipersensible me permite embelesarme con un pajarillo o una nube de forma mínimamente evocadora.

Cuando paseo observo a las personas, en movimiento, a veces caminando lento, a veces corriendo, persiguiendo no se qué cosas. Me detengo en algunos personajes que me llaman la atención y les invento una vida, como me enseñó a hacer mi querida L. Luego los dejo seguir su camino.

Y al regresar a casa, subiendo con calma las empinadas cuestas de mi barrio, con sus olores, suciedades y colores, me repito que nos hemos convertido en una armada de seres deseantes. Deseantes incansables. Y ese deseo colectivo de volver a ser ligeros, de volver a caminar sin mascarilla, de volver a besarnos sin miedo, ese deseo es el que mantiene las ciudades vivas. Como ejército deseante, nos preparamos para una guerra de almohadas general, con ilusión, luz y calma. Andamos en pijama, agarraditos de la mano de nuestros miedos infantiles. Nos vuelve a imponer la oscuridad, pero nos armamos de valor para atravesarla. Con mascarilla y gel hidroalcohólico, nos estamos preparando para una fiesta ingente.

El día que por fin podamos abrazarnos, restregarnos y sudar juntes, será un día como el del fin de El perfume de Suskind. Ocurrirá una orgía, convocada por la armada de deseantes. Cuerpos danzantes, malditos, se irán despojando de sus ropas a lo largo de todas las plazas y los parques. Subirá la temperatura del planeta durante unas horas. Con ímpetu, nos arrimaremos, nos agarraremos de las manos, besaremos todos los labios extraños que nos rodean. Juntes, sin orden ni motivos. Juntes para celebrar que todo el libro, toda esta historia terrorífica, habrá merecido la pena justamente por ese éxtasis final. La orgía de los soldados del deseo. Bailaremos cumbia, acariciaremos el suelo, tumbaremos nuestros vientres sobre el polvo, tocaremos dedos ajenos, salivaremos al despojarnos de la mascarilla y poder avisar a nuestras abuelasde que la vida despreocupada está de vuelta entre nosotras. 

Nuestro único cometido como armada deseante es mantener el ánimo, recordarnos unes a otres, cuando decaigamos, que esta danza loca y poseída terminará. Y que entonces, solo entonces, todes saldremos hacia la plaza y bailaremos nuevas músicas. El ejército de deseantes es el contrario del ejército bélico. Somos una armada de soldados pacientes, amantes, soñadores. Somos un batallón de vividores, parapetados tras la fantasía hasta el momento en que, trepando la ladera, hagamos explotar las trincheras con claveles y margaritas.

La armada de deseantes, de la que sin duda formo parte, no pierde de vista los días pasados; los venera, les quita el polvo. Estamos destilando esos recuerdos y con el elixir prepararemos licores futuristas de colores imposibles. No existe ningún futuro basado en hechos pasados, y cuando se ha intentado algo así el resultado ha sido abominable. Más bien, usaremos lo pasado como excusa para acercarnos con menos pesadumbre al futuro, al que nada detiene. Mientras tanto, yo me propongo no cejar en mi deseo. Seamos amantes de todo cuanto tenemos a nuestro alcance, retocemos con les compañeres de la armada deseante. 

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